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13 de Jul de 2020

Cultura

Urriola y Porras: vocación humanitaria latinoamericana

Estos históricos personajes ejercieron una labor relevante ante la presencia de enfermedades respiratorias con grave impacto en la sociedad peruana

Con un ejemplar bajo el brazo del hoy extinto diario “La Prensa” de Lima, el encargado de negocios y cónsul general peruano en Panamá, Óscar Barrenechea Raygada se dirigió a ver a Louis A. Clausel quien no solo era su amigo sino el vicecónsul estadounidense. Clausel había nacido en el Perú en 1883 y se había naturalizado americano en 1910 para seguir la carrera diplomática. 

Ambos leyeron con preocupación el editorial del periódico de aquel 19 de septiembre de 1918 donde alertaba sobre la presencia masiva de enfermedades respiratorias con grave impacto en la sociedad peruana. 

El gobierno de Pardo no tardaría en notificar formalmente a la población de que se sufría una ola de influenza. Era entonces necesario actuar con prontitud –pensó Barrenechea– y adelantarse a las eventuales instrucciones del Ministerio para solicitar el apoyo de países amigos como Panamá, después de todo –reflexionaba el jefe de la legación peruana- el Perú había sido el primer país de Sudamérica en reconocerlo como nación independiente el 18 de diciembre de 1903, elevando el nivel de las relaciones consulares a diplomáticas inmediatamente.

Ante la convulsión política que experimentaba el Istmo ese año, la participación del cónsul español José Albiñana y Martínez sería esencial para acceder a la entrevista que se necesitaba con el Presidente Ciro Luis Urriola, gobernante de corto mandato entre junio y octubre de 1918. Urriola era médico y había estudiado bacteriología en Francia (“promotor de la salud” lo califica T. Owens, 2012). 

Político con sensibilidad social al que el drama de las epidemias no le era extraño, escucharía con atención a Barrenechea y dispondría el apoyo panameño. La responsabilidad de esta tarea recaería en el doctor Lisandro Porras, director regional de salud pública radicado en Colón.

Las noticias de “La Prensa” del 19 y 28 de octubre de 1918 dieron una idea de la magnitud de la epidemia que en esos días asolaba las ciudades de Lima, Ica e Iquitos, esta última en la selva amazónica. En ese año Lima tenía alrededor de 194,600 habitantes; Ica 70,400 e Iquitos 11 mil. El periodo de mayor virulencia se registró de noviembre de 1918 a febrero de 1919 con 46 mil víctimas en Lima, 2,576 en Iquitos y 1,749 en Ica. 

Una segunda pero corta ola de influenza se produjo en Lima entre enero y marzo de 1920 mientras que en Ica aconteció entre julio y octubre de ese mismo año; afortunadamente no se produjo la segunda ola en Iquitos. Los adultos mayores de 60 años y los jóvenes fueron los más afectados, y entre los grupos ocupacionales con mayor número de casos fueron los militares y personal de tropa. 

Décadas después el estudio publicado por la US National Library of Medicine (2012), basado en los registros de la Beneficencia Pública de Lima, revelaría que el número de víctimas fue de 52,739 personas, es decir, uno de cada cuatro pobladores en estas tres ciudades se enfermó. 

Habrá que esperar a 1930 para aislar por primera vez el virus de lainfluenza, pero en 1918, sin vacunas y a pesar de los esfuerzos gubernamentales para evitar la zozobra de la población,los ciudadanos optaron por el aislamiento, la cuarentena imperfecta y por los viajes a la ciudad de Jauja que había adquirido renombre en el siglo XIX por su clima benigno, idóneo para curar el asma y la tuberculosis.

Los suministros médicos panameños acopiados por el doctor Porras fueron transportados en el buque “Ebro” –construido en Belfast– de la Pacific Steam Navigation Company (PSNC) que cubría la ruta Liverpool–Callao llegando al Perú a finales de 1918, escribiéndose así una emotiva página de solidaridad entre dos naciones unidas por lazos ancestrales.