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20 de Apr de 2021

Cultura

El poeta del desierto

El desierto, paraje místico que ha atraído desde la antigüedad a profetas y visionarios. En el desgarro de su ensordecedor silencio, en ...

El desierto, paraje místico que ha atraído desde la antigüedad a profetas y visionarios. En el desgarro de su ensordecedor silencio, en la infinita quemadura de sus arenas, en su soledad sin límites y poblada de visiones reverberantes, en su inhóspita paz algunos hallan su propia voz. Este el caso del escritor chileno Hernán Rivera Letelier, cuya pluma es capaz de convocar espejismos extraídos de la desértica región de Atacama, Chile. Un poeta que sobrevivió a la brutal existencia que rodeaba a las minas del salitre y que en ocasiones, a falta de comida, tuvo que alimentarse con los relatos de vendedores trashumantes, truhanes, charlatanes y orates de cantina que encontró en los campamentos que se levantan en medio de la aridez.

‘La infancia en el desierto fue fundamental. De haberme criado en otra zona, en otro paisaje, a lo mejor estaría haciendo otra cosa. El desierto fue el que me hizo encontrarme el alma’, evocó el autor durante su reciente visita a Panamá como parte de la gira promocional de la novela El arte de la resurrección, que le hizo merecedor al Premio Alfaguara de Novela 2010. El vate rememoró que en ese ‘desierto no tenía nadie con quien conversar de literatura’. ‘Los viejos eran buenos pa’ el trabajo, eran gente buena pero semi analfabeta. La poesía era cosa de señoritas o de maricones’, recuerda quien aprendió el arduo oficio de la minería de su padre.

Precisamente, el personaje central del El arte de la resurrección, obra que le tomó más de dos años y medio en escribir, está basado en parte en su progenitor, un predicador evangélico a quien, de niño, acompañó durante sus sermones. Irónicamente, esta experiencia, en vez de inculcarle una fe a toda prueba, lo que hizo fue vacunarlo ‘contra las religiones’. Comenta que cuando necesita algo de espiritualidad recurre a la poesía.

¿CRISTO O QUIJOTE?

Además de basarse en las vivencias que compartió junto a su padre, Rivera Letelier se inspiró también en la vida de un hombre que recorrió el norte de Chile en los años treintas para crear al protagonista de su más reciente novela. Se trata del llamado Cristo de Elqui, quien proclamaba ser la reencarnación del hijo de Dios. Es un personaje que viene persiguiendo al autor desde antes de que éste comenzara a escribir. Durante su infancia escuchó historias de él en el desierto y después aparecería en tres de sus novelas. En una de ellas llegó a acaparar casi tres capítulos, por lo que el ganador en dos ocasiones del premio otorgado por el Consejo Nacional del Libro y la Lectura de Chile con La reina Isabel cantaba rancheras (1994) e Himno del ángel parado en un pata (1996) no tuvo más remedio que explayarse en contar sus aventuras.

A pesar de que el Cristo de Elqui es un personaje histórico, Rivera Letelier explica que todo lo demás que aparece en la obra galardonada por el sello editorial Alfaguara es ficción. Agrega que si uno se apega mucho a los hechos reales el resultado final es un crónica y lo que el quería hacer era una novela acerca de este personaje un tanto quijotesco. ‘En España me lo hicieron ver, que veían a Don Quijote en el Cristo de Elqui, y que en Magalena Mercado veían a Dulcinea del Toboso’, señala el escritor de cabello cano y encrespado acerca de su protagonista, cuyos elevados ideales tienden siempre a chocar contra un realidad más que burda a lo largo de la obra.

