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24 de Jul de 2021

Cultura

Los edificios como propulsores de la cultura

Como sociedad, nos apremia valorar al edificio como un fenómeno cultural de la misma forma que lo hacemos con la música y las artes plásticas. Reimaginar al edificio como un sitio para la cultura es una herramienta más en nuestra lucha por humanizar nuestra ciudad

Lo vemos en cualquiera de los espacios públicos que hoy son generalmente aprovechados al máximo en el contexto de todos estos meses de cuarentena.Shutterstock

Tras un año de crisis y zozobra, se van simplificando en nuestras vida las cosas que nos importan y que nos inspiran. En medio de esta realidad, nos damos cuenta de que la gente ansía cultura; en ella encontramos una terapia o refugio que nos anima a no darlo todo por perdido como sociedad.

Ante una crisis que ha limitado nuestra movilidad, la presencia de los edificios y los espacios que ocupamos son sumamente relevantes. Y tratando de no vertirnos en una crítica de la regresión de nuestra ciudad en los últimos 30 años o del achatarramiento de nuestros barrios, ¿por qué no hablar sobre el rol de nuestros edificios?, ¿por qué no identificar algunas edificaciones que podrían ser parte de nuestro anhelo común de formar parte de una cultura simultáneamente local y moderna?

Podríamos evaluar distintos criterios para entender el rol de nuestros edificios como una manifestación cultural. Una manera sería observándolos como un fenómeno constructivo, que llega a trascender el tiempo y forma parte de nuestra memoria histórica de la ciudad. Otro sería observándolos como un fenómeno tipológico, donde el edificio literalmente promueve la cultura dentro de sus usos, de una manera similar a como generalmente funciona una biblioteca o un museo.

Sobre el primer criterio, podríamos apoyarnos en el trabajo del arquitecto y crítico Kenneth Frampton (n.1930). Para Frampton, la expresión tectónica sería el punto de partida para interpretar el valor arquitectónico y cultural de nuestros edificios.

Frampton describe la expresión tectónica como una poética constructiva centrada en la materialidad del edificio, identificable en la conjugación de elementos estructurales y decorativos que trascienden su carácter técnico y constituyen la verdadera revelación del edificio y su entorno ante nosotros.

Frampton basa múltiples ensayos y libros sobre este tema en preceptos antropocéntricos planteados por arquitectos como Gottfried Semper, quien en el siglo XIX contribuyó al análisis de la expresión tectónica al plantear su teoría del 'Bekleidung' (vistiendo o el acto de vestir) donde el tejido de la vestimenta conforma la manifestación arquitectónica más básica o elemental. Dentro de esta apreciación de la fachada como una producción textil, Semper elevaría a la junta o a la articulación (the joint) como el elemento tectónico primordial y de donde emana espontáneamente la modularidad y tactilidad del edificio. Para Frampton, esta idea nos permitiría distinguir la cultura de un edificio de otro.

Nos tocaría entonces observar algunos casos en nuestra ciudad donde podríamos relacionar estas ideas con distintos edificios, los cuales a pesar de su modestia evidencian en sí mismos el uso de la expresión tectónica.

Ensayemos si es posible percibir claramente dónde están sus columnas y losas, y si, más allá de sostenerse con estos elementos, los mismos se entrelazan con su fachada y nos relatan visual y táctilmente algún tipo de narrativa constructiva. En vía Italia, Punta Paitilla, encontramos los edificios Plaza Mar (1976, Arq. Ramiro Oses) y Lalique (1983, Arq. Richard Holzer). Ambos implementan aleros de concreto armado en su fachada de manera rítmica y modular. Desde la acera observamos el efecto textil en su fachada, complementario y dramático, el cual le regala autenticidad arquitectónica al barrio, atestado de edificaciones burdas o con poco carácter. Similarmente podemos ver al edificio Esses, en El Cangrejo, que logra este efecto con los antepechos de sus balcones.

