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21 de Jan de 2020

Cultura

Israel y el incendio árabe

Jerusalén, noviembre de 2008. Intentaba yo hilvanar, ingenua y apasionadamente, un argumento convincente sobre el papel de Israel en Or...

Jerusalén, noviembre de 2008. Intentaba yo hilvanar, ingenua y apasionadamente, un argumento convincente sobre el papel de Israel en Oriente Medio. ‘No creo’, me interrumpió José Benarroch, director de Relaciones Internacionales para Iberoamérica, España y Portugal de la Universidad Hebrea, ‘ésta región sería igual de volátil si Israel no estuviera aquí’. Aquellas palabras han estado persiguiéndome desde que aquel tunecino le pegó fuego a la región que va de Marruecos a Omán. Aún no he decidido si Benarroch tenía razón, aunque quizás encuentre la respuesta pronto, ya que Israel, 100 días después de la inmolación de Mohamed Bouazizi, parece estar a punto de saltar al incendio.

PROVOCANDO A ISRAEL

Mientras el mundo observa el desorden de la OTAN en Libia, la temperatura entre el Jordán y el Mediterráneo ha ido aumentando. Hace dos semanas, una familia fue asesinada en el asentamiento de Itamar, incluyendo un bebé de tres meses. Poco después, empezaron a llover cohetes sobre el sur israelí desde Gaza, situación que aún no he cesado. El 15 de marzo, Israel interceptó un barco con armamento de contrabando supuestamente para la resistencia en Gaza. Finalmente, el miércoles una bomba en una estación de bus en Jerusalén mató a una británica e hirió a 34 personas. Los incidentes, vistos en conjunto, apestan a provocación.

La crueldad del ataque en Itamar y el primer ataque terrorista en Jerusalén desde 2008—primer ataque en un bus desde 2004, en plena Intifada—intentan revivir la memoria de aquellos tiempos en los que era preferible un accidente de tráfico a parar cerca de un bus o una estación.

Israel, hasta ahora, ha respondido sólo a los cohetes, bombardeando Gaza selectivamente. La reacción israelí es significativa, y apunta a un debate interno importante. Si bien se ha hablado mucho de una ‘Operación Plomo Fundido 2’, lo cierto es que hasta ahora nadie sabe quién está detrás de todas éstas provocaciones. Los últimos movimientos parecen indicar que Hamás tiene poco o nada que ver (sólo se han responsabilizado de un tercio de los cohetes). El incidente de Itamar, por ejemplo, fue reclamado por las ‘Brigadas de Mártires Al Aqsa de Imad Mughniyeh’, grupo confuso que ha sido conectado con Hamás, Hezbolá (Mughniyeh fue un comandante de ese grupo) e incluso Fatah.

Gran parte de los cohetes y el ataque en Jerusalén han sido atribuídos al grupo Jihad Islámica Palestina (PIJ), supuestamente el más cercano a Irán. Sin embargo, la realidad es que a Israel poco o nada le ha importado la complejidad de la política y resistencia palestinas a la hora de ripostar. Si no están lloviendo bombas a diestra y siniestra sobre Gaza en éstos momentos, se debe a otros motivos. Motivos de mucho más peso.

COMPLEJO, VIEJO Y MEDIÁTICO

El conflicto palestino-israelí aúna, a día de hoy, dos grandes características. La primera es que nunca cae en el olvido. Yasser Arafat solía decir que lo que menos le preocupaba era la atención de los medios, y siempre vio ese protagonismo como una ventaja para la causa palestina. La otra característica es la dinámica de conflicto viejo, enquistado, casi fosilizado. Conflictos como el palestino (y otros que no gozan de tanto protagonismo) han caído presa de esa perversa costumbre que tenemos de acostumbrarnos a todo. Al ser parte del statu quo, se convierten en causas perdidas, porque en realidad nadie quiere que se resuelvan; todos han han aprendido a vivir cómodamente y beneficiarse de ellos: el sufrimiento del vecino, incluso del hermano, es preferible a la incertidumbre propia, sobre todo en ese barrio llamado Oriente Medio.

