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27 de Jan de 2021

Cultura

Roberto Fajardo-González, una obra que sacude el concepto de la realidad

La obra de este artista apuesta por la reflexión acerca de lo que vemos y lo que creemos ver. Para Fajardo, el arte es un camino que nos permite explorar nuestro entorno tratando de desentrañar sus misterios

'La danza de los signos'. Acuarela.Cortesía

Roberto Fajardo nace en Aguadulce, provincia de Coclé, en 1959, y a sus 61 años es uno de los artistas más contundentes del ámbito panameño. Esto se debe, posiblemente, a su doble formación: como pintor y como observador elocuente del mundo circundante.

Su trayectoria profesional está vinculada a Brasil, concretamente a la Universidad Federal do Rio Grande do Sul, donde tomó sus cursos de maestría y doctorado en artes visuales. Pero también a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Panamá, formando a varias generaciones de artistas que han tenido el privilegio de estudiar con el único doctor en artes visuales del país.

Ha participado en numerosas exposiciones individuales y colectivas, haciéndose acreedor de incontables distinciones y premios, como por ejemplo, en 2009, cuando recibe una distinción a su trayectoria artística por la Asociación Panameña de Artistas Plásticos y en 2010 una distinción latinoamericana por sus investigaciones en semiótica del arte, entre otras muchas.

Entre sus exposiciones internacionales podemos mencionar las realizadas en Brasil, Nueva York, Puerto Rico, México, Washington y Moscú.

“Ningún valor es eterno”

Para Fajardo, el arte es un camino que nos permite explorar nuestro entorno tratando de desentrañar sus misterios. Es una metáfora del mundo y de lo que creemos entender de él.

Su concepción plástica pasa por la afirmación de que ningún valor es eterno, sino producto de su época. El arte está ligado inexorablemente a su contexto, y este proporciona los mecanismos para comprenderlo. Afirma: “Tienes que aprender sus trucos, ya que el arte es un artificio”.

'De la serie Aguadulce II'. Acrílico sobre tela - 120 x 140 cm -1994Cortesía

Seguidor de las teorías peirceanas, a las que ha dedicado incontables horas de estudio, propone la realidad como estructura y significado. Para ello nos plantea una definición simple que parte del enunciado: un signo es algo que significa algo para alguien. “Lo cual nos lleva a tener tres algo”.

Comenta que esta afirmación implica relaciones fundamentales para el proceso creativo al liberarlo de axiomas y verdades rígidas. Tal vez no sería exagerado asegurar que, de esta premisa, arranca su concepción estética. Esos “algo” se convierten en ejes fundamentales de su accionar: “Es necesario llenarlos del conocimiento y del hacer”, tanto para el que pinta como para el que ve.

La multiplicidad de significados, contenidos en los signos, inciden en el espectador y pasan a la colectividad convirtiéndose en modelos culturales y artísticos. Pero, además, crean un planteamiento epistemológico: formas esperando que de ellas surja una significación para alguien.

El arte es un problema de lenguaje. Su interés no es aplicar las fórmulas de la semiótica, sino la asimilación de sus estructuras metafísicas, de aquello que escapa a la lógica aprendida del sistema silogístico occidental, donde prima lo racional. Sin embargo, para Fajardo no hay un valor en el arte que pueda sobreponerse. Opina que para seguir la evolución del arte debemos seguir la evolución de las teorías estéticas, pero también del pensamiento de la humanidad, y la incorporación de la pluralidad y la diversidad como baluartes de los nuevos tiempos.

Se deben incluir nuevos paradigmas para romper con esa pugna histórica entre razón y sensibilidad. “En el mundo griego el concepto de belleza era primordialmente filosófico, no artístico”, afirma. Sujeto a leyes fijas e inmutables que desestiman el poder de lo intuitivo y lo emocional. “Al excluir el ambiente sensible del conocimiento se creó una contradicción que todavía estamos intentando superar”. Donde la historia del arte es la búsqueda de ese equilibrio.

No está de más decir que en su trayectoria artística ha pasado por una etapa de formación en abordajes totalmente naturalistas de la obra, como lo demuestra el autorretrato incluido en este artículo, hasta propuestas ligadas al expresionismo, surrealismo o al modernismo.

