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21 de Oct de 2020

Cultura

Exorcismo

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La palabra proviene etimológicamente del griego antiguo y quiere decir: “obligar mediante juramento o conjurar”. Creo que después de las espantosas noticias de esta semana es necesario ir aclarando términos. El exorcismo es la práctica religiosa o espiritual que conjura u obliga a una fuerza maligna a salir de la persona, objeto o área que se encuentra poseída por ella; para este fin se utilizan diversos métodos cuyo fin es expulsar, sacar o apartar a dicho ente.

Estas entidades maléficas, dependiendo de las creencias de los implicados, pueden ser demonios, espíritus o brujos, y pueden poseer a personas, animales, objetos y lugares como casas e incluso pueblos completos.

Cuando vemos la película de “El exorcista” disfrutamos porque sabemos que lo que estamos viendo es falso; cuando nos sobresaltamos en “Annabelle”, o pegamos respingos con Chucky estamos convencidos de que la muñeca de porcelana que tiene nuestra abuelita en la sala no se va a levantar a buscar el cuchillo jamonero, ¿verdad? Pues miren, piénsenlo otra vez. Porque hay personas que creen firmemente en que las posesiones son reales, que puedes perder el control de tu voluntad si a Jaldabaoth o a uno de sus secuaces le apetece darse un paseo por tus pensamientos. Y según leemos en 1.ª Juan 3:8, “si pecan es porque son del Diablo”.

Ellos creen, realmente lo creen, están absolutamente convencidos, de que un brujo malévolo puede intervenir en su capacidad volitiva para hacerles hacer aquello que su dios prohíbe, y entonces ellos, pecadores, para no caer en las llamas del Fuego Eterno, deben someterse a un exorcismo que expulse al dios negro para quedar salvos.

La tragedia que se dio esta semana en la comarca, las vidas segadas, los daños físicos, el miedo y el dolor, no son casos aislados. Aunque prefiramos pensar que sí. Quizás en este caso se les fue de las manos, o quizás en este caso algunos tuvieron suerte de escapar a tiempo, pero si no hubiera sido así nadie hubiera sabido, aquí paz y que dios cuente a los suyos.

Quizás, y solo digo quizás, si no hubiera habido involucrados familiares de un miembro de las fuerzas del orden a nadie le hubiera interesado meterse en aquellos parajes solitarios para investigar la desaparición de unos cuantos indígenas, que a saber si se fueron a Costa Rica, o por dónde andarán esos vagos, qué vamos a andar perdiendo el tiempo buscándolos, que si no aparecen será que no quieren que los encuentren y los hijos se los venden a cualquiera o se les mueren y ellos mismos los entierran al borde del camino.

Somos, como sociedad, unos hijos de puta. Todos. Somos desalmados, crueles e hipócritas.

Mientras nosotros, como sociedad, miramos para otro lado, mientras la hez política se enriquece y duerme sin pensar en los que sufren, hay una chusma canallesca y despiadada que enarbolan la que dicen ser la palabra de un dios vengativo y cruel y predican el miedo al fuego eterno.

¿Saben?, para aquellos que no tienen esperanza en esta puñetera vida, para los que pasan la vida aguantando insultos y desprecios, para aquellos ignorados y olvidados, el que los amenacen con sufrir eternamente es demasiado para poder soportarlo. Así ceden y se prestan a cualquier cosa que les diga que ellos y sus hijos, sobre todos los niños, se salven, por favor, pastor, le daremos lo que nos pida, soportaremos lo que nos diga, pero sálvenos. Y a nuestros hijos. Sáquenos del pecado y de este valle de lágrimas, díganos que vamos a ser salvos y que en el Más Allá tendremos, por fin, paz y dignidad.

Columnista