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06 de Apr de 2020

Cultura

Memorias

El que no tiene amigos no tiene asideros en este mundo absurdo. La familia es nuestra y está, son los cimientos, los muros. Pero nadie tiene las paredes de su hogar desnudas

Este año que recién estrenamos viene cargadito de emociones. En las breves semanas que llevamos de él ya me he reencontrado con varios amigos largo tiempo perdidos.

Una me acompañó durante toda mi infancia, en la adolescencia y durante gran parte de mi vida adulta. Compartimos veranos infinitos, entre jaras y espliegos y el olor a renacuajo del agua del río. Ese río que bajaba directamente de los neveros del Teleno. Y bajo la mirada del temible dios astur los días se transformaban en una secuencia de paz y sosiego, de risas, bicicleta y confidencias que se extendían al resto del año en cartas que iban y venían, contando, con letras infantiles los días que faltaban para que nos volvieran a soltar las cadenas, para poder recuperar la libertad estival.

Otro de los afectos se forjó a base de alcohol y noche; muchas noches, pero, sobre todo, mucho alcohol. Forjado a base de una admiración inmensa, y muchísimas horas de discusiones bizantinas en las que ninguno recuerda a ciencia cierta quién ganaba o no ganaba porque ambos estábamos tan borrachos que ya no nos importaba ni la deponencia ontonoética ni la reductio ad absurdum, y todo se conjuraba en un ad hominem burlón que terminaba haciendo que nos deshiciéramos en carcajadas.

Volví a un profesor al que admiré, del que aprendí mucho de lo poco que sé. Lo buena o mala antropóloga que soy se lo debo a él; lo mucho y bueno es su responsabilidad, claro está, mis falencias son solo culpa mía.

Un año en el que se recuperan cariños y se reconocen cariños nuevos, un ciclo que se abre abriendo brazos, abriendo el corazón.

El que no tiene amigos no tiene asideros en este mundo absurdo. La familia es nuestra y está, son los cimientos, los muros. Pero nadie tiene las paredes de su hogar desnudas. Los amigos son los cuadros que contemplas, los sofás cómodos en los que te arrebujas para descansar y meditar. Hay amigos que son ramos de flores, manojos inmensos de lilas y de azucenas, que te hacen sonreír en cuanto los ves y que te calman con su olor. Otros amigos son guaro, son la copa hasta el borde que te sirves después de un mal día y que apuras de un solo trago hasta las heces. Son ese licor fuerte que te levanta del piso y logra hacer sentir que todo es una tontería y que mañana será otro día.

Conozco gente que reconoce no tener amigos, y la miro siempre con conmiseración. No tener amigos es estar solo. Y este mundo es ya demasiado cruel e hideputa para tener que enfrentarse a él sin ellos, sin el escuadrón que te acuerpa, sin el resto de las flechas del carcaj que, juntas, son imposibles de quebrar. Hay cariños irreductibles, como la pequeña aldea gala.

Hablo hoy de los amigos porque quiero y porque estoy viva y porque a los que se quiere siempre se les debe decir en vida. Así te ahorras muchas lágrimas en los funerales, y te eximes del peso en la conciencia por no habérselo demostrado a tiempo.

No importa que no os hayáis visto en siete años o en veinte. No importa si hablasteis ayer o si no sabéis cuándo volveréis a veros. Por eso, Pedro querido, un mar no es nada. Cuando la amistad es real trasciende fronteras, años, y muerte.

Por eso aún extraño a los que se fueron, por eso sigo hablando con Omar, con Jorge, con José. Por eso aún los consulto, les cuento, los interpelo. No, no me contestan, por ahora.

Columnista