Temas Especiales

03 de Mar de 2021

Cultura

Disfraces en mayo

Aullido de Loba

Hace unos años, en el último censo nacional, me ocurrió una anécdota ideal para ilustrar este aullido. Modosita, yo contestaba las preguntas que el joven acuciosamente hacía, ‘¿Crían ustedes gallinas en la casa?' ‘No, señor', y así llegamos a la pregunta: ‘¿Se considera usted afrodescendiente?'. Yo, (blanca cual limpiacasas, con el pelo rubio y lacio como lamido por una vaca, y los ojos verdes), le contesto: ‘Sí'. El tipo se quedó congelado. Me miró de arriba abajo y vuelta arriba. Entonces, traga saliva y me dice, ‘le repito la pregunta: ¿se considera usted afrodescendiente?'. Yo le respondo de nuevo afirmativamente. Él, en un paroxismo de angustia, tendió su mirada al pasillo de la casa por el que se acercaba el padre de mis hijos, y con voz teñida de alivio al ver su fenotipo, le hizo la pregunta a él: ‘Señor, ¿se considera usted afrodescendiente?' El interpelado, de ascendencia y culturas santeñas, ni corto ni perezoso, va y le contesta: ‘No'. Al borde de las lágrimas, el pobre censor fue terminando el resto de la encuesta como pudo y se fue como alma que llevó el Diablo.

No sé qué terminaría poniendo en la casilla correspondiente, lo que si sé es que ninguno de los dos le mentimos. Yo me considero afrodescendiente; como ser humano, desciendo de homínidos que iniciaron su ambular en África hace un par de millones de años, y más cerca en el tiempo, como española que soy, mi sangre seguro se ha mezclado con algún morisco, beréber o cualquier otro pueblo norteafricano. Eso, sin remontarme siquiera a los cartagineses. Lo dicho. África está en mi genotipo, y también en el fenotipo del padre de mis hijos, aunque no esté en su cultura.

Mis hijos tienen sangre negra, igual que la tienen chola, francesa, española y quien sabe qué más. Todos los seres humanos, salvo casos excepcionales de endogamia estricta (y sus problemas conlleva) o de tribus escondidas en tierras remotas, todos los seres humanos, digo, tenemos sangre de todo tipo. Somos todos unos mil leches. Y el que crea en su pureza debería ir haciéndose la prueba del ADN, se va a asombrar.

Mayo es el mes de la etnia negra y esto solo se resume en gente disfrazada. Triste. Esos ‘vestidos' tan coloridos y monérrimos son los que usaban los negros en Norteamérica en los años 60's y 70's del siglo pasado. Siento desilusionarlos, pero los miembros de las tribus carabalí, congo, mandinga, lucumí, arará, casanga, gago o berbesí, por nombrar solo a algunos de los que llegaron a Panamá, no se vestían, en el siglo XVI así como se vistieron ustedes el viernes pasado en el trabajo, ni como mandaron a sus hijos a la escuela.

Si de verdad queremos honrar la memoria de aquellos que llegaron encadenados a estas costas, deberíamos hacerlo de otras formas, dejando de usar la expresión ‘pelo malo' en contraposición al pelo lacio y ‘bueno'. El alisete debería salir de los elementos de primera necesidad en las familias. Las escuelas no deberían promover que las niñas usaran derivados de la potasa en su cuero cabelludo. Los moñitos, las trenzas y el pelo afro deberían ser aceptados sin una sola mirada de reojo. Ningún padre debería decirle a su hijo que busque a una fula para mejorar la raza y la canción de ‘Ligia Elena' sería nada más que una melodía pegajosa. Lo de disfrazarse en mayo de negro norteamericano no debería ser nada más que un mal recuerdo.

Si de verdad queremos honrar la memoria de los que fueron esclavizados, sus descendientes deberían poder sentirse panameños antes que ‘negros'.

COLUMNISTA