La Estrella de Panamá
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18 de Oct de 2019

Cultura

La tradición

La malversación de fondos, el cohecho, la extorsión, la prevaricación, las coimas, son el pan ácimo nuestro de cada día

Que este es un país amante de las tradiciones no hay nadie que lo ponga en duda. Aquí la tradición manda y nos aferramos a las costumbres antiguas con uñas largas y dientes afilados. Esa debe ser entonces la explicación para el mercado persa que tenemos montado en nuestra Asamblea Nacional. Un órgano legislativo que se hubo de cambiar el nombre, porque los entonces legisladores no legislaban nada y se cansaron del cariñoso apelativo legisladrones, para pasar a llamarse ahora diputados, y sí que se disputan sí, la curul, y el escaso honor de serlo.

Ya Petronio, el árbitro de la elegancia, en el siglo I y antes de cortarse las venas después de haber mandado una carta a Nerón donde le decía de todo menos guapo, exclamaba: ‘¿Qué pueden hacer las leyes donde solo el dinero reina?' Pues eso es lo que han debido pensar los indeseables que pululan en el edificio de la Asamblea, ‘¿Para qué molestarnos echando margaritas a los cerdos? ¡Mejor tirémosles jamones en Navidad y sigamos desangrándolos!'

Me he resistido varias veces a hacer referencia en los aullidos a las oleadas de mierda que se escurren por debajo de las puertas de la Asamblea Nacional, me he resistido porque es llover sobre mojado y porque considero que nada puedo decir que no se haya dicho ya, pero con cada nuevo escándalo aumenta mi pasmo, y el tono de mi indignación va pasando del cian asombro al magenta fúrico, pasando por el gualda asqueado.

La malversación de fondos, el cohecho, la extorsión, la prevaricación, las coimas, son el pan ácimo nuestro de cada día, y los avivados lo parten y reparten, diciendo ‘tomad y comed todos de él', y dejando para ellos, claro está, la mejor parte.

Nuestra política es una mina de detritos, y los políticos y los que los rodean, una panda de proxenetas, en el más estricto sentido de término latino proxeneta, ‘mediador', ‘intermediario', ‘comisionista'.

Estos rastacueros, bellacos y botarates, son garrapatas aferradas a la teta estatal, sin el más mínimo ápice de decoro, honor, honorabilidad, respetabilidad, nobleza, o dignidad. Sin ninguna noción ni de ética ni de vergüenza.

Se ríen de la gente de bien en su cara, se regodean con esa sonrisita de medio lado, responden a las imprecaciones con tonito de superioridad y un punto divertido. Nos tratan como a infantes aún desdentados a los que cerrar la boca con un chupachups. Y ¿saben qué? Que sí, que lo más triste es que sí, que en este país se ha confundido el evergetismo y el mecenazgo con el clientelismo simple y descarado.

Pero ni siquiera en eso nos separamos de la tradición, y miren ustedes, (aquellos que rechazan su herencia europea), estamos exactamente igual que en la antigua Roma, con un senado corrupto, con un emperador loco que celebra goles mientras su país se inunda, y con una plebe a la que se mantiene entretenida con panem et circenses.

Pero ¿saben qué?, el descalabro de la legalidad no queda nunca impune en una sociedad, llega un día en el que los bárbaros llaman a las puertas. Y por bárbaros no tienen ustedes que entender unos señores altos, fulos y con barbas, llegando en drakares, también pueden ser sus propias hienas, gordas y lustrosas, a las que han alimentado con sus sobras y que, cansadas de migajas, han decidido ir a por sus yugulares, señores diputados.

Lo malo de este aullido es que, una vez más, caerá en saco roto, y ninguno de los que están en política enderezará el rumbo. Hasta que sea muy tarde.

Las hordas están empezando a despertar.

COLUMNISTA