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24 de Nov de 2020

Cultura

Salvador, un balcón colonial

La capital del estado de Bahía, en el noreste de Brasil, atrae a lugareños y turistas con su arquitectura barroca, gastronomía y bailes autóctonos

La luminosidad solar entra por las callejuelas de adoquines y asciende hasta el centro colonial de una ciudad amplia que se extiende a lo largo de la costa norte de Brasil. Pelourinho se denomina esa antigua plaza de Salvador de Bahía (la capital del estado de Bahía, en el noreste de Brasil), cuya traducción es ‘picota', donde existió una para ajusticiar a los esclavos negros, en medio de un conglomerado de templos que guardan una vistosa riqueza barroca y que demuestra su complejidad histórica.

Salvador de Bahía fue escenario de muchos arribos, desde el navío que encalló en sus costas para traer el primer grupo de extranjeros que se vieron cara a cara con los indígenas locales; algunos perdieron la vida y otros lograron liberarse; hasta la llegada de Tomé de Souza, el primer enviado por el rey de Portugal a establecer una ciudad que estaría destinada a asentar a la mayor población negra fuera de África en el continente.

En su núcleo histórico se estableció el gobierno de la primera capital, las oficinas y la iglesia. Es una meseta con un balcón que mira la Bahía de Todos los Santos y varias laderas que le separan del ancestral centro comercial y el mercado modelo, unos cincuenta metros más abajo. A partir de la plaza Terreiro de Jesús, las quebradas calles descienden hacia los sectores más antiguos de la villa.

En el perímetro central, hay cinco edificaciones religiosas, la Catedral Basílica de Salvador, que también es un museo; las iglesias de San Pedro de los Clérigos y de la Venerable Orden Tercera de San Domingo de Guzmán; y un poco más atrás, la que además es el convento de San Francisco, verdadero ejemplo de la arquitectura barroca con sus retablos y ornamentación dorada, una de las siete maravillas mundiales de origen portugués.

A su lado, la Iglesia y Convento de la Orden Tercera de San Francisco, con una fachada esculpida en granito. En su interior conserva una colección de azulejos portugueses que datan del siglo XVII y que narran historias de la época sobre la fe y la vida cotidiana del lugar. Más de 350 iglesias en la urbe le han dado el nombre de Roma negra a Salvador.

En las mañanas y conforme llegan los turistas a la plaza, grupos de jóvenes y otros que no lo son tanto, exponen ataviados con blancos uniformes sus artes de la danza capoeira.

¿DANZA, LUCHA?

Ellos conservan la cultura de las poblaciones autóctonas, que expresa las desigualdades sociales conservadas por siglos.

Las tiendas abren sus puertas y ofrecen un sinnúmero de productos artesanales, piedras preciosas, atuendos y todo aquello que pueda ser de interés para los transeúntes.

Isaías Oliveira Dos Santos, de unos 53 años, se asoma al portal de su almacén y promueve sus mercaderías. Ha trabajado por aquí unos 34 años y considera que hay un relativo éxito en las ventas; ‘hay muchos extranjeros y todo depende de la temporada que a veces baja'.

En otro local, Kataka, africanidades, situado en una esquina, se exhiben artículos tejidos, telas y vestidos que provienen de Nigeria y Senegal. Su encargada confiesa que el público demanda este tipo de colores y se entusiasma al saber que la ropa del lugar tiene su origen en África.

Los curiosos también piden camisetas, pañoletas, bufandas y estolas con alusión a Salvador o con diseños que reflejen la colorida arquitectura de su perfil colonial.

A unas dos cuadras de la plaza está situada la prefectura municipal que tiene a su costado una pequeña explanada donde artesanos y público coinciden. Tienen además un local que es a la vez, sitio de exhibición de curiosidades, oficina de información y la entrada del ascensor Lacerda, una torre que comunica con la parte baja de la ciudad y desemboca frente al mercado.

Casi al terminar la mañana, se empiezan a abrir unos quioscos en los lugares de paso de visitantes y grandes pailas hacen hervir el aceite de coco. Unas damas de complexión robusta y con una amplia vestimenta que culmina en una pollera, blusas blancas, turbante y joyas, atienden estas cocinas improvisadas. Son bahianas, mujeres que constituyen el principal centro de atención en la ciudad y la representan porque guardan los secretos culinarios.

Hay historias sobre los turbantes (pano de costa) que ellas llevan en la cabeza. Algunos consideran que son de origen africano y que fueron promovidos por la aristocracia portuguesa. Otros cuentan historias sobre la huida apresurada y urgente de la realeza desde las tierras lusas a causa de la inminente invasión de Napoleón. Las precariedades de viaje de varios centenares de migrantes, crearon caóticas condiciones en las embarcaciones.

‘Las tiendas abren sus puertas y ofrecen un sinnúmero de productos artesanales, piedras preciosas, atuendos y todo aquello que pueda ser de interés para los transeúntes'.

Esto ocasionó una epidemia de piojos que obligó a las damas a cortarse el cabello al rape y al llegar a las costas de la colonia brasileña, debieron cubrirse la cabeza por vergüenza. Quienes recibieron en puerto a los atolondrados viajeros, creyeron que esos pañuelos como parte del vestuario enroscado sobre el pelo, eran la última moda en Europa y se popularizó el atuendo. Ahora es un signo distintivo de la mujer de esta región.

Mary es una de ellas y en su pequeño puesto ubicado en una esquina a un costado de la prefectura, prepara los platillos tradicionales; entre ellos la moqueca, la casquinha, acarajé, pescado frito, abará (especie de tamal de frijol y camarones), tortas, colada de avena, vatapá, tete y cocada blanca y negra (preta).

Su nombre es Ana María Braga de Tirona tiene 47 años y ofrece el acarajé recién hecho; raja la masa de frijoles, la inunda con un preparado de vegetales y luego agrega un guiso de camarones. Esa es la receta clásica.

Muy cerca de este lugar se extiende la playa y el área de Barra. El malecón es espacio para otro tipo de diversión que lleva a los turistas a disfrutar de la arena y el mar que llega tranquilo con su azul profundo, turquesa y el verde esmeralda.

Al caer el sol, empiezan grupos de música que atraen a curiosos y a quienes se aventuran en los ritmos que se agolpan por doquier y los lugareños dejan ver sus rostros alegres y cuerpos rítmicos.

Colectivos vocales, instrumentistas, bailadores buscan el área común para iniciar la fiesta y la ruidosa celebración.

Cierran los grandes centros comerciales y de callejuelas, barrios y comunidades salen rostros con mucho entusiasmo hacia diversos puntos en la parte vieja; se arman múltiples conciertos en vivo que concentran a un público multitudinario, principalmente en la Praça Quincas Berro D'Agua y el Largo Pedro Archanjo.

La música también surge con la luminosidad de lámparas o el fuego en las playas, una de ellas y muy concurrida la de Porto da Barra y en el barrio de Rio Vermelho, el nuevo enclave de la movida nocturna en Bahía. La irregularidad de la arena no es motivo para impedir que grupos juveniles preparen coreografías y al ritmo de grandes equipos de sonido se alineen y bailen sinuosamente y en una dinámica que les invade el cuerpo.

La enorme abertura del mar en ese espacio curvo que hace la geografía del norte brasileño, crea condiciones para una cultura cosmopolita que tiene rasgos particulares porque aquí nació el país. Aún se conservan huellas de una cultura que guarda sus signos característicos y que se manifiesta cada día por el desarrollo de su profundo sincretismo que invade cada uno de los espíritus de quienes habitan a Salvador de Bahía.