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04 de Mar de 2021

Cultura

Vamos a darnos con todo, amor

Amediados de noviembre del año 2012, tuve una de las más gratas experiencias de mi vida: Participé de mi primera obra teatral gracias a ...

Amediados de noviembre del año 2012, tuve una de las más gratas experiencias de mi vida: Participé de mi primera obra teatral gracias a la generosidad y locura del dramaturgo, actor, director de teatro, periodista, amante de los gatos y cantante de cabaret acabanga’o, el gran Winnie T. Sitton. El mentado Winnie me llamó y -como dicen en las misas de domingo a las que mi madre me obligaba a ir- una llamada suya bastó para sanarme, y de paso sacarme de uno de los momentos más tristes de mi vida. La oscuridad ya estaba a punto de acabar conmigo, cuando del otro lado del celular me dice Winnie con su perturbador pero natural acento argentino: ‘Bueno, Javi, te apuntás o no, querido’. Y me apunté, empaqué, subí la guitarra al auto, me dirigí al cementerio, me despedí de la tumba de mi madre y el resto es historia.

Durante las funciones de ‘Vamos a darnos con todo, mi amor, que el fin del mundo ya está aquí’, no lo hice tan mal, diría yo (más bien lo dice Winnie). Claro, me ayudé con vino, no recuerdo si argentino o chileno, pero qué más da, saben igual (uy, me van a matar mis amigos del sur).

En fin, canté y recité textos y, mal que bien, actué. En esta columna les comparto uno de los textos que recité en una de aquellas locas funciones:

‘¿Qué es lo más triste? ¿La desolación de un miércoles de ceniza? ¿El pueblo de Las Tablas destruido y fantasma, hediondo a orina y vómito después de cuatro días de glamour y donaire? ¿Que tu abuelo pierda la memoria? ¿Las nalgas de una prostituta de 53 años? ¿Hablarle de poesía hispanoamericana a una canadiense que ni siquiera habla bien el español, solo para llevarla a la cama? ¿Los perros, o los payasos callejeros, o un hombre comiendo de la basura? ¿Una pecera sin peces? ¿Ser simpatizante de Pinochet, o Videla, o Berlusconi, o hacer las compras en el Súper 99? ¿Qué es lo más triste? ¿Las dentaduras postizas? ¿Una cirugía de nariz, o un par de senos caídos? ¿Trabajar haciendo hamburguesas? ¿Que un gato te moleste todos los días? ¿Salir resignadamente a enfrentar el tráfico cada mañana para meternos en una oficina y ser solo tuerca, engranaje, herramienta? ¿No encontrar el cepillo de dientes y por lo tanto no cepillarse en toda la semana? ¿No saber bailar salsa? ¿Masturbarse todo el tiempo? ¿Las llamadas internacionales? ¿Dejar la religión a favor de la ciencia y darnos cuenta que hemos caído en la misma vaina, que aún no encontramos nada? ¿Hacer el amor en la misma posición? ¿Comparar a una italiana con una rusa, a una alemana con una española, o a una argentina con una uruguaya? ¿Qué es lo más triste? ¿Coger todo el tiempo en un aprieta-botón, o para que nos entendamos en buen español, en un push-botton? ¿O acaso lo más triste será aquella incubadora que vi en el salón de neonatos el otro día, mientras recorría el hospital? Dentro de la incubadora dormitaba una pequeña criaturita que luchaba por sobrevivir, un pedacito de gente, arrugada, retorciéndose, con mucha hambre, hambre por la vida, una vida que aún no le rompía los sueños. Así es, lo más triste es perder el hambre, dejarse romper los sueños’.

MÚSICO Y POETA