A pesar de su deterioro, el edificio Tarraco en avenida Cuba, antiguamente conocido como Arboix o María Teresa (1961, arquitectos Schay y Holzer) está hecho con un sistema sencillo de losas y bloque de hormigón que exhibe grandes gestos de expresividad tectónica. La misma podemos verla definida por sus paredes exteriores que se enmarcan rítmicamente con volúmenes que entran y salen. Sus losas conforman voladizos exagerados que acentúan la predominancia de la horizontalidad del edificio. Las barandas y marcos metálicos de sus balcones tejen una ornamentación que se desdobla a lo largo de cada losa, y desde lejos podemos ver cómo la torre se disloca visualmente de su basamento al asumir una orientación distinta a la de la calle. Los maceteros abandonados en sus losas nos dejan imaginarnos qué impresionante sería ver vegetación en su fachada y cómo potencialmente se mimetizaría con los árboles que rodean el edificio.

Esta expresión tectónica, es decir, este aprovechamiento de los distintos elementos de un sistema constructivo para definir el carácter visual y táctil en edificios de bloque y hormigón representan una manera efectiva de elevar nuestra arquitectura local no solo por su durabilidad, sino también por su modestia y capaces de reconciliar nuestro pasado con el futuro.

Podemos ver otros proyectos locales más recientes como “La Plaza”, uno de los principales edificios en Ciudad del Saber, diseñada por el arquitecto Leonardo Álvarez Yepes en colaboración con la dirección de proyectos de Ciudad del Saber. Caminar dentro de esta plaza comercial nos regala una marcada experiencia táctil, en la cual el concreto pulido, la grama y la arcilla son los elementos básicos para definir distintos espacios. El pabellón central resguarda un comedor cubierto con ladrillos de terracota y una persiana de acero entrelazada que aporta un modelo de arquitectura tropical, local y moderno.

El ejemplo de Ciudad del Saber nos lleva al segundo criterio, que he nombrado tipológico, de entender al edificio: por ejemplo, repensando la tipología de la plaza comercial como un sitio para la cultura. Bajo el esquema usual de plazas comerciales, el estacionamiento de los vehículos prima y es situado casi siempre frente a la entrada de cada local. La Plaza de Ciudad del Saber es una de las pocas que rompe este esquema, usual de las plazas comerciales; aquí el patio central del proyecto funciona como eje central de circulación y está completamente aislado del estacionamiento, lo que permite desenvolver al visitante del proyecto en una experiencia multisensorial, donde lo visual se integra con el espacio, en vez de tener precedencia sobre ello.

Ante una crisis que ha limitado nuestra movilidad, la presencia de los edificios y los espacios que ocupamos son sumamente relevantes.Shutterstock

La Plaza de Ciudad del Saber combina ambos criterios - es un edificio evidentemente tectónico por su materialidad, además de que trasciende su función original como centro comercial. Esto no es producto solo del talento e ingenio de un arquitecto como proponente y diseñador. Es también producto de una serie de actores administrativos, institucionales y ejecutivos de Ciudad del Saber que pudieron compartir la visión de este proyecto y llevarlo a la realidad.

Quisiera hacer énfasis en esta pluralidad de actores, que básicamente nos alude como sociedad para apreciar y darle valor a los buenos edificios que al fin sí tenemos. Es también un llamado a hacerle frente a la modernidad chatarra, persistente no solo en nuestro país, sino en todo el mundo. En su ensayo 'Hacia un regionalismo crítico: seis puntos para una arquitectura de resistencia', Frampton cita al filósofo francés Paul Ricoeur quien nos ilustra con mucha claridad esta condición: “En todos los lugares del mundo uno encuentra la misma mala película, las mismas máquinas tragamonedas, las mismas atrocidades de plástico o aluminio, la misma deformación del lenguaje por la propaganda, etc”.

Tal y como lo relata Ricoeur, la propagación desenfrenada de esta modernidad chatarra no es un problema exclusivo de la arquitectura y es parte de un fenómeno que trastoca todos los aspectos de nuestras vidas, y literalmente presupone el entorno de nuestro atraso o avance cultural.

Como sociedad, nos apremia valorar al edificio como un fenómeno cultural de la misma forma que lo hacemos con la música y las artes plásticas. La gente ansía la cultura, lo vemos en Ciudad del Saber, lo vemos en la cinta costera, lo vemos en cualquiera de los espacios públicos que hoy son generalmente aprovechados al máximo en el contexto de todos estos meses de cuarentena y devastación por la covid-19. Reimaginar al edificio como un sitio para la cultura es una herramienta más en nuestra lucha por humanizar nuestra ciudad.

Rafael Fernández Anguizola es arquitecto con experiencia en Nueva York, Singapur y Panamá.