Sin embargo, encuentra su auténtica definición en el ámbito de la pintura abstracta. Lenguaje que posibilita la expresión de un universo representativo reducido a elementos esenciales, como son, en su caso, ritmo, forma y color.

“Cuando hay mucha libertad es más difícil ser libre”

El arte abstracto surge de una serie de planteamientos que apuestan por la desestructuración de la forma, confiriéndole fuerza expresiva a la línea y al color. A esto se incorpora el enfoque simbólico del contenido, que permite al creador liberar sus concepciones artísticas y espirituales.

Sin embargo, este proceso tiene sus propias ataduras. Comenta que “cuando hay mucha libertad es más difícil ser libre”. Según sus propias palabras, “nunca fue tan difícil hacer arte como cuando todo es posible” y aunque se suelte el trazo, todo debe estar debidamente articulado, ya que el proceso que está detrás es tan importante o más que la obra misma.

El abstracto permite la indeterminación en la propuesta y por ello la constante búsqueda. Dado que el arte ya no representa al objeto sino al concepto mismo, su obra es capaz de incorporar elementos tanto universales como locales, con un denominador común: los colores rítmicos y vibrantes.

Se trata de encontrar alternativas que muestren las condiciones propias de la concepción artística, conciliando aspectos teóricos y prácticos que le den unidad y hagan la obra comprensible.

Sobre este particular afirma: “Debemos sacudirnos la idea de que el arte está hecho para ser entendido por todos”. El arte también “se comporta como un objeto de conocimiento”. Explica que, cuando vemos un cuadro renacentista, podemos ver sus iconos, pero eso no quiere decir que entendimos sus claves ideológicas o simbólicas. “No entendemos por el simple hecho de ver”. El arte siempre será inaccesible para los que no pueden descifrar el contexto que les permita interpretar la obra y acercarse a su universo conceptual.

“Puedes ser un virtuoso, pero eso no garantiza que hagas arte... el arte siempre está más allá”. Es necesario entender los problemas que plantea el lenguaje contemporáneo, ya que a partir de Duchamp no se aborda el arte de una manera sistemática. Ya no se pueden colocar axiomas, sino pluralidad de propuestas con reglas propias que exigen que se comprendan los mecanismos que las rigen. “La misión del artista es provocar ese salto... se pueden aplicar leyes universales, pero hay que entender las particularidades”.

Fajardo-González-AutorretratoCortesía

A través de sus tres elementos claves (forma, color y ritmo) incorpora a su obra el desafío de llevar la música a la representación, tratando de hacer visible la experiencia musical, un criterio fundamental para su trabajo.

En la obra de Fajardo vemos el trópico, el bullicio, la humedad, la multiplicidad de verdes que nos hablan, no solamente del paisaje, sino también del concepto mismo de selva tropical, colorida, soleada y viva.

Sobre su serie de peces comenta: “El pez tiene que ver con nuestra idiosincrasia, con nuestra identidad. Representa, por ejemplo, el color del trópico istmeño, además es un animal que sabe nadar en el agua”, haciendo alusión de esta manera al ritmo en su obra.

Sus colores son vibrantes y llenos de vida. Debemos resaltar el amarillo, que es un color difícil, original. Nos dice: “No es un color fiel. Tienes que conjugarlo bien para que funcione, no basta ponerlo”.

Ciertamente, su obra no está pensada como deleite sensorial. Es más bien una constante búsqueda. Un signo de interrogación abierto hacia nuestro mundo, invitándonos a repensar sobre qué están cimentadas nuestras convicciones estéticas.

Pero la obra de Fajardo apunta más lejos. Pone sobre la mesa de discusión aspectos conceptuales, representativos, filosóficos y gnoseológicos. Apuesta por la reflexión acerca de lo que vemos y lo que creemos ver. Sacude tanto el concepto mismo de la realidad, como los valores estéticos y morales que atribuimos a las imágenes acercándonos al corazón de la creación misma. Su arte no es fácil de digerir, no trata de adular o convencer, sino de mostrar aspectos invisibles y profundos de esa naturaleza humana sobre la cual, como bien dice, el arte siempre está más allá.

La autora es profesora de historia del arte, Facultad de Bellas Artes, Universidad de Panamá.