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08 de Feb de 2023

Cultura

Una jaula llamada Ursula

Los otros niños, con edades entre tres y ocho años, también lloran y gritan el nombre de sus padres.

Con sus manitas sacude el recio y frío alambre de las verjas de metal, tratando, en vano, de romperlas. A través de la malla observa a varios grupos de niños y en el fondo, ve a su hermanito Julián, llorando. — ¡Mamá, papá!

Luisa trata de que la escuche y lo llama:

—Julián, Julián, aquí estoy. Acércate.

Los otros niños, con edades entre tres y ocho años, también lloran y gritan el nombre de sus padres. Su hermano queda oculto dentro de la masa que camina y se mueve en el lugar, sin saber qué hacer, sin comprender. Un hombre, vestido de policía, le dice con voz enojada:

—Regresa a tu puesto.

Mira a su alrededor y se ve rodeada de niñas con semblantes compungidos y llenos de temor. No comprende qué sucede. Recuerda que caminaba con sus padres y Julián por una de las anchas avenidas de la extensa ciudad cuando un carro con un letrero que decía, ‘Policía Fronteriza' se detuvo y sus ocupantes los obligaron a subir, mientras ellos trataban de negarse, indefensos. El auto se dirigió al lugar donde se levantaban unas extensas instalaciones que estaban divididas como jaulas y custodiadas por policías armados. Cuando bajaron, una mujer uniformada la tomó de la mano y se la llevó de prisa. Otra se ocupó de Julián, que solo tenía cuatro años. Horrorizada presenció cómo se llevaban a sus padres, mientras la miraban con desesperación e impotencia.

Había varios lugares separados para niños y otros para niñas. Parecían grandes jaulas. Estaban divididas por una malla de alambre de unos 10x10 metros cerrada con cadenas. Verjas de metal separaban unas de las otras. A Luisa la encerraron en una donde había otras veinte niñas. El lugar estaba lleno de botellas de agua, bolsas de papas fritas y hojas de láminas grandes de papel aluminio para ser usadas como mantas. Había muchos colchones regados por el piso.

— ¡Luisa, Luisa!, escuchó que la llamaba una vocecita conocida. Miró y vio a Julián pegado a la verja, en la jaula contigua. Se le acercó y logró acariciar sus deditos, pero no pudo calmarlo.

— ¡Quédate tranquilo!, le dijo. Vamos a esperar. Mamá y papá nunca nos abandonarán. Acuéstate. Descansa.

— ¡No te preocupes, yo lo cuido mientras!, dijo un niño de aproximadamente ocho años que lo acompaña, con tono de voz de persona responsable. Luisa regresa y se acurruca en una esquina, se cubre el rostro y llora desconsoladamente.

— ¿Dónde estamos?, preguntó, después, más calmada, a su compañera.

— ¡No sé! Unos dicen que en una cárcel. Me han dicho que esta jaula se llama Úrsula.

El nombre le era familiar. A su maestra le gustaba mencionarla siempre. Úrsula Iguarán. Era un cuento sobre una extraña señora que tenía el presentimiento de que si tenía hijos iban a salir con rabo de puerco por haberse casado con un primo. Ella murió más allá de los cien años. Fue escrito por un señor, muy famoso, de apellido García Márquez. Ya lo leerás, decía enfática. La historia le intrigaba. Curiosa buscó en la pequeña biblioteca de su padre y allí encontró varios libros con su nombre. En una portada observó a un señor con un bigote muy grande. Ya los leeré se dijo, acariciando la foto del caballero de la sonrisa ancha.

— ¿Úrsula? murmuró una niña. Me han dicho que así se llama, pero la gente le ha puesto el sobrenombre de La Perrera.

— ¡Pero, si nosotros no somos perros!, empezó a llorar la más chiquita.

— Quiero dormir, ¿a qué hora apagan las luces?, exclamó otra, bajo la manta.

— No se pueden apagar, las luces en los techos permanecen encendidas las 24 horas. Nunca las apagan, dijo la que más tiempo llevaba en el lugar.

El coro de llantos crecía. Imposible calmarlo. Luisa escuchó cuando una mujer policía le decía a la otra socarronamente: ‘necesitamos a un director para dirigir esta orquesta'.

Se arropó con la manta de aluminio. Pensó en su padre y su habilidad para resolver todas las situaciones. Agrónomo de profesión, había tenido una excelente carrera y, además, como estudioso que era, se conocía al dedillo las leyes de su país y de la bolita del mundo, amén. La gente acudía a él para consultarle sobre diversos temas y luego se despedían, agradecidas y complacidas. Papá resolvería. Mamá tampoco es tonta, reflexionaba para sí. Es la mejor enfermera que conozco. Pensó en su hermanito, que estaba muy apegado a ella. Observó cómo los más grandes les cambiaban los pañales a los más chicos y les hacían cosquillas para hacerlos reír.

