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12 de Aug de 2020

Cultura

Numancia

Las historias de resistencia mueven algo en mí, en ese poso rebelde que dice ‘antes muerta que como botín en victoria romana'

Yo pasé mis primeros años escolares en un colegio religioso de ciudad pequeña de provincias. Un colegio donde las monjas, no eran monjas, eran aliadas. Donde no llevaban hábito, usaban ropas de beata pueblerina con mucho menos gusto que un hábito medieval con toca, como mandan los cánones. Eran personas grises (o así las recuerdo yo). No recuerdo demasiadas risas durante todos aquellos años. Supongo que no fuera ni mejor ni peor que cualquier otro colegio religioso en el postfranquismo, el cura palpaba lo que podía a las niñas por encima del niqui de verano y yo, un día, cuando, a solas en el pasillo, sentí su mano gordezuela en mi espalda, le pegué un sonoro bofetón. Él quedó paralizado y yo, aterrorizada durante semanas por no saber cuales iban a ser las consecuencias de aquella afrenta, que, claro está, no trajo ninguna, ya que al gordito, sonrosado y melifluo confesor, no le convenía quejarse y levantar la perdiz.

Pero todo este rollo es para contarles a ustedes que yo estudié en un colegio donde aún se aprendía urbanidad. Y como éramos futuras madres y amas de casa, a coser y bordar. Como debe de ser. Pero fíjense ustedes que, a pesar de venir de familia de sastre, en casa de herrero cuchillo de palo, a mí lo de bordar se me da reguleras, para qué les voy a mentir a ustedes. Coso lo justo, una basta, un descosido, zurzo un calcetín, te hago un punto atrás para cerrar un cojín, pero coser como mandan los cánones, bordar como debe ser, nunca se me dio bien. No tengo ni la maña, ni la paciencia. Y allí estábamos, en las clases de costura, cuarenta y una niñas con las cabezas bajas sobre su tela panamá (acabo de caer en cuenta de que así se llama la tela… ¿Me querría decir algo el destino con eso de insistirme en que no bordase nada allí? O quizás fue eso de ‘¿No quieres caldo? ¡Toma dos tazas!'). En fin, les estaba contando que como yo era un desastre con el bordado, la Gallina (no recuerdo su verdadero nombre), cansada de tener que deshacerme una y otra vez los puntos mal hechos, me ponía de lectora. Yo leía en voz alta textos para nutrir el delicado espíritu en formación de mis compañeras. Y uno de sus preferidos era la narración del sitio de Numancia. Yo creo que me lo hacía repetir una y otra vez por pura crueldad, yo no podía mantenerme neutral al avanzar en el relato de como, tras más de un año de asedio, sin agua y sin comida, sitiada por los invasores romanos, la ciudad se rindió, todos a los que les quedaban aún honor y redaños se suicidaron, mataron a sus mujeres e hijos y se lanzaron sobre su espada. Las mujeres que no tuvieron valor para usar la espada se lanzaban al vacío desde las murallas con sus retoños. Lo que lograron conquistar los del Lacio fue un pudridero. El reino de la muerte y del honor.

Las historias de resistencia mueven algo en mí, en ese poso rebelde que dice ‘antes muerta que como botín en victoria romana'.

Muchos años después me siento igual, asediados por el injusto abusón, El Siglo y La Estrella se enrocan y resisten. Yo poco puedo hacer más allá de dar mi voz, mi aliento a los que de verdad pelean en las murallas. ¡Sus y a ellos, compañeros! Que son cobardes que se esconden para acusar, que son pusilánimes y traidores. Que no deben ganar. No deben hacerlo. No les dejemos ganar.

COLUMNISTA