La Estrella de Panamá
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14 de Oct de 2019

Cultura

Estado de ánimo

Caminas por los largos pasillos. Durante años habías transitado por ellos. Lo habías convertido en tu casa, tu hogar, tu morada

Caminas por los largos pasillos. Durante años habías transitado por ellos. Lo habías convertido en tu casa, tu hogar, tu morada. Las viejas paredes las transformaste en coloridos murales donde cada una te expresaba algo. Los rostros sonrientes que encontrabas, las miradas llenas de alegría enriquecían tu vida.

Cada vez que entrabas al lugar sentías una sensación placentera y de paz. Mirabas los árboles que rodeaban los edificios, te detenías a observar las aves que revoloteaban, de rama en rama sobre el estacionamiento donde dejabas tu carro. Ya conocías de quién era la camioneta azul y quién salía por la puerta de aquel Nissan color vino.

Tomabas el ancho camino que bajaba por una sinuosa y espectacular escalera, rodeada de árboles de mango, que te conducía a ese lugar que considerabas seguro. Saludabas a todos los que encontrabas en su camino. Los jóvenes caminaban con sus mochilas en la espalda, otros con sus libros bajo el brazo y la mayoría abstraídos por sus celulares. Miradas sonrientes y amicales. Rostros amables que se sucedían unos tras otros. Allí ibas a encontrar a tus colegas, los de ayer que habías conocido desde tu juventud y los de hoy. Te levantabas todos los días a las 6 de la mañana y tomabas la ruta que te llevaría a la Universidad.

Tu auto ya sabía de memoria el camino. Conocías aquella avenida en donde los taxis amarillos formaban un nudo y era tedioso transitar. Pero no importa. El objetivo era lo más importante. Llegar. Allí todo cambiaría la soledad de tu hogar. No importa si la conversación es anodina, si la funcionaria te cuenta los problemas con la vecina, si la otra te dice que peleó con la compañera, si te susurran al oído cuentos que sabes son mentiras. No importa.

Allí hay vida. Se escuchan risas, discusiones, gritos y de vez en cuando alguien toca el odioso reguetón (tú que en el camino habías estado escuchando al genial Sibelius); sabes que te encontrarás con gente agradable y también con sabelotodos amargados. Cumplirías con cada detalle del reglamento, el estatuto, las leyes establecidas. Estabas convencida que en ese hábitat se te quería, y admiraba. La jornada transcurrió, igual que todas, repetida, amable.

Pero hoy, terminado el día, regresas por los pasillos que de pronto dejaron de ser fantásticos y se tornaron reales. Las paredes enmohecidas mostraron manchas y la brisa ya no era fresca. Las voces, antes gentiles, sonaron amargadas, lejanas y secas. Descubriste hostilidad y alejamiento en las miradas. Los saludos se tornaron fríos. Los jóvenes ya no eran tan jóvenes, no estaban allí, estaban lejanos. Habían emprendido la ruta señalada por sus celulares. Los rostros se volvieron hostiles, una capa herrumbrosa cayó sobre los autos, las ramas permanecieron inmóviles. El viento huyó.

Ahora, subes lentamente la escalera que te conduce de regreso al estacionamiento. Tus piernas están cansadas. Alguien grita de manera displicente.

—Oiga, señora, ¡fíjese por dónde camina!.

¿Cuál es el tiempo real? No te confundas. No es fantasía. Es solo el maldito estado de ánimo.

ESCRITORA Y DOCENTE