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25 de Feb de 2021

Cultura

“NI olvido ni perdono”

Entrevistar al profesor Rubén Darío Carles es una ceremonia de días. Antes de enfrentarse a las preguntas, “Chinchorro” como lo llama to...

Entrevistar al profesor Rubén Darío Carles es una ceremonia de días. Antes de enfrentarse a las preguntas, “Chinchorro” como lo llama todo el mundo, pone condiciones. La primera es leer su libro “El ayer está presente”, que él mismo regala en un primer encuentro. Luego abre las puertas de su residencia y, con ellas, las de un pasado doloroso que aún parece lastimarlo, donde el tiempo no parece tener prisa para este hombre que años atrás aspiró a la Presidencia de la República, tiene 88 años de edad y ya no vive con el temor al regreso del régimen militar que lo llevó a exiliarse en Ecuador, Estados Unidos y Honduras.

“Chinchorro” es un penonomeño que arriesgó su vida y la de la familia en la lucha contra la dictadura del general Omar Torrijos, un ex funcionario recordado por su honestidad y austeridad en el manejo de los fondos públicos, condiciones ausentes en muchos de los servidores de las administraciones estatales, donde los casos de corrupción ocupan en gran medida la agenda mediática, y un banquero exitoso dentro y fuera de Panamá.

Con su característica voz que parece aquejada por una permanente carraspera, Chinchorro confiesa que nunca ha llorado, ni siquiera durante esos largos periodos que vivió alejado de sus padres y hermanos y lejos de su tierra.

El edificio donde vive el tres veces ministro de Estado y Contralor se encuentra en el área bancaria. Esta ubicación es un sortilegio para él, que dedicó gran parte de sus años al trabajo en instituciones financieras y vivió sus años dorados rodeado de este tipo de negocios. Mientras lo espero para la entrevista constato lo que se dice en la calle: que ya al profesor nadie lo recuerda por su nombre. Me siento en un banco del vestíbulo y espero. El tiempo pasa, no aparece. Entonces pregunto al guardia de seguridad por el señor Carles, pero el apellido no le recuerda a nadie. Tengo que llamarlo “Chinchorro” para que al fin el agente sepa de quién le estoy hablando.

En el apartamento de los Carles, donde el profesor vive con Querube, su esposa de toda la vida, habita un silencio de años que se rompe en el instante en que el anfitrión nos conduce al comedor, nos ofrece un café y ordena para él media taza. “Ya tomé uno en la mañanita”, advierte. Son las 9:00 a.m. de un sábado. Nos recibe vestido de la misma forma como vestía cuando fue estudiante -según sus propias palabras- del “glorioso Instituto Nacional”. Desde ese tiempo lleva un gatito minúsculo para un hombre que supera los 1,80 metros de estatura y que lo distingue desde entonces.

Que le llamen “Chinchorro” no le molesta a este hombre que alardea de estar rodeado de amigos y asegura que nunca ha sido traicionado por ninguno de ellos. Cuenta que de no haber sido ese su apodo, hubiese sido otro. En Penonomé, donde nació un 14 de diciembre, todos llevan un sobrenombre. Cuando él nació, a su mamá le dio malaria, enfermedad que curaban con quinina (remedio de sabor amargo). “La leche de ella no era buena, me puse flaquito y parecía un chinchorro, así de chiquito”, cuenta imitando con sus manos la pequeña red con que se atrapan los camarones.

De niño le comunicó a los padres que quería ser doctor, como los de la misión de la Fundación Rockefeller que visitaron Penonomé en 1926 para realizar estudios sobre la malaria y la uncinariasis. +3B

Sin embargo, una actividad familiar lo inclinaría por la Economía. Cuando la misión científica no tenía donde comer, le propusieron a su abuela el contrato de alimentación. Así se convirtió Doña Ester en la primera chef de Penonomé con un contrato culinario internacional.

Después de una adolescencia poco común, donde aprendió baile, canto y danza en los eventos donde hacía de chaperón de dos hermanas mayores, ingresa a la Universidad de Panamá, consigue el primer empleo en la Zona del Canal y compra su primer automóvil, un chevrolet, que le quitaron a un gringo que no pudo pagar las cuotas. Para ahorrar “pulpeaba” llevando libros de contabilidad en varias empresas. Antes de cumplir los 20 años, acariciaba la idea de salir a especializarse a Estados Unidos, pero sabía que solo podría hacerlo con sus propios recursos.

En 1948 ingresó como profesor en la Universidad de Panamá. Durantes los primeros 20 años ejerció la docencia sin contratiempos, convencido de que la disciplina era algo fundamental en la formación de los muchachos. Una de sus reglas de oro era cerrar el salón a los tres minutos de haber iniciado la clase y aplicar exámenes para que no se copiaran.

Pero esa tranquilidad en medio de estudiantes “muy buenos”, como Materno Vásquez, Sombrero Loco (Gerardo González) y Renato Pereira, entre otros, llegó a su fin con el golpe de estado de Omar Torrijos contra el presidente Arnulfo Arias en 1968. Las reglas cambiaron para los profesores y empezó lo que él califica como “el daño de Torrijos a la universidad”.

