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29 de May de 2020

Cultura

Te cantaré salsa desde el más allá

¿Qué le vamos a hacer? Me gusta aquel cantante que con voz de auténtica navaja interpreta esa canción que a propósito escribió un paname...

¿Qué le vamos a hacer? Me gusta aquel cantante que con voz de auténtica navaja interpreta esa canción que a propósito escribió un panameño y que me conmovería aun si la hubiese escrito un ucraniano; eso sí, un ucraniano con admirable dominio del español caribeño.

Me pregunto si alguna vez podré escucharla sin largar el llanto, o sin que me den ganas de beberme una botella de ron y pagarle los tragos a cualquiera que de antemano esté de acuerdo conmigo en que la mentada canción es la hostia. Nunca fui, ni soy, un ‘salsero de acero’. Sin embargo, con el tiempo fui madurando, es decir fui echando pelos en el pecho (no muchos, son tan pocos que hasta les tengo nombre) y, consecuentemente, mientras ocurría ese milagro de la pubertad que por fortuna no es absolutamente necesario para gustarle a una mujer, abrí los ojos, o más bien las orejas, y me di cuenta (o ‘de cuenta’, como dice otra salsa que a pesar de ser un clásico no es precisamente un legado al buen hablar) de que no todo en la vida era el rock quejumbroso del Seattle de principios de los noventa con Eddie Vedder, Chris Cornell y Kurt Cobain cantando sobre los altibajos emocionales que sufrían los pobres chicos blancos de clase media desperdigados por los suburbios del gran territorio de ‘In God We Trust’.

Antes de escuchar a Héctor Lavoe y compañía —Willie Colón, Ismael Rivera, y, sí, ajá, de acuerdo, Rubén Blades, entre otros—, debo sincerarme y declarar que detestaba la salsa. Y cómo no la iba a detestar si hasta ese momento solo había escuchado esas voces huecas que sonaban en las bodas, quinceaños y saraos del colegio y que cantaban letras infames como ‘lluvia, tus besos fríos como la lluvia’, o ‘como Romeo y Julieta/ lo nuestro es algo eterno’ y ‘ven, devórame otra vez, devórame otra vez’; y luego los escuálidos arreglos de trombones y trompetas que no sé si son peores que las guitarras-guillotina propias de esa pandemia llamada bachata. (Si ustedes, estimados lectores, gustan de esa salsa de finales del siglo veinte y disfrutan la bachata, no se preocupen, yo los perdono, soy tolerante y tengo paciencia y, aunque no los conozca, les guardo cariño porque tienen la generosidad de leerme. Así que tranquilos. Prosigo).

En fin, sí, a Héctor Lavoe es a quien me refiero y la canción es El cantante: sentimiento, fuerza, maleantería de barrio y, por encima de todo, tristeza y soledad. Hay que escuchar cómo empieza el boricua, poner especial atención a la sílaba inicial, luego a la pausa y después al fatalismo en el cierre del primer verso: ‘Yo… soy el cantante’, canta Lavoe, como si se abriera un abismo entre el ser y el quehacer, como si sangrara una herida. A veces incluso me pone nervioso escucharlo. No sé, es algo así como si me estuviera muriendo y Jéctor me dijera: ‘Vamos, papa, déjese morir, que acá no se está tan mal’. Y a mí, lo confieso —una columna, lo voy descubriendo, no es más que un confesionario—, a veces me dan ganas de hacerle caso y dejarme ir; así, suavecito, tranquilo y bajo hielo.

MÚSICO Y POETA