28 de Feb de 2020

Economía

Bush y Clinton deben disculparse

WASHINGTON. He aquí una fantasía mía, que podría ayudar a resolver el problema a largo plazo del presupuesto.

WASHINGTON. He aquí una fantasía mía, que podría ayudar a resolver el problema a largo plazo del presupuesto.

Los presidentes jubilados Bill Clinton y George W. Bush harían una gira por el país juntos y se disculparían.

Se disculparían por no abordar los problemas del Seguro Social y de Medicare cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo.

Dirían cosas que ofenderían a sus bases políticas: Bush concedería que, a fin de cuentas, necesitaremos impuestos más altos para balancear el presupuesto; Clinton apoyaría recortes reales del Seguro Social y de Medicare para minimizar reducciones drásticas en otros programas gubernamentales y agudos incrementos fiscales.

Este ejercicio elevaría la retórica pública para convertirla en conocimiento individual.

Clinton y Bush saben, como lo sabe casi todo el que haya examinado el presupuesto, que es esencial reducir los beneficios de la jubilación y aumentar los impuestos para lograr que los ingresos del gobierno y sus gastos alcancen, tarde o temprano, un equilibrio.

Pero los políticos en ejercicio no pueden pronunciar estas dos verdades gemelas juntas sin provocar la tremenda ira de sus propios seguidores, que siguen negando la realidad —o son simplemente, deshonestos.

Clinton condenaría los ataques ritualistas de los demócratas contra los republicanos —se destacó en ellos— que igualan toda modificación en el Seguro Social y Medicare a la demolición de esos programas.

Bush desafiaría a los Grover Norquists del mundo, para quienes hasta el más mínimo aumento fiscal es un pecado imperdonable que invita a la ruina económica.

En la campaña del año próximo, los ex presidentes actuarían como un escuadrón de la verdad compuesto por dos hombres.

Si el presidente Obama o su adversario republicano practicaran tácticas alarmistas engañosas, Clinton y Bush podrían desenmascararlos.

Esto haría que tanto los partidarios de Bush como de Clinton los insultaran. Pero toda incomodidad repararía, en parte, los errores cometidos durante sus cargos.

Empecemos con Clinton. Los años 90 representaron el último momento oportuno para arreglar los programas de jubilación federales.

El país estaba en auge económico. El presidente, experto en programas gubernamentales, comprendía el problema.

Puesto que se identifica el Seguro Social y Medicare con los demócratas, el presidente podía proponer cambios más fácilmente que los republicanos.

En cuanto a Bush, convirtió una situación mala en peor. Sus recortes fiscales, especialmente los de 2003, fueron excesivos. Su beneficio para medicamentos de Medicare, aprobado por el Congreso en 2003, fue un esfuerzo desvergonzado por comprar el apoyo de los ancianos en la elección de 2004. Aunque costó menos de los esperado, aún así es caro: 269 mil millones de dólares entre 2006 y 2009.

Clinton y Bush no se disculparán ni espiarán sus faltas.