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24 de Feb de 2021

Cultura

Historia y paradoja de una novelista

Leer la novela de Esther Andradi Berlín es un cuento (2007: Alción Editora, Argentina), es recorrer la historia moderna de una ciudad co...

Leer la novela de Esther Andradi Berlín es un cuento (2007: Alción Editora, Argentina), es recorrer la historia moderna de una ciudad como Berlín, la historia de una novelista o de una incipiente escritora, Bety, que se ha propuesto escribir una novela porque tiene la certeza de poder contar una historia.

La voz narradora en la novela, que se descubre con y a través de Bety, una argentina que llega a Berlín enamorada de Jan, un alemán que había conocido en Perú, se pregunta: ¿desde dónde contaría ella la historia?

La novelista nos revela múltiples lugares, espaciales y humanos humanos, que se entrecruzan en su memoria de exilio (por haber llegado primeramente al Perú por la dictadura militar): Argentina, Perú, Berlín. Lugares que, como dice la novelista, están vinculados por un corredor invisible. El amor de Bety por Jan, un amor que no termina realizándose, es la ventana por la cual descubrimos también el Berlín de los años ochenta, exactamente el Berlín Occidental, la ciudad dividida en varias zonas de ocupación (francesa, norteamericana, inglesa), donde los jóvenes alemanes del oeste se refugiaban para escapar del servicio militar alemán y llevar una vida más allá del provincialismo.

Y precisamente la ocupación de los países occidentales que se criticaban por ser pretendidamente libres y democráticos sobre Berlín Occidental, permitía a esta juventud soñar su utopía revolucionaria. Además, por la perfecta lucidez de la novelista, respiramos también la atmósfera estrecha de una generación que había creído descubrir en la comunidad de vivienda un estilo de vida que no fuera convencional.

Porque si de convencionalismos se trata, la novela Berlín es un cuento no pierde esfuerzos para revelar el convencionalismo mochilero de esa generación de europeos jóvenes que veían en América Latina el terreno propio para cumplir sus pequeños sueños de rebeldía con unos personajes que, como Jan, era hasta incapaz de parar la olla, aparte de que para el amor era un verdadero mutilado de primera categoría, de Sigrid, la enfermera, que había disfrutado tener éxito en los mercados populares de Lima y hasta de Charlie que, a pesar de su capacidad solidaria infinita, se había abandonado a las caricias de una mujer thailandesa que apenas podía hablar el alemán, es decir, condenada al autoritarismo conyugal y patriarcal.

La voz de la novelista no imprime ningún programa, aparte de escribir una novela, que es la voz de un momento histórico acercándose a su final. Tras la caída del muro de Berlín, la novelista en el último capítulo cierra los ojos y se acuerda para entregarnos una novela propia, contada desde el lugar de la memoria narradora, único lugar donde ella podría contar la historia que cruza países y continentes.