Durante el proceso de gestación de El arte de la resurrección, Rivera Letelier tuvo oportunidad de escribir otra novela, una más corta, de 120 páginas. La misma lleva por título La contadora de películas y, de acuerdo con el novelista, existe la posibilidad de que sea llevada al cine por el brasileño Walter Salles, conocido por su trabajo en Diarios de motocicleta y Estación central. ‘Cuando yo era niño, en el desierto, en todos los campamentos había un cine y nos pasaban una película por día. Al año podíamos ver hasta 365. Inconscientemente, la técnica del cine está presente en mis novelas’, declaró quien se considera más un ‘contador de historias’ que en un escritor profesional.

CON EL ‘APOCALIPSIS’ EN LOS PULMONES

Diez años atrás, antes de convertirse en un escritor trashumante, que viaja de país en país presentando su trabajo y que tiene que cumplir con el arduo itinerario de eventos y conferencias que ello implica (’Hay que hacerlo, estaba en las bases del concurso’, se justifica), antes de que las invitaciones a cocteles se le acumularan al lado del computador, el autor de obras como Poemas y pomadas (1988) y El Fantasista (2006) realizó innumerables oficios dentro de lo que es la industria minera del salitre: cargador de tiro, barrendero, mecánico electricista, pintor de brocha gorda, etc. A pesar del trabajo pesado, reconoce, con su rostro árido, casi mineral, marcado de vetas como el interior de las minas, en donde la bondad se ha endurecido por el paso de las experiencias y los años, que fue ‘muy feliz en ese desierto’. ‘Viví una infancia maravillosa. Andábamos a pata pela’a, eramos pobres como ratas, pero teníamos todo el desierto como patio de juego’, afirma quien actualmente reside en la ciudad chilena de Antofagasta, a 120 kilómetros de las minas en las que solía laborar. Recientemente, sus antiguos compañeros de los campamentos salitreros lo han ido a visitar allá y le han comentado que para ellos es como si también hubieran obtenido el Premio Alfaguara.

Además de minero y escritor, en los setentas Rivera Letelier también anduvo de mochilero por el territorio chileno. ‘Todavía mantengo una biblia en mi biblioteca, pero le falta casi todo el apocalipsis. Cuando anduve de hippie, como por cuatro o cinco años, y no había papelillos para hacer los ‘pitos’ de marihuana, le sacaba una hoja al Apocalipsis. Eran unos ‘pitos’ apocalípticos’, relata quien se vio forzado a abandonar los caminos por el golpe militar que tuvo lugar en Chile en 1973.

Hoy en día, Rivera Letelier asegura haber dejado atrás sus años de bohemia y vida disoluta para concentrarse a tiempo completo en una carrera literaria en la que ha sacrificado muchas cosas, como por ejemplo, pasar más tiempo con la familia y asistir a más fiestas. ‘Yo era de los tipos que compraban el periódico para ver adonde había un baile. Hay escritores que crean mejor en medio del licor y de la farra. Otros como yo necesitamos la soledad, el silencio del desierto’, asegura en un tono informal, casi campechano.

No obstante, a pesar de la abnegación con la que se ha entregado a su quehacer literario, Rivera Letelier confiesa que todavía se siente como ‘un pollo en un corral ajeno, que éste no es mi mundo, que a lo mejor no me lo merezco tanto’. ‘Hace como 15 años que me siento como un impostor, como si le estuviera usurpando el puesto alguien. Diez años atrás era una minero que ganaba una porquería y le debía a todo el mundo. De la noche a la mañana he pasado de proletario a propietario’, confiesa con una sonrisa irónica que marca arrugas en su piel curtida por el sol.

Y es así que, a pesar de que reconoce que el Premio Alfagura le ha dado más seguridad en lo que está haciendo y del hecho de estar actualmente enfrascado en un ‘orgía’ literaria en la que está escribiendo hasta tres novelas a la vez, Rivera Letelier siempre será aquel niño que se reunía con sus compinches en una calurosa esquina de los campamentos del salitre, a contar películas e historias, a ‘inventar mentiras’. A pesar de los galardones, siempre será aquel hombre que, en medio de la penumbra y el silencio, extrae palabras raras y preciosas, escenas mágicas de una inacabable veta interior.