26 de Feb de 2020

Cultura

El error de los derechos

Si de nuevo pusiéramos el bien común antes que los derechos individuales otro gallo nos cantaría

Los derechos, los derechos humanos. El convencimiento moderno de ‘tener derecho a' es el gran crimen de la civilización occidental moderna. Es lo que nos llevará a la ruina. Esa creencia tan extendida de que, por el simple hecho de existir, ya tienes una serie de derechos inalienables, nos ha convertido en lo que somos.

No, esperen un momentito antes de prender la pira. Déjenme dar mi arenga y luego ya subo sola a la hoguera de leña bien seca.

Durante miles y miles de años el ser humano ha sido un ser comunitario. Un animal que se definía por su pertenencia a un grupo, a un pueblo, a una polis. Lo que importaba, siempre (pero siempre) era el bien común. La pervivencia de la especie.

Los sacrificios eran realizados y tomados como algo necesario para que el grupo, el todo, floreciera, aún a costa de las partes. Los recién nacidos demasiado débiles, o con cualquier tara se dejaban morir. Los ancianos se apartaban voluntaria o forzosamente del grupo. Todo aquello que amenazara la cohesión grupal se apartaba. La comunidad sobrevivía y medraba. Eso no quiere decir que no existiera la caridad, ni el cuidado de los heridos y los débiles, que lo hubo. Lo que quiere decir es que, en el momento en el que había que elegir entre el bien común y el bien privado, siempre privaba el bien común.

En algún momento de la historia decidimos que cada uno de nosotros tenía derechos individuales, que por ser humano, ser niño, ser mujer, ser negro, o tener un lunar, teníamos derecho a deferencias y a trato de favor. Que nuestros derechos eran inalienables hiciéramos lo que hiciéramos.

Y no. No todos tenemos los mismos derechos. Un violador de menores no tiene derecho a casi nada. Un tipo que mata a un hombre a sangre fría, por la espalda y cuando el asesinado camina de la mano de su hijo de tres años, no tiene derecho a casi nada. Un cabrón que pone una bomba en un local de conciertos no tiene derecho a nada y los que lo aúpan, lo animan y lo ayudan, tampoco. Aquellos que piensan que por ser humanos son superiores a los animales y piensan que tienen derecho a hacer con ellos lo que deseen, también han perdido el derecho a reclamar sus derechos.

Sé que habrá muchos que a estas alturas se estén echando las manos a la cabeza. Pero si pensáramos con frialdad y de nuevo pusiéramos el bien común antes que los derechos individuales otro gallo nos cantaría.

Si dejáramos de defender lo indefendible solo por sentir que de no hacerlo nos van a mirar mal, si aprendiéramos de una vez que los derechos no se regalan, se ganan a base de decencia, bonhomía y trabajo duro. Si nos convenciéramos de una vez que no, que los gobiernos no están ahí para regalarnos nada. Que los votantes no son súbditos. Que el dinero no es mío por el simple hecho de que pase por mis manos, otro gallo nos cantaría.

Mientras sigamos convencidos de que tenemos más derechos que otros por creer en determinado dios, por hablar determinado lenguaje, por tener pene o por no tenerlo. Mientras pensamos que tenemos que defender los derechos de alguien solo porque nació en el mismo país nuestro sin pensar en el daño que toda la sociedad sufre como grupo por su causa, mientras eso siga pasando, nada va a ocurrir.

No todos tienen derecho a la libertad. Ni a la privacidad. Ni al buen nombre. Algunos deberían aprender esto por las malas.

COLUMNISTA