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07 de Apr de 2020

Cultura

El mundo cabe en las manos de Eva

El año empieza con sol, con agua. El año empieza y es voz y canción. El año empieza y es sal. Corre el nuevo año y es barco, mar, cuerpo...

El año empieza con sol, con agua. El año empieza y es voz y canción. El año empieza y es sal. Corre el nuevo año y es barco, mar, cuerpo desnudo y arena. Enero trae caminos de piedras, ríos, cascadas, pelícanos y horizontes de sangre. El nuevo año extiende sus brazos y obsequia música, amistad y guitarra. En una palabra, enero es y da ganas de poesía. Y qué mejor poesía que tus manos, Eva. Tus manos, María Eva Aguilar Amaral, mujer-planeta, mujer-entraña, mujer de mujeres, guerrera, madre grande, matriz.

En tus manos, Eva, hay nube y naufragio, hay México lindo, posole, chilaquiles y piano; caricia, risa y sufrimiento; hay historia de trenes y volcanes y trabalenguas (¿recuerdas Eva, recuerdas, cuando nos enseñaste a decir ‘Parangaricutirimícuaro’?). En tus manos está el juego, está el mensaje de los cielos. Eva, el dulce de elote, está en tus manos. Toda la fiesta del elote en tus manos, Eva. En tus manos, el misterio, el golpe, la enseñanza, el ‘ándele mijo’, el chile piquín y el mole oscuro. En tus manos está lo terrenal y efímero: el ladrido y la mirada triste de un perrito llamado Tachi, el cabello de Lourdes, la sonrisa de Berta, la espalda ancha de Salvador y la voz-piedra de tía Félix.

Tus manos, Eva, ven llegar un nuevo año. Sí, un nuevo año y tú casi ni te enteras. Desdeñas el tiempo y la memoria, Eva, el tiempo y la memoria ya te son indiferentes en este espacio tuyo al que, a veces, te aferras a respiración limpia. El mundo será un clavo en la frente cuando partas. ¿Hacia donde partirás? ¿Hacia un cielo de rancheras y Cantinflas? Tu partida, Eva: artificio de la mano, huesos desgastados. Pero en tus huesos, la alegría, nunca la fractura, porque bien sabes, que las horas, aunque perversas, nada pueden contra tu pecho tibio, contra ese don de ángel que conocimos en ti.

Eres naturaleza viva y las horas, necias, nada pueden contra ella, he dicho. Supiste luchar, contra este sol sofocante que te recibió antaño, venciste traiciones y decepciones. Y tu escudo se llamó perdón. Y tu espada se llamó amor. Contra este sol, centro del mundo, corazón del universo, arremetiste tiernamente. Y el sol, como tormenta de luz, amainó. Y ahora la calma. Y en tu calma, flor. Eres flor de Nayarit. Flor. Flor que voló hasta esta península soñada, península de jolgorios y sequías.

Y tú, Eva, siempre ajena, caminando erguida, mujer libre con delantal y sandalias celestes. Ahora, ya no luchas. No hay por qué ni contra qué luchar. Dormirás, Eva. Te quedarás con los ojos cerrados, como un pajarito blanco, ha dicho mi tío. Dormirás. Y en tus sueños, nosotros. Y en los nuestros, tú. Pero tus manos, tus manos, Eva, se quedarán despiertas, vivas, como arañitas dulces y juguetonas. Siempre vivas, tus manos, Eva. Habrá dolor, pero lo entenderemos, así como tú lo entendiste y lo transformaste en hijos.

La vida cambia. Todo cambia, dice la canción que tanto he escuchado cantar a Mercedes. Pero tus manos, las mismas. Irreversibles, tus manos. Siempre vivas, tus manos. Siempre abiertas, tus manos. Siempre nuestras, tus manos. Y nunca habrá agonía, Eva. No la habrá. Nunca la agonía. Tus manos, siempre, Eva. Siempre.

MÚSICO Y POETA