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06 de Mar de 2021

Cultura

La Faraona fiel

El tráfico avanza lentamente en la Avenida Transístimica. Después de varios minutos enfrascados en el embotellamiento vespertino, llegam...

El tráfico avanza lentamente en la Avenida Transístimica. Después de varios minutos enfrascados en el embotellamiento vespertino, llegamos finalmente al distrito de San Miguelito. Unos cuantos metros después de la Biblioteca Pública Omar Torrijos Herrera, nos topamos con un chalet de color rosado claro. Una mujer de contextura menuda vestida con un traje que luego definiría como una “alegoría típica” abre la reja de color ocre, permitiendo el ingreso del automóvil compacto que nos transporta.

Una vez en el interior de la modesta vivienda encontramos una plétora de diminutas figuras de cerámica adornando los muebles y los anaqueles. Las numerosas fotografías de nietos y biznietos en traje de montuno o con pollera (dependiendo del sexo de cada uno) relatan parte de la historia de una familia en la que el apego a las más preciadas tradiciones panameñas corre en la sangre.

La cantalante Lucy Jaén, mejor conocida con el mote de “La Faraona del tamborito”, nos guía a través del interior de una casa sin puertas que obstaculicen el paso de una habitación a otra. En la recámara, una mujer de cabellera larga y cana (la hermana de Lucy) trata de aminorar el calor de la tarde agitando un abanico de mano. A la izquierda de una vetusta máquina de coser vislumbramos unos pequeños escalones que conducen a la parte trasera de la vivienda. Diversos diplomas, placas, certificados de reconocimiento (así como un par de llaves de la ciudad) cuelgan de las paredes. A un costado, el retrato de una Lucy juvenil, con su cabeza adornada con tembleques, reposa sobre un pequeño mueble.

Desde la comodidad que le proporciona estar sentada en una de las mecedoras de su terraza, la artista, que nació un 17 de enero de 1928 en la comunidad de Santo Domingo, en la provincia de Los Santos, conversó con Facetas acerca de una vida consagrada al folclor.

Sesenta y tres años de carrera artística pesan sobre sus pronunciadas ojeras. Por delante de sus ojos color verde claro han pasado las calles y edificios de ciudades europeas y americanas. En total, son 19 los países a los que ha viajado para dar a conocer los ritmos y las tonadas del “tamborito”, uno de los géneros que conforman la música vernacular panameña.

Su trayectoria musical la inició de la mano del artista Leonidas Cajar, con el que realizó sus primeras grabaciones. “Fuimos a una casa de quincha en Santo Domingo, mi pueblo natal, y grabé cuatro temas: 'Yerba buena', 'Conejo muleto', 'Pueblo nuevo' y 'Por la mañanita'. Un solo micrófono recogió los instrumentos y mi voz. En ese tiempo (entre los años 48 y 49) las grabaciones no tenían la sofisticación que poseen en la actualidad. Hoy en día todo es un paseo”, asevera con una voz casi inaudible debido al estruendo provocado por el paso de los Diablos Rojos que cubren las diferentes rutas en el interior del distrito de San Miguelito.

Recuerda que este álbum, el primero de cerca de 60 producciones discográficas que lanzaría a lo largo de los años, salió a la venta un mes de noviembre. “Antes, durante las fiestas patrias las emisoras ponían música típica desde la madrugada hasta la noche”, rememora mientras sus dedos acarician una pequeña medalla dorada: una condecoración que el año pasado le otorgó el departamento de cultura del Ministerio de Educación.

Al parecer, el disco fue acogido de forma entusiasta por los parroquianos que frecuentaban una cantina ubicada en la calle 17 de su pueblo y el álbum era reproducido de forma casi ininterrumpida en uno de los traganíqueles, hecho que no pasó desapercibido para una niña que residía en la casa de enfrente. Un día la infante le comenta a su madre, en tono de consternación: “¡Ay, pobrecita Lucy!” “¿Por qué dices eso hija? , inquiere a su vez la progenitora. “Porque desde esta mañana la tienen cantando. No la dejan descansar”, advierte la pequeña.

CUANDO CANTAR TÍPICO NO PAGABA

Si bien nunca pasó todo un día cantando en un bar, a Lucy si le tocó amenizar con su voz varios bailes maratónicos que comenzaban a las 7:00 p.m. y que podían extenderse hasta las cinco de la madrugada. Por una presentación de este tipo, la intérprete recibía 18 dólares, que representaban un aumento significativo a los tres dólares que le pagaban, en la época que formaba parte del conjunto del maestro Cajar, por un espectáculo de aproximadamente una hora de duración. “Para mí esto nunca ha sido un negocio, pues empecé a cantar prácticamente 'ad honorem'. Los que han comenzado hace unos cuantos años atrás se han hecho ricos. Los de mi época podrán tener una maleta como casa”, señala quien ha grabado junto a intérpretes como Alfredo Escudero, José Vergara y Bolívar de Gracia. Con este último grabó un LP que en los años ochentas sería lanzado en forma de disco compacto.

La veterana folclorista no ve con buenos ojos la evolución que ha experimentado el género del “tamborito” desde su aparición en la época colonial hasta el presente. Considera como “demasiado exageradas” las variaciones que han surgido recientemente y que están relacionadas con este tipo de música. “Ahora hablan del folclor urbanizado. No sé si lo dicen porque antes no teníamos acueductos y sanitarios, pero la verdad dudo que se trate de un folclor que pueda recibir tal nombre”, sentencia mientras una nívea sonrisa se borra de sus labios y su rostro adquiere una expresión más adusta.

Acerca de las cantalantes de hoy en día considera que las jóvenes que siguen sus pasos se encuentran, por lo general, “fuera de lo auténtico porque lo cantan todo igual, no saben diferenciar un corrido de una tuna, como si se tratara de un sancocho”. Asegura que los artistas de ahora “han destrozado el patrón establecido” por precursores como ella.

LA ETERNIDAD DEL TAMBORITO

A sus 81 años de edad, Lucy destaca el hecho de que nunca ha recurrido a cuidados especiales para preservar su voz. Para esta vocalista, cuya extensa trayectoria ha sido reconocida con la Orden Vasco Núñez de Balboa, ha sido suficiente con llevar una vida sana y “agarrar un vaso de agua y echarle dos aspirinas” para hacer gárgaras, o mascar un “clavito de olor”.

El hecho de convertirse en una artista octogenaria la impulsó a embarcarse en un proyecto que tenía como propósito dejar “algo sólido para las futuras generaciones”. Con este objetivo buscó durante años el apoyo de entidades como el Instituto Panameño de Turismo (la actual Autoridad de Turismo de Panamá) y el Instituto Nacional de Cultura (INAC) con resultados infructuosos. Solo hace unas semanas atrás vio concretado su sueño con el lanzamiento de “El tamborito es para siempre”, presentado bajo el sello de Discos Tamayo. La producción contiene un DVD con videos y entrevistas realizadas a la vocalista azuerense, así como un disco compacto con 20 tonadas, muchas de las cuales no “están grabadas”, sino que forman parte de una tradicional oral. “Son temas que prácticamente ni se oyen, ni siquiera para la época del carnaval”, subraya mientras su memoria se remonta a un tiempo en el que las murgas carnestolendicas todavía no habían reemplazado a las cantalantes como ella.

En enero del próximo año, Lucy confía en poder presentar otro álbum con material que sea representativo de la época de oro del tamborito, un tiempo marcado por su voz y belleza, la cual todavía es posible apreciar en la elegancia de su semblante y en su porte de faraona y fidedigna guardiana de las tradiciones de su patria.