Temas del día

28 de Feb de 2020

Cultura

Mentes insignes

Pretender que tenemos la razón absoluta sobre todas y cada una de las cosas, eso, eso solo los todólogos

En las últimas semanas en Panamá parecen haber repartido a troche y moche diplomas de abogacía. Así, al buen tuntún, esparciéndolos de manera que en cada tertulia, chat de grupo, empresa cualquiera y restaurante, sea del tamaño que sea, te toque, por lo menos, uno al lado. A los taxistas les ha tocado un diploma a cada uno, eso es así. Todos abogados, expertos en el tema del día.

Todos y todas opinando y sentando cátedra. Pontificando. Aseverando. Los escuchas y te asombras de tanta sapiencia y de la profundidad y amplitud del océano de sus conocimientos.

Nadie es capaz de abstenerse de conocer la jurisprudencia ad hoc. Sea cual sea el tema que esté en el candelero a cada momento, ellos lo dominan con maestría y seguridad absoluta. Parlamento centroamericano. Escuchas ilegales. Gatillos alegres. Sistema penal acusatorio. Legislación sobre derechos de autor. ¡Y fútbol! Cómo se me podría haber olvidado eso, conocen todo de fútbol. Absolutamente todo. Los pases, las alineaciones, las estadísticas. A quién hay que cambiar y a quién hay que dejar. Oigan ustedes, se las saben todas. De todo conocen y todo lo entienden. Ningún intríngulis les es ajeno. Nada escapa a sus entendederas. Ni lo divino ni lo humano. Y mientras leo, callo y me asombro, en mi estulta ineptitud, se suceden los acontecimientos y en este país los todólogos no tienen respiro ni descanso; ellos disertando allá donde les dan cancha y el resto, en un sinvivir.

Y cuando, buscando follón, te preguntan a ver qué opinas sobre este o aquel tema, y tú les contestas que mira, oye, que sobre eso no tienes opinión formada ni te interesa tenerla, porque por ejemplo, a mí la calidad de la lana de las cabras cuatricornes del Himalaya occidental me viene importando entre cero y menos tres, te miran con un desprecio infinito, y chupando bemba, se dan la vuelta y se alejan castigándote con el látigo de su desprecio desde el balcón de su superioridad.

Porque en esta era de las redes sociales, ahora que el tonto del pueblo tiene acceso expedito al universo cibernético y su opinión vale tanto como la de sesudos estudiosos que sí se han quemado las pestañas, no tener una opinión o, de tenerla, preferir no expresarla, es simplemente impensable. Algo estarás ocultando.

Pero lo peor no es eso, ¡qué va!, lo peor es cuando pretenden imponerte su parecer. Opinar, en su cabeza de guisante, es el equivalente a tener razón. Si yo opino que él robó, es que robó. Y punto. Y como no le impongan la condena que yo, en mi infinita sabiduría, juzgo adecuada, me emputo y me encuero. Me rasgo las vestiduras y me tiro a la calle. Pongan ustedes lo que deseen en el párrafo anterior. Ella plagió. El otro disparó. Aquella es una corrupta. La de más allá mató a su marido. El árbitro está vendido. La tubería de aguas pluviales está demasiado cerca de la toma de luz para que yo pueda cargar mi celular y tomarle fotos a los pericos que ya nunca, nunca más volverán a anidar en nuestra ciudad. Mi bella Panamá. ¿En serio no se agotan?

Porque una cosa es que todos tenemos derecho a leer, escuchar, pensar, analizar y opinar. Tenemos derecho a reírnos de muchas boutades. Y mandar al carajo a aquellos que traten de atacar nuestra inteligencia. Pero pretender que tenemos la razón absoluta sobre todas y cada una de las cosas, eso, eso solo los todólogos. Los que saben de todo. Los que, como dije en otro Aullido, saben tanto que hasta saben a mierda.

COLUMNISTA