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14 de Apr de 2021

Cultura

¿Cómo te va, querida tristeza?

E s tan misteriosa la ausencia. O quizá deba decir: qué raros son los días sin ti. Y no me refiero a la casa vacía ni a las cosas que si...

E s tan misteriosa la ausencia. O quizá deba decir: qué raros son los días sin ti. Y no me refiero a la casa vacía ni a las cosas que siguen allí donde las dejaste, como la taza con un último sorbito de café, la cuchara con la que revolviste el azúcar y el cenicero desbordado que ansiosa llenaste en el preludio de tu partida; sino a esa imagen tuya que aparece cuando no estás. No es un espectro, tampoco una sombra. Es una fuerza, rotunda y obstinada ella, que te mantiene aquí conmigo, sonriente, despreocupada y alegre. Callada, eso sí; si llego a escuchar tu voz, sabré que estoy bien jodido. Y cada tanto das una pitada, como por no perder fidelidad, ¿viste?

No descarto la posibilidad de que sea yo quien no te deja partir, pero eso es lo de menos. Lo que me resulta increíble es lo caprichoso que son los recuerdos y las ironías del destino. Sin estar aquí te siento tan cerca y viva, tan a punto de darme un beso y un abrazo (lo bien que me vendría); y cuando aún estabas, frente a frente, no nos podíamos ni hablar. Qué locura, ¿no? Vaya uno a saber las operaciones cósmicas que llevan a dos amantes a convertirse en sádicos y crueles tiranos. Humano, demasiado humano, hay cosas que nunca entenderé. Lo bueno es que ahora que no podemos pelearnos, aflorará el más bello recuerdo que tenemos de nosotros mismos, ese que ni la rutina más despiadada puede dañar.

Es tan voluptuosa la nostalgia, ese territorio melancólico plagado de dudas y porqués, en el que nos sumergimos heroicamente intentando que el olvido no nos arrebate lo que hemos vivido. Esa esquina de la memoria en la que abres la puerta y entras, como la primera vez, y me vuelves a enamorar. Una y otra y otra vez… Pasearse por los intersticios de la tristeza no tiene precio. ¡Yo no sé cómo hay gente que pasa por alto estos momentos! Si no hay nada más sabroso que poner la música correcta, servir el trago en la copa rota y berrearlo todo hasta quedar balsito. Claro que soy tanguero, vicioso, actor y fan de Camilo Sesto, así que no necesito grandes motivos para armar el chiquishow. Pero al margen de la naturaleza, por convicción personal desconfío de todo aquel que nunca se ha ahogado en su propio llanto.

Y si vieras cómo te he llorado, ¡estarías orgullosa de mí! No escatimo en gimoteos y sollozos, hasta me quedo sin aire. Como debe ser, coño, si una vez que se va a llorar, uno tiene que dejar el alma en cada lágrima. Ha sido desconsolador y patético, ¡pero qué podía hacer! Después de todos estos años juntos, nuestro amor merecía una llantarria épica y monumental. Afortunadamente, con el incendio del Cerro Patacón, puedo culpar al humo tóxico de los ojos rojos, el lagrimeo y la hinchazón.

Igual tú tranquila, corazón. Yo estoy que me lleva el diablo y me siento fatal, pero pudo haber sido mucho peor. No te culpo por haberte ido, los dos sabemos que era lo correcto. Pero cómo me hubiese gustado un final feliz, si tal cosa era posible en nuestra extraña forma de amar. Te voy a echar de menos.

COLUMNISTA