25 de Feb de 2020

Cultura

“Si no lo sé, lo averiguo”

T ratar de entender la dimensión de alguien que ha nacido con un talento extraordinario sería como tratar de entender la inmensidad del ...

T ratar de entender la dimensión de alguien que ha nacido con un talento extraordinario sería como tratar de entender la inmensidad del universo. Tratar de ignorarlo sería imposible. Irving Alid Del Cid nació hace 12 años, un 22 de enero, en David, Chiriquí. Es el hermano medio de tres y aunque no le guste describirse como tal, es un genio.

Y lo es porque a los 3 años ya sabía leer y a los 4 recitaba las tablas de multiplicar pero ante todo porque sigue siendo un niño. Un niño que vive, ríe y sueña como todos los demás solo que, como él mismo dice, “tiene un don especial”. Tiene el don de la curiosidad insaciable y el talento para comprender cosas que a los demás les resultarían incomprensibles. Su consigna es “Si no lo sé, lo averiguo”. Un verdadero autodidacta.

El martes llegó a la capital con su mamá, su papá y hasta su madrastra. Todos con el mismo objetivo: tocar todas las puertas para conseguirle a Irving algo más, algo que pueda elevar su ingenio y aprovecharlo. En un recorrido que los llevó desde Canal 2 al Palacio de las Garzas, pasando por la UTP y el Senacyt, se llevaron a casa una beca para estudiar lenguas y obtener todo el apoyo psicológico que sea necesario para que Irving pueda convivir con su peculiar potencial. El patio de comidas de Albrookmall está que revienta pero eso no les impide sentirse más ligeros, más calmados. Cumplieron su misión.

Lo primero que atina a decir Arlenis Aguilar, su madre es que sin lugar a dudas él es el “niño de mamá”, Irving se ruboriza pero lo acepta. “Cuando tenía un año y medio, leía los números de las placas de los carros”, cuenta ella con una mezcla de humildad y orgullo por la habilidad de su pequeño. Se abrazan y la mirada que cruzan es de cómplices.

Están agotados, no han parado. Nunca ha sido fácil, pero nunca han desistido. Su historia no es la de los príncipes de los cuentos de hadas. Irving llegó al mundo en una familia trabajadora con las típicas dificultades por la situación económica y la separación de sus padres. Sin embargo, eso no fue suficiente para aplacar su espíritu ávido de conocimiento. Sus padres “dejaron de ser esposos pero nunca papá y mamá” y así con dedicación han accedido a las oportunidades para darle a Irving todas las herramientas para desarrollar sus capacidades.

El periplo comenzó gracias a una prueba de ingreso a la UTP. Un alumno promedio tarda meses en prepararse para una prueba de este tipo, contando con años de estudios secundarios previos. Irving Alid necesitó sólo un mes para estar a la altura y en ese tiempo aprendió sobre álgebra y trigonometría. Por sus propios medios. Está inquieto, su sonrisa reefleja felicidad y atmbién y expectativa pero de repente se sienta y confiesa que con “un poquito de esfuerzo” obtuvo uno de los cinco promedios más altos, 1,460 puntos de un total de 1,600.

Si hay algo que se destaca en él es su memoria prodigiosa, cada dato, cada fecha está cuidadosamente guardado detrás de sus ojos curiosos. Su primera incursión en la ciencia fue a través de una colección enciclopédica que su papá le conseguía todos los jueves cuando tenía nueve años. Sin mayor esfuerzo recita el nombre de cada uno de los tomos y los detalla. No en vano se ha ganado el apodo de “wikipedia”. Desde entonces ha leído todo libro de física que ha caído en sus manos, "me encanta diseñar, ensamblar objetos, fabricar cosas", dice. Quiere ser ingeniero electro-mecánico y sueña con trabajar en la NASA. Pero deja muy en claro que no quiere ir al espacio, por el momento le da miedo.

Mientras eso suceda, juega PlayStation y chatea con sus amigos. No todo son libros y ecuaciones, es fanático de Cerati y del heavy metal español. Antes de creerse un ser superior, reconoce sus defectos y los trata como “cosas por superar”, por ejemplo le cuesta la ortografía y prestar cosas a sus amigos, “se me olvida a veces” acepta. En el colegio trabaja y estudia como todos sus compañeros, para él "los docentes siempre tienen algo que el estudiante nunca ha aprendido". Su inocencia está intacta, no le molesta admitir que hasta él que es un superdotado necesita de la ayuda de su hermano en la computadora. Pero todo tiene un precio, Irving lo ayuda a él con la tarea.

En Panamá existe solo el Centro Leonardo Da Vinci ofrece a este tipo de niños la oportunidad de explorar su potencial en un espacio extracurricular mediante talleres de ciencia, letras y arte. Y cuenta además con un equipo sico-pedagógico calificado, para tratar cada una de las necesidades de sus estudiantes. Pero la única sucursal que tiene no es suficiente, sus costos son elevados y solo atienden niños hasta los 14 años. Por esta falta de oportunidades es que Irving quiere ser “un ejemplo para todos los niños con capacidades sobresalientes” y sin suficientes recursos económicos.

A Irving y su familia les espera un largo viaje de vuelta, pero él ya anticipa al insomnio sus ansias de llegar a casa y usar el regalo que lleva el sello presidencial, una laptop que, asegura, le cambiará la vida. Su sonrisa contagiosa demuestra que esta expedición fue el mejor cumpleaños que pudo haber imaginado. "Con todo lo que me ha pasado no puedo pensar que haya algo mejor" concluye, antes de abordar el bus que los lleve de regreso a David.