EXILIO, EL DAÑO MORAL

“Luego de la salida del Arnulfo nos enfrentamos a la persecusión de los militares. O nos sometíamos o íbamos a las cárceles. Me refugié en la Zona del Canal, en la casa de un familiar, pero la dictadura presionaba para que saliera. El banco para el que trabajaba negoció un permiso de viaje, en lugar del pasaporte panameño. Así salí del puerto de Balboa hacia Venezuela”, relata. De ese país viajó a Brasil, donde se empleó en una filial del mismo banco. En esa soledad aprendió que un exilio es un daño moral que no se olvida jamás. Los directivos del banco lo trasladaron a Estados Unidos, donde aprovechó para realizar estudios de postgrado en la Universidad de Columbia. Después le propusieron viajar a Honduras, país donde inició otra etapa del exilio. Finalmente regresó a Panamá en 1971.

Sin embargo, Chinchorro nunca temió que los militares lo asesinaran. Quizás por eso se atrevió a regresar al país cuando aún no se vislumbraba el fin del régimen.

Por el contrario, Torrijos consolidaba su poder y también endurecía los castigos a los opositores de la revolución panameña. En 1976, el general solicitó cooperación a países de Suramérica con el fin de enviar allí a quienes le estaban haciendo daño a su gobierno. Las condiciones eran recibirlos sin documentación, aislarlos e impedirles la salida. Ese mismo año volaron varios aviones a Guayaquil, Ecuador. En uno de ellos iba “Chinchorro” Carles. De Guayaquil viajó a Venezuela y luego a Honduras, donde le devolvieron su cargo en el banco. Mientras tanto otro grupo de exiliados se reunía en Estados Unidos, desde donde libraban una feroz lucha contra la dictadura.

PASAJE HISTÓRICO

“Chinchorro” recarga el entusiasmo cuando narra cómo le dieron la estocada final al régimen torrijista, sin necesidad de estar en Panamá. De Ecuador, donde no le dieron pasaporte a ninguno de los del grupo de exiliados, y de donde las autoridades -cercanas a Torrijos- les impedían salir legalmente, viajaron a Estados Unidos donde sí recibieron pasaporte de Naciones Unidas, un documento que se entrega a las personas que no tienen patria.

La última carta se la jugaron en el Senado norteamericano. “Ahí jodimos a Omar Torrijos”, recuerda sin ocultar su emoción. “Los gringos pensaban que en Panamá todo estaba bien. Senadores, entre ellos Edward Kennedy, nos recibieron por una cortesía que gestionó la tía de Roberto Eisenmann, otro exiliado de grupo. Le mostramos nuestros papeles a Kennedy. El nos preguntó por qué teníamos esos papeles…le contamos que salimos del país sin documentos. Nos dijo entonces que no firmaban el tratado (para la devolución del Canal) si no se nos permitía el regreso, hacían elecciones y devolvían los periódicos a sus dueños”.

LA LECCIÓN ELECTORAL

En diciembre de 1989, el recientemente fallecido presidente Guillermo Endara recibió el poder. Entonces le encomendó a “Chinchorro” enderezar las finanzas quebradas del nuevo Estado democrático. Carles trabajó infatigablemente, sin sospechar que este cargo le generaría meses e una de sus más grandes decepciones. “Desde la Contraloría había estado negándole a mucha gente lo que pretendía sin razón, peleaba con todo el mundo. Con maestros, policías, funcionarios con todos, porque no les podía dar lo que ellos pedían ”.

Y se lo cobraron. Cuando en 1994 aspiró a la Presidencia de la República,

“Me dieron una paliza del carajo, yo creo que no era muy popular”, reconoce Carles, quien dice estar siempre ocupado, atendiendo invitaciones de gremios empresariales. Los electores votaron mayoritariamente por Ernesto Pérez-Balladares, del Partido Revolucionario Democrático, colectivo fundado por Torrijos.

EL RECONOCIMIENTO DE BOBBY

En el prólogo del libro “El ayer está presente”, Roberto Eisenmann Jr. describe a Rubén Darío Carles como el personaje único en la historia de la Panamá de mediados del siglo XX e inicios del XXI.

Eisenmann afirma que “Chinchorro” es el único político que él conoce que ha ocupado cuatro puestos públicos de gran importancia y sigue con una economía personal tan modesta como la de su primer día en la política. “Lo material no es lo que motiva a este verdadero patriota, siempre luchando a pesar de los sacrificios personales por una nación legítimamente justa y democrática”, dice.

Su compañero de exilio resalta que jamás ha conocido a nadie que aguante más presión política con tanta naturalidad. “No se afecta sino que se vigoriza con la presión. En el puesto público actuó según su conciencia, haciendo caso omiso de cómo podía afectar su popularidad”, anota.

Este segundo encuentro con este hombre apasionado por leer “todo lo que le llega a las manos” termina en el ascensor. Allí le pregunto sobre sus propiedades. “No tengo, no tengo nada. Lo único que tenía era una finquita en Penonomé que le di a mi nieto porque ya no voy. Llueve mucho”. Ese desprendimiento muestra claramente que clase de personaje es este profesor y maestro, para quien los más importantes son los pequeños placeres de la vida, como admirar un cuadro de un pintor hondureño que compró por 10 dólares en la puerta de un bar y que cuelga casi, prácticamente para él solo, en un rincón de su biblioteca.

Antes de despedirnos le pregunto sobre cuál ha sido el día más feliz de su vida, sin dudar un momento dice que el día que se casó con Querube, su esposa hace 51 años, a quien Chinchorro considera su “compañera de todas mis luchas y desvelos”.