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19 de Apr de 2021

Cultura

‘Ents'

Darién agoniza y le entregamos su salvación a estos sarumanes sin darnos cuenta de que sus soluciones no son más que la solución final

Me siento delante de esta pantalla hoy y no sé ni cómo empezar, la rabia y la impotencia me agarrotan los dedos. Tengo ganas de ver sangre, ¡oh, sí!, sangre negra corriendo y aliviando la sed de la tierra, carne que sirva de alimento al rey de los gallotes.

Esta semana pasada hizo seis años que un grupo de locos regresamos del Darién, volvimos salvos, que no tan sanos. Y desde luego, no volvimos indemnes. Fueron muchos días, en marzo del 2013, caminando por la selva, recorriendo el camino que pisó Vasco Núñez de Balboa hace quinientos años, descubriendo que siempre podemos dar un paso más cuando creemos que ya no podemos dar ni un solo paso más.

Fueron días de marchar de sol a sol, por trochas cambiantes, entre lianas, sobre barro, dentro de la corriente de los ríos, fríos y claros.

A veces, algún titán antiguo se había desplomado sobre la senda y los que sabían consideraban que era mejor pasar sobre él, por debajo de él, alrededor de él, que ir a buscar otro atajo; así que allí nos vieran, arrastrándonos por el barro rojo con la espalda rozando en aquel tronco gigantesco mientras a nuestro alrededor corría una miriada de insectos xilófagos; o trepando como Dios te daba a entender sobre la giba del orgulloso moribundo, mientras alguno te empujaba para que no resbalases en la corteza húmeda y llena de líquenes.

Los árboles nos agotaban y nos sostenían. Hubo días que la cúpula vegetal, allá arriba, a decenas de metros sobre el suelo, era tan espesa que no nos permitía ver más que diminutos retazos de cielo, entonces, cuando el agotamiento amenazaba con no permitirte seguir, siempre hubo algún mago que se acercaba a tu oído y te susurraba: ‘Mira, Maa, mira aquel árbol de allá, el que hay pasando aquella quebrada abajo, cuando lleguemos a él, haremos descanso'. Y tú clavabas los ojos en ese hito, y mientras caminabas pensabas en lo que te habían enseñado, en la diferencia entre el barrigón y el panamá, contabas las ramas que tenía, te esforzabas en escuchar lo que se decían entre ellos para olvidarte de lo que te gritaban tus pies llagados, y así, la fronda te distraía del camino agotador.

Esta semana me han mandado una información, alguien ha tomado las coordenadas de aquel camino que hicimos hace seis años y siguiéndolo, ha ido desmochando todo a su paso. Donde ayer hubo vida inmensa, vibrante, fresca y aterrorizadora, hoy hay una trocha gigante, de tierra plana y barro muerto, por donde pueden pasar felizmente los camiones que transportan los cadáveres de los colosos que conocimos y amamos hace unos años.

Yo tengo hoy las lágrimas en un gurruño en la garganta, y la rabia y el odio saliéndome al grito de cobarde el último por las orejas, y no entiendo a esa clase de gentuza que dicen ser seres pensantes. Personajillos mezquinos, avariciosos, codiciosos, ruines y sórdidos. Pendejos egoístas y rapaces que venden conciencia e integridad por treinta monedas. Miserables con disfraz de ecologistas que venderían a su madre por la promesa de un dólar.

Darién agoniza y le entregamos su salvación a estos sarumanes sin darnos cuenta de que sus soluciones no son más que la solución final. ¡Cómo me gustaría que los ents terminaran de discutir y decidieran actuar! ¡Cómo desearía verlos destruyendo y destrozando a los que empuñan el machete, a los que manejan la sierra y a los que dan las órdenes, sí, porque está claro que la defensa de lo que queda ya es trabajo para eald enta geweorc .

COLUMNISTA