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02 de Mar de 2021

Cultura

Con hambre de paz

U na camiseta de un azul desvaído enmarca una cara morena de facciones finas, donde un par de ojos castaño oscuro miran al mundo con una...

U na camiseta de un azul desvaído enmarca una cara morena de facciones finas, donde un par de ojos castaño oscuro miran al mundo con una desconfianza que va desapareciendo a medida que la conversación avanza y Luis se da cuenta de que las personas que tiene ante sí no están allí para hacerle daño. Es pequeño y delgado y le cuesta sonreír. En sus 14 cortos años de vida ha visto la muerte muy de cerca. Como a la mayoría de los niños de Curundú, la pobreza y el abandono lo arropan desde que nació. Luis cuenta que tiene tres hermanos, los dos mayores llevan el apellido paterno, él no porque cuando nació su padre acababa de caer preso “por el homicidio de una muchacha”, cuenta, y no lo reconoció. La menor tiene otro padre y otro apellido también.

Ahora, su madre María Luisa, a quien Luis acompaña y ayuda en ocasiones a vender baratijas y alimentos para ayudarse económicamente en el kiosko de un familiar en Calidonia, está enferma y los hijos no saben qué tiene. “Está así desde que mataron a mi tío, el único hermano de mi mamá en una balacera en Curundú, allá por abril o mayo de este año y ahí ella dejó de trabajar. Pero a nosotros no nos dice nada para no preocuparnos y a veces no puede ni levantarse de la cama”, cuenta.

La sombra de la violencia y la inseguridad cubre todos sus días desde que sale (cuando no va al kiosko) para continuar sus estudios a base de módulos en Casa Esperanza, hasta que regresa y se encierra en su casa “porque hay mucha balacera en la calle y yo no la paso ahí”. Aunque aclara que a él eso no le da miedo, no duda en pedir “que las bandas hagan la paz”.

Luis quiere ser bombero cuando crezca porque el año pasado, exactamente el 7 de diciembre, se incendió su casa y él y su familia perdieron lo poco que tenían, tuvieron que mudarse y hoy viven en un lugar prestado. Adicionalmente, al quemarse su casa se quedó sin ropa, no pudo asistir al último examen, y se quedó en esa materia. Por ahora Luis, un niño con vida de adulto, prefiere estudiar, ver televisión – especialmente películas y fútbol – y comer lo que más le gusta que, como a todo buen panameño, es arroz con pollo.

Es un buen estudiante y, como es creyente, sus oraciones van dirigidas a pedirle a Dios que “me ayude a salir de la pobreza, a terminar mis estudios y a salir de Curundú”, como dice ocultando la cabeza sobre los brazos cruzados que apoya en una mesa, mientras agrega que también desea que su mamá pueda conseguir trabajo.

Luis tiene un sueño: conocer Estados Unidos. Escondiendo nuevamente la cara entre los brazos, dice que ese es un país hermoso. Lo ha visto por televisión y le gusta su ambiente y su turismo. En la escuela aprendió algunas palabras en inglés y las repite con un poco de embarazo: “thank you”, “good morning”, “good bye”, pero quiere aprender más.

Pero lo que más le gusta hacer a Luis es jugar al fútbol, es defensa. Su equipo favorito es el Barça y sus ídolos Ronaldinho y Messi. Dice que no conoce a Maradona, pero que ha oído hablar de él. Forma parte del equipo “La Barraca” de su barrio y ha participado en varios campeonatos como el de UNICEF y el del Rotary. “Yo soy bueno” asegura, “pregúntele al maestro Alberto”, dice con una luz nueva en los ojos y extendiendo los brazos a los lados, siempre apoyados en la mesa, “Tengo dos medallas y un trofeo en mi casa”.