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22 de Jan de 2021

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Esta vez no falló. Salió apurado entre los albores todavía plácidos de un julio caluroso en Auvers, para pintar sus casas con techos de ...

Esta vez no falló. Salió apurado entre los albores todavía plácidos de un julio caluroso en Auvers, para pintar sus casas con techos de paja, madrigales y vistas, con la íntima convicción de escapar de una vez y para siempre de los fantasmas que, ya a esa altura, se organizaban festines continuados en su cabeza.

Basta, deseó, y buscó una vez más el fin que se le negaba tanto como la cordura. Vincent gatilló en su vientre. Se arrastró hasta la pensión donde se alojaba y, un día después, le puso fin a la procesión demencial y brillante de su vida.

‘Me he disparado un tiro... Esperemos que no haya fallado....’, le confesó a Gustave, el dueño de la pensión donde se alojaba. Llegó el médico, su hermano Theo, con quien fumó pipa, y varios amigos pintores desde París. Veinticuatro horas después, murió.

EN BUSCA DE OASIS

Había llegado a Auvers en busca de la tranquilidad que las turbulencias internas alejaban. Calma y bienestar eran los objetos esquivos que ahora pretendía conquistar. El anhelo frustrado durante los 37 años de inmensa producción artística.

Nació en Zundert, en el seno de la familia de un humilde pastor protestante holandés, filiación que no le impidió obsesionarse con la Biblia unos años después, y hasta pretender hacerse teólogo en la Universidad de Leiden. También quiso ser misionero, con un fervor tal que un dirigente de una compañía hizo caso omiso a su desconocimiento del latín y el griego y lo mandó a predicar a las minas de Borinage, en Bélgica.

Su nombre encerró la tragedia del hermano mayor, muerto un año antes de que él llegara a una vida que siempre sintió conflictiva. Se llamó Vicent William, igual que el alumbrado sin vida justo 12 meses antes, el mismo 30 de marzo.

Ya en la escuela despertó su vocación por la pintura, donde la gran dedicación que ponía en dibujos era burlada por los maestros que le advertían, una y otra vez, que nunca iba a lograr ser profesional. Pero Vincent no se desanimó y fue a Londres a aprender con unos parientes suyos que eran marchantes de arte.

En 1880 la captura de campesinos dio paso a su etapa de pintor regular. Seis años después fue a París a vivir con su hermano Theo, que lo estimuló y propició el sustento para que Vincent pudiese dedicar tiempo y esfuerzos a su arte. En la bohemia de Montmartre frecuentó artistas de la época, como Émile Bernard y Henri de Toulouse Lautrec. A los dos años se instaló en el sur, en una casita amarilla de Arlés, con la ilusión de fundar un taller de artistas. El único que se animó a la aventura fue su dilecto amigo Paul Gauguin, que mereció el cuadro La Habitación, a modo de bienvenida.

Pero los desórdenes psíquicos de Vincent ya empezaban a ganarle espacio a la pasión de sus sueños, y la relación concluyó con el episodio donde se mutiló la oreja.

CONTRA EL RELOJ

En los momentos en que lograba burlar su demencia, pintaba, con el mismo ahínco con que deseaba librarse de ella. 900 cuadros y 1.600 dibujos. Y plasmaba en la tinta de sus 650 cartas a su hermano Theo las turbaciones de su espíritu.

Ya en Auvers, días antes de su muerte, eternizó: ‘Estos días trabajo mucho y de prisa; al hacerlo así trato de expresar el paso desesperadamente rápido de las cosas en la vida moderna’.

Vincent se agotó. La mortificación de errores insalvables con amigos era un recuerdo que traía todos los días al presente ante la visión de la cicatriz del lóbulo de su oreja. Su existencia como una demanda constante hacia su hermano Theo, que lo mantenía con la convicción de que el día que nunca había llegado, llegaría: sus obras se venderían, traerían prestigio y el pan que faltaba. Se agotó de sus estancias en centros de salud mental, la última pocos días antes del disparo letal fue la más larga y profunda de todas.

La pintura era su oasis, la materialización del paraíso en momentos de lúcida creación. Y si desde los 27 años, cuando llegó a París, Vincent no paró de pintar; sus últimos meses en Auvers sirven todavía hoy para desafiar las obras que puede llegar a crear cualquier artista en tiempo récord: en 70 días produjo unas 72 pinturas, 33 dibujos y un grabado. Como si supiera que sus días estaban contados, que esta vez no iba a fallar.

(*) Frase de Van Gogh que termina: ‘La mayoría no encuentra nada lo suficientemente bello’.