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02 de Mar de 2021

Cultura

Un año más

Hace tiempo que tenía en mente escribir esta columna, y por una cosa o por otra siempre surgía algo más importante, relevante o interesa...

Hace tiempo que tenía en mente escribir esta columna, y por una cosa o por otra siempre surgía algo más importante, relevante o interesante. La cuestión es que la Universidad de Panamá cumple años en breve, la próxima semana está de aniversario y he decidido que ahora es cuándo. En mi humilde opinión habría que conmemorar su aniversario reinventándola. Pues sí, griten ustedes lo que quieran, me reitero en mi opinión.

Considero que es un centro de estudios con temarios obsoletos, con infraestructuras y edificios deprimentes y con escasa calidad de enseñanza. ¡Anatema! ¡Horror! Acepto las excepciones que confirman la regla, puede haber algunas facultades que funcionan a la perfección, quizás algunas sedes están en mejor estado que otras, seguramente hay profesores excelentes y actualizados, pero desde luego, el conjunto no es ni mucho menos lo que se espera para un país que aspira a mejorar la calidad de su educación.

Lo primero que habría que hacer es un cambio de campus urgente (sugiero dar un mejor uso al suelo urbanizando el actual y enviar el campus al campo, tal y como su nombre indica, en alguna de las zonas revertidas). Pero no es solo una cuestión de infraestructuras, si me dijeran que la calidad de la enseñanza es excelente yo podría incluso olvidar todo lo demás, pero es que, salvo aquellas raras y honrosas excepciones aceptadas, la Universidad de Panamá es una madriguera de mediocres que se eternizan en sus estudios tomando una asignatura por año. Es un cubil de profesores que se anclaron en el año en el que sustentaron sus tesis, que no han investigado más, que ni siquiera leen más allá de la polla del hipódromo, pero que se aferran a sus cátedras medrando a costa de mantener el estado de ignorancia de sus alumnos. Es un nido de revoltosos pagados por intereses creados (de uno u otro lado, no me importa, pero de que los hay los hay) que son estudiantes profesionales pero que no estudian nada y que lo único que hacen es retrasar el avance de aquellos que sí desean aprender algo.

¿Y saben qué?, a todas estas rémoras, a todos, habría que sacarlos a patadas de las aulas, porque señores, por mucho que les prediquen, la universidad no es para todos, lo cual no es lo mismo que decir que a la universidad no pueden acceder todos. La diferencia es fundamental y significativa, a la universidad deben poder acceder todos aquellos que tengan aptitudes, vocación y ganas. La universidad pública debe ser eso, pública, pero eso no tiene por qué significar que sea gratuita. Se debe imponer una matrícula apropiada que sufrague, con un sistema de becas efectivo, los gastos de aquellos alumnos que, valiendo para estudiar y demostrándolo, no tengan posibilidades de hacerlo. Pero ¿de qué sirve tener una matrícula tan barata y a tantos ineptos en la universidad?

Sirve para que los que sí valen tengan que resignarse al nivel paupérrimo que hay que mantener para que los que deberían estar gastando tiempo y energías en otra cosa puedan asimilar algo, de este modo se desperdician recursos por doble vía. Mientras esto sigue así, año tras año y sin visos de cambiar, el rector magnífico y magnífico rector celebra con pompa y boato su cumpleaños para celebrar también, supongo, su posible reelección que perpetuará unos cuantos años más este status quo absurdo y deprimente. Y así nos va.