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15 de Apr de 2021

Planeta

Los secretos de la rana de Bocas del Toro

PANAMÁ. Una diminuta rana, que podría alcanzar un poco menos de un centímetro de largo, presenta cualidades paternales únicas en la luch...

PANAMÁ. Una diminuta rana, que podría alcanzar un poco menos de un centímetro de largo, presenta cualidades paternales únicas en la lucha por la sobrevivencia de su especie.

El macho de la especie, conocida como Ranitomeya claudiae, vela diligentemente por un hábitat, alimentos y la seguridad de sus crías hasta que puedan valerse por sí solas. ‘Presenta cuidados reproductivos paternales’, explicó Ricardo Cossio, biólogo que lidera una investigación sobre la especie, con el apoyo de la Secretaría de Ciencia, Tecnología e Innovación (Senacyt), en Bocas del Toro.

La aventura del macho empieza durante el cortejo, cuando mediante un canto afinado y prolongado intenta conquistar a la hembra: ‘guirnn... guirnn... guirnn... guirnn...’ repite una, dos, tres y cuantas veces sea necesario hasta atraerla. Cuando lo logra, desesperado busca entre las hojarascas un lugar donde ella pueda depositar uno o dos huevos. Pero, debe recorrer grandes distancias —unos tres kilómetros — hasta encontrar el sitio adecuado y seguro para este momento. Salta y salta para hallar un lugar donde los depredadores —insectos— no puedan llegar a comerse a sus futuros hijos.

Mientras busca un hogar, vuelve a cantar largo y prolongado: ‘guirnn... guirnn... guirnn... guirnn...’ para advertirle a otros machos que están rondando a su hembra: ‘no se acerquen, éste es mi territorio’.

La hembra se desespera porque necesita descargar el peso que lleva dentro. Se le acerca y empieza a sobarlo con las patas traseras, como para indicarle que se apure en la búsqueda del nido de amor. En algunas ocasiones, la hembra se cansa de esperar que el macho encuentre dónde alojarla y decide irse con otro que le aporte con rapidez la seguridad de una vida mejor: un sitio para desovar.

Pero, si el macho encuentra una pequeña cueva entre la hojarasca, la hembra premiará su diligencia y le regalará sus huevos. Lo triste es que este será el fin del idilio. Cuando acabe de desovar, ella seguirá un nuevo rumbo, tal vez en busca de otra aventura que le permita extender su especie, que se caracteriza de ser promiscua.

A partir de este momento, toda la responsabilidad caerá sobre el macho. Pero, él está preparado para ser un padre soltero. Tras el desove, él los calentará por algunos segundos para fertilizarlos y en los próximos días y semanas —un mes y medio— los seguirá atendiendo: estará vigilante de los huevos, volverá al nido y se asegurará de que no estén expuestos a depredadores.

LA ECLOSIÓN

El próximo paso es buscar un sitio apto para el nacimiento de los gusarapos. El macho toma los huevos del nido y con sus patas traseras los monta en su lomo. Carga con su cruz en busca de un nuevo hogar. Con mucha cautela, mira entre las heliconias y el bambú —lugar preferido por los anfibios para el nacimiento de sus crías por la humedad que retienen las plantas—,

que haya mucha agua y que ningún otro macho haya dejado allí sus crías, porque si las hay, estos podrían atentar contra la vida de sus hijos por ser mayores, pues también son caníbales.

Toma todas las precauciones antes de realizar movimientos lentos de caderas hasta dejar caer los huevos en su nuevo hábitat.

Seguro de que sus crías crecerán fuertes y sanas, alimentándose de organismos —casi siempre de sus propias heces— hasta que llegue el momento de perder la cola y puedan emprender su propia vida, el abnegado padre se retira y vuelve al bosque.

Han pasado unos tres meses desde el inicio de la selección de la pareja, la fertilización y el nacimiento de los gusarapos; el macho ha cumplido fielmente su misión de proteger y seleccionar los sitios adecuados para la supervivencia de sus crías. Así es como el comportamiento del macho incide de forma positiva en la reproducción y extensión de la especie, dijo la bióloga Rebeca Acosta que, junto a Ricardo Cossio, ha realizado la investigación de campo en Bocas del Toro.

Este pequeño anfibio, que también es conocido como la rana de Bocas del Toro porque habita sólo en este rincón del mundo, pertenece a la familia de los dendobatridae. En su piel guarda un secreto para defenderse de sus depredadores: un veneno como un mecanismo de defensa. Podría alcanzar a vivir hasta cuarenta años, según los especialistas que realizan el estudio. La ranas adultas de alimentan de callembolla —un tipo de artrópodos cercano a los insectos—.

La investigación, que demoró trece meses, tuvo un costo de 30 mil dólares y fue realizada con el propósito de recopilar datos sobre esta especie endémica a fin de buscar mecanismos de conservación ante la amenaza que representa para todos los anfibios un hongo mortífero que lo está aniquilando.

Fue realizada a través de selección natural de 204 individuos entre machos y hembras. Allí, los biólogos determinaron el comportamiento social reproductivo ejercido por el macho. Ahora se proponen empezar una segunda fase del proyecto para recoger más información sobre este anfibio propio de Panamá. ¿Qué otros secretos guardará en las entrañas de las selvas la rana de Bocas del Toro? Habrá que esperar los resultados de un segundo estudio para saberlo.