Luisa recuerda que un día su papá le dijo que se iba para un país vecino, hacia el norte, a buscar una mejor vida. Fue muy triste la despedida. Explicó que iba a trabajar y a ganar dinero y que después les enviaría remesas. Luisa trató de entender la extraña palabra, se preguntó, por qué tenía que irse tan lejos solo para eso. Fue comprendiendo, poco a poco, porque todos los meses acompañó a su mamá a la oficina de correos a buscar las remesas que puntualmente les enviaba. De allí se dirigían a pagar la luz, el agua, recorrían varios mercados buscando precios bajos, y se apuraban a pagar el alquiler, antes que doña Eulalia, la casera, empezara a vociferar.

— ¡Mamá es enfermera, pero perdió el trabajo cuando la clínica fue destruida por el último terremoto que ocurrió en la ciudad! Por suerte, no estaba allí en aquel momento.

—¿Cómo llegaste a este país?, le preguntó Dora, su nueva amiga.

—Papá nos mandó a buscar. Aquí nació mi hermanito, Julián. Luego mamá consiguió trabajo atendiendo a una señora mayor como enfermera.

— ¿Dónde estarán ahora, sabes para que lugar se los llevaron?

— ¡No, nadie sabe; tampoco sé dónde están mis padres! contestó Dora, muy afligida. ¡Algunos dicen que no están lejos, que están en otras jaulas!

Los días transcurrían con la misma rutina. Una mañana, las puertas del lugar se abrieron y una gran cantidad de policías y cuidadoras las levantaron y obligaron a ponerse en fila. Les anunciaron que iban a reunirse con sus padres. Trató de buscar a su hermano, pero observó que la jaula estaba vacía. Los hicieron caminar por un largo pasillo y al final se encontraron con una multitud de personas que gritaban, con desesperación, el nombre de sus hijos.

— ¡Luisa, Luisa!, escuchó con alegría la voz de sus padres. Emocionados, se dieron un fuerte abrazo. ¿Y Julián? preguntó sobresaltada, al ver que no estaba con ellos.

—Pero, ¿no estaba contigo? Le preguntaron alarmados.

— ¿Dónde está mi hijo, Julián? Él es muy chico, solo tiene cuatro años, —preguntaba a los funcionarios—. Llegamos cuatro y nos separaron. No me voy sin mi hijo, repetía en inglés y en español, el angustiado padre.

— ¡Aquí no hay nadie registrado con el nombre de Julián! ¡Solo ustedes tres!

Severos e imperturbables los subieron al autobús que los llevaría al aeropuerto. Al llegar los agentes los forzaron a subir al avión que ya estaba con los motores encendidos. Ellos se resistían, pero los obligaron a sentarse. El padre de Luisa tratando de contener sus emociones, les repetía:

—Calma, ya buscaremos a Julián. Prometo que lo voy a buscar. Regresaré y lo encontraré.

Nada que hacer. Atrapados volvían a sus orígenes. Luisa comprendía que ahora todo era inútil. Por la ventanilla del avión, que se elevaba velozmente, con lágrimas en los ojos, dio una última mirada al aeropuerto, contempló como, poco a poco, se achicaba, se alejaba, y lo último que pudo divisar fue un gran letrero que decía ‘Zero Tolerance', mientras su corazón desesperado gritaba: ‘Julián, Julián'.

PERIODISTA

‘Mira a su alrededor y se ve rodeada de niñas con semblantes compungidos y llenos de temor. No comprende qué sucede. Recuerda que caminaba con sus padres y Julián por una de las anchas avenidas de la extensa ciudad cuando un carro con un letrero que decía ‘Policía Fronteriza', se detuvo...'

GRISELDA LÓPEZ

Periodista y autora

Nació en Guararé, provincia de Los Santos, República de Panamá. Licenciada en filosofía, letras y educación con especialidad en periodismo. Realizó estudios superiores en comunicación social, en ciudad de México. Ex directora de radio y televisión educativa y de Canal Once. Ha sido columnista en diversos periódicos y en la actualidad en ‘El Matutino'. Ha publicado cuentos, artículos en revista nacionales y extranjeras. Se ha desempeñado como coordinadora del consejo editorial de la Fundación Omar Torrijos H. y profesora de comunicación social en la Universidad de Panamá. Medalla de oro y pergamino en el Concurso Ricardo Miró (1969). Ha publicado los siguientes libros: ‘Piel adentro' (1986), ‘Sueño recurrente' (1989) y ‘Las capas del tiempo' (2017).