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04 de Apr de 2020

Cultura

Patria secuestrada

Todos a una, como en Fuenteovejuna. Que la bronca no cese hasta que el perdulario se retire, con el rabo entre las patas

Noticia vieja para aquellos que aún no se hayan dado cuenta: estamos secuestrados. Sin nota de rescate ni nada. Y somos unos secuestrados modélicos, hemos desarrollado un síndrome de Estocolmo de libro, perfecto y prístino. Nos hemos enamorado de nuestros secuestradores, igualito que Patty Hearst. Nos han secuestrado, nos han esclavizado, y trabajamos para ellos casi de sol a sol.

Se ríen de nosotros en nuestra cara, nos tratan de tontos y se mofan y befan de nosotros. Somos sus bufones y les servimos de chacota y chanza. Somos sus putas y ellos, los diputados y los políticos nos chulean, nos golpean y nos explotan entre rechiflas, guasas y chacotas.

El país se está yendo a la mierda y a ellos, a todos ellos (no salvo ni a uno, porque si no lo haces pero sabes quién lo hace y no lo denuncias eres igual que el que lo hace. Eso es ser cómplice y también está penado, sinvergüenza abusador), les da igual, porque su ambición y su avaricia los ciega.

Honrar a la patria, dicen, respetar los símbolos patrios dicen, honores a la bandera y dignidad al cantar el himno nos exigen los que, durante el resto de los meses ridiculizan el juramento que prestaron al tomar posesión de su cargo. Y nosotros, ¿qué podemos hacer frente al cachondeo?

Yo apoyo la sugerencia de la rechifla ciudadana. El abucheo, el escarnio y la picota pública. Que los desfiles se detengan si avistan a uno de esos golfos apandadores. Que la música cese y sólo se escuchen los pitos y los insultos. Todos a una, como en Fuenteovejuna. Que la bronca no cese hasta que el perdulario se retire, con el rabo entre las patas.

Que no puedan caminar por la calle, antes o después tendrán que dejar sus despachos acondicionados, sus ministerios, su edificio amurallado y sus prebendas. En algún momento pisan la calle, la playa, un restaurante, el supermercado, que los persigan las imprecaciones. Que los improperios logren avergonzarlos, si es que aún les queda algún rastro de vergüenza, cosa que dudo. Hagámoslo también con los miembros de la justicia que apadrina las maleanterías, con los miembros del Tribunal Electoral que rubrican la trampa y el cartón. Todos deben sentir la repulsa, que sus amigos no quieran quedar con ellos a comer porque cuando entran en un restaurante todos los comensales empiecen a gritarles. Que sus parejas no quieran ir al cine con ellos porque no puedan escuchar la película por culpa de los pitos y los silbidos. Que sus hijos les pidan que no vayan a las funciones del colegio porque les de vergüenza la repulsa de todos a las acciones de sus progenitores.

No tengo demasiada esperanza en que consigamos remover a estas lacras. Entre ellos se cubren, hoy por ti y mañana por mí, una mano lava a la otra y las dos lavan la cara. Fulanito es mi amigo de la escuela, no voy a tirarlo a la candela. Zutanito es primo segundo de la nuera de mi hermano de crianza ¿cómo se te ocurre que voy a denunciarlo? Menganito fue socio de mi padre, ¿cómo voy a decirle que no? Todos lo hacen. Siempre se ha hecho. ¿Voy a ser yo el único idiota que se haga el impoluto? La consigna es oír, ver y callar. Lo que pasa en la política se queda en la política, aquí paz y en la comarca muertos yendo a la escuela.

Son pústulas infectas enquistadas en el entramado institucional, pero ya que nos tienen de barraganas, por lo menos dejemos de poner la cama.

COLUMNISTA