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19 de Apr de 2021

Cultura

Fruta

Una de las cosas que podría yo llegar a añorar en esos últimos instantes son sabores. Qué tontería, ¿verdad?

¿Ustedes se han parado a pensar en cuál será su último pensamiento antes de que Átropos pegue el tijeretazo final? Yo lo pienso a menudo, aunque claro, los que me leen saben que suelo pensar mucho y que suelo pensar cosas muy extrañas.

Pues eso, que yo le doy vueltas a menudo a ese último pensamiento, ¿será una imagen de mis hijos?, ¿la mirada de mi padre?, ¿las manos de mi madre? ¿Pensaré en mis seres favoritos, en sus bigotes y en sus trufas húmedas? ¿En el afecto que cubre de luz mis noches? A ver, que tampoco es que esté yo obsesionada con esto, pero miren que sí lo he meditado muchas veces, y hoy, almorzando un mango delicioso, que sabía a sol y a brisa de verano, lo he vuelto a pensar.

Una de las cosas que podría yo llegar a añorar en esos últimos instantes son sabores. Qué tontería, ¿verdad? Pues sí, y no se imaginen a una gourmet avezada, no es que sea yo una entendida gastronómica de tomo y lomo. Pero los olores y los sabores marcan mi discurrir vital. Otros quizás piensen en música, o en encuentros sexuales memorables, qué sé yo, cada uno marca su vida como puede y los dioses le dan a entender. Pero yo, en estas fechas, suelo añorar las fresas. En España, cuando arranca la primavera, aparecen las primeras fresas. Y luego, por las calles de mi ciudad, empieza a oler a lilas. De pronto las cerezas inundan la mesa de la cocina, las sandías, los melones, y las moras de zarza, las peras, las manzanas, las uvas.

¿Pero esta mujer solo come fruta?, estarán pensando ustedes, pues no, en realidad, y como buena loba, como de todo menos sardinas. Pero el cerebro es extraño, y cuando añoro sabores suelo añorar el sabor de los higos o el de las castañas, o el ponerme morada de ciruelas calientes del sol de la tarde, sentada en la tierra roja y con la espalda apoyada en la corteza rugosa del ciruelo, mientras algún adulto gritaba: ‘¡Para ya, que te van a dar cagalera!'. Y tú mirabas aquella, colgando en esa rama, que estaba justo en su punto, mañana seguro que ya se ha caído y se apolismó, o se la han comido los pájaros. Una más. Y luego reviento.

Los olores y los sabores de la fruta cargan de sentido el pasar de mi tiempo, ahora mismo, mientras escribo, miro los aguacates de mi patio, madurando poquito a poco. Miro a ese árbol que llevaba años sin parir hasta que llegamos y empezamos a regarlo, con mimo, sin esperar siquiera que diera fruto. Solo porque yo sabía que tenía sed. Y pienso que esta tardecita voy a bajar a echarle unos cuantos cubos de agua para que los aguacatitos no se pierdan. Miro las papayas que han crecido salvajes en una esquina, y veo que ya no llego a recoger la papaya que ayer vi. Se me han adelantado, quizás una ardilla, quizás un mono. No importa, hoy tengo otro mango para almorzar.

¿Será ese el último pensamiento que cruce por mi mente antes de estirar la pata?: ‘Deben estar madurando ya los higos'. Quién sabe.

Lo que sí tengo claro es que en lo que no voy a pensar es en quién ganó o no las elecciones del 2019. ¿Ustedes creen que ese es un pensamiento agradable para su último aleteo de conciencia? Veo a la gente con sus dimes y diretes, enfrentándose unos a los otros a estocadas verbales y me parece todo tan ridículo… ¿no les apetece más una ensalada de frutas?

COLUMNISTA