Todo ésto viene a cuento porque la situación actual ilustra perfectamente ésta situación. La lucha de intereses entre palestinos, israelíes, iraníes, egipcios, estadounidenses y muchos más eleva la complejidad de manera exponencial. Pocas horas después del ataque en Jerusalén, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, viajó a Moscú, en dónde—quizá por casualidad—también se encuentra Mahmud Abbás, líder de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). A pesar de fuertes rumores que sugerían una reunión, al momento de escribir este análisis ésta no tiene visos de producirse.

En medio de todo, ha habido reportes de iniciativas de parte de la ANP hacia una reconciliación con Hamás. Una declaración unilateral de independencia por parte de los palestinos está en el ambiente desde hace ya un tiempo, y podría haberse venido negociando en las últimas semanas.

EL DILEMA ISRAELÍ

Israel, entonces, se encuentra ante un dilema crucial. Por un lado, puede aceptar la oportunidad de resolver la situación palestina, o al menos avanzar en ese sentido. Maniobrar internamente para preservar la coalición gobernante y trabajar tanto en las negociaciones con la ANP como en la reconciliación inter-palestina. Éste es el escenario que muchos analistas tienen en mente, y en el que tendrían sentido las últimas provocaciones.

Si hay un país que no quisiera ver el conflicto resuelto es Irán, que en cualquier escenario de paz vería su influencia reducida en los Territorios Palestinos. El protagonismo de grupos clandestinos y de la PIJ, sobre todo, tiene sentido desde éste punto de vista. Irán, que se encuentra en plena batalla con Arabia Saudita por influencia en el Golfo Pérsico, podría estar interesado en arrastrar a Israel al baile. La violencia israelí le haría ganar credenciales como el némesis israelí, y debilitaría no sólo a Jerusalén, sino a regímenes que, al aliarse con EEUU y, más sutilmente, con Israel, han ayudado a preservar el ‘statu quo’ en las últimas décadas, léase Cairo y Riad.

Por otro lado, Israel puede saltar de lleno al incendio árabe, repitiendo la ‘Operación Plomo Fundido’. Ésta opción permitiría a Netanyahu preservar su coalición, pero traería consecuencias dramáticas para Israel. Primero, bombardear Gaza acarrearía condena internacional, y es difícil ver a EEUU apoyando una operación así en la actual situación mundial. Segundo, la crisis que una operación así traería afectaría directamente a Egipto, que ya tiene un frente doméstico y uno extranjero (Libia) abiertos. Una crisis humanitaria en Gaza no sólo sería catastrófica por el flujo de refugiados, sino porque fortalecería a los Hermanos Musulmanes (HM), que se preparan para participar en las elecciones de septiembre. Los HM verían la oportunidad dorada de reclamar la renegociación o incluso la abolición del tratado de paz egipcio-israelí, lo que cambiaría la geopolítica de la región.

Finalmente, otra masacre en Gaza podría terminar de convencer a los palestinos de la futilidad de la ’solución de dos estados’ y arrojarlos a una lucha estilo Sudáfrica, lo que significaría una verdadera amenaza existencial para el Estado de Israel.

La cuestión es, por ende, cuánto más va a ser capaz de aguantar Israel antes de apretar el gatillo. En Medio Oriente, dicen, todo es posible, y de la sangre fría de los dirigentes israelíes—algo que no han tenido en abundancia últimamente—dependerá el curso que tome la situación. Por último, el factor imposible de ignorar al hablar de Israel, EEUU, tendrá que adoptar una postura pronto, si es que no la hecho ya. Más violencia israelí sería imposible de justificar, pero en plena primavera árabe, ¿cómo justificar una intervención para proteger civiles en Libia y no una en Gaza?