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24 de May de 2022

Cultura

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Dos mil discos, cientos de viajes al exterior para disfrutar buen jazz, libros y revistas especializadas, reuniones sabatinas de 4 o 5 h...

Dos mil discos, cientos de viajes al exterior para disfrutar buen jazz, libros y revistas especializadas, reuniones sabatinas de 4 o 5 horas desde hace 40 años para oír solo jazz, la capacidad de reconocer pieza musical e intérprete desde el primer compás y hablar únicamente de este tema en todo ese tiempo, son características particulares que definen a un fanático del jazz panameño.

Aunque seguidores de este género musical en Panamá debe haber muchos, porque por algo ya se está realizando la séptima versión panameña del festival de jazz, los que cumplen con las características señaladas son pocos, no más de cinco entre los que se encuentran reconocidos profesionales que han hecho del jazz una especialidad, como el Profesor Pedro Salazar, el Doctor Franz García de Paredes y el Arquitecto Erik Wolfschoon quien accedió a hablar con FACETAS para contarnos algo sobre el grupo.

Rodeado de infinidad de libros y revistas que tiene que leer en algún momento y que esperan hace casi un año para revelar su contenido, el arquitecto que nació en una casa donde únicamente se escuchaba música clásica, salvo un disco de Ella Fitzgerald, influyente cantante estadounidense de jazz, estudió piano clásico durante 30 años pero confiesa que nunca ha sido “capaz de tocar una sola nota de jazz”, así y todo entre Ella y los autores de la música también denominada culta, nació su afición por el jazz.

“Somos un grupo sin validez jurídica, que se junta algunos sábados para escuchar sólo jazz durante 4 o 5 horas y donde hacemos una especie de torneos para reconocer en las primeras notas el intérprete y el tema, solo eso sin mayores pretensiones y también para cenar bien”, comenta Wolfschoon quien recuerda que estos encuentros se iniciaron en la casa de Carlos García de Paredes, ya fallecido, a finales de los años sesenta al principio muy informalmente para pasar espontáneamente a aportar cada uno con tres obras y llegar a escuchar unas 15 o 20 en el transcurso de la tarde.

Para quien no tenga esta afición es difícil entender que alguien pueda escuchar más de cuatro piezas seguidas de jazz, Wolfschoon explica que se trata de un gusto adquirido que debe ser desarrollado desde muy temprana edad. “Exige tener los cinco sentidos puestos en él y eso milita en contra de la posibilidad de que se haga demasiado popular”, señala y advierte que también hay mucho de esnobismo en el gusto por el jazz “porque suena a culto pero después de la tercera pieza ya me desesperé, porque este género es demasiado intenso, demasiado abrumador, es una gran cantidad de información que se tiene que procesar”, agrega.

El grupo es bastante ortodoxo en sus gustos, “nos gusta el jazz en su más pura esencia, el que se originó en Nueva Orleans, Chicago, Kansas City y Nueva York, es decir el que mantiene el rigor de sus orígenes” explica el arquitecto y añade que les atrae el “hecho de que fue un producto de minorías y por eso mismo posee un rigor virtuosístico y un linaje de estudiosos de grandes escuelas”.

Aunque el jazz se ha nutrido de fuentes tan diversas como la música y rituales del vudú africano, la tradición de las bandas militares estadounidenses y la música europea, a estos fanáticos no les interesan las variantes como el rock jazz, jazz latino o flamenco jazz, porque como toda la música este género tiene distintos períodos de desarrollo y cada quien tiene preferencia por alguno y no necesariamente por todos ellos.

Los intérpretes favoritos de este grupo de seguidores son Louis Armstrong, uno de los pioneros del jazz, el famoso director Duke Ellintong, Charles Mingus, Charlie Parker y Eric Dolphy, entre otros y en el caso particular de Wolfschoon, la cantante Ella Fizgerald. En el plano nacional, el arquitecto considera oportuna la entrevista para destacar la trayectoria de un gran músico y compositor panameño, Carlos Garnett, que a su juicio “es un auténtico tesoro nacional”. No les resta valor a Víctor Boa y Jim , que “básicamente han sido quienes mantenían el espíritu del jazz en Panamá”, afirma y sugiere la necesidad de que se haga una investigación sobre la vida y obra de Luis Russell, el director nacido en Bocas del Toro cuya orquesta acompañó en sus mejores grabaciones a Armstrong.

Precisamente en 1983, Wolfschoon escribió para uno de los volúmenes de la publicación patrocinada por la presidencia de la república, titulada “Las manifestaciones artísticas de Panamá”, una breve reseña sobre la vida de este bocatoreño que a los 19 años se fue a Nueva Orleans después de ganarse la lotería , “donde logró conducir a su desarrollo último el estilo de jazz conocido como New Orleans”.

Wolfschoon lamenta que hasta que se iniciaron los festivales anuales de jazz el año 2003 promovidos porDanilo Pérez, los panameños habían tenido que conformarse solamente con escucharlo en discos o asistiendo a conciertos en el exterior del país.

Opina que existe una serie de vertientes de jazz que cubre nuestro continente, no sólo de origen africano sino también caribeño y por eso este género se fue adaptando a nuestra órbita latinoamericana. Para Wolfschoon el jazz tiene un gran futuro porque “es una música de libertad y en libertad que gracias a la iniciativa de Danilo Pérez podría expandirse desde Panamá hacia toda Latinoamérica”.