Temas Especiales

19 de Apr de 2021

Economía

Los estadounidenses y sus actitudes

Por ser una persona a la que a menudo instan a demostrar su lealtad a los Estados Unidos, envidio a un grupo de estadounidenses que ya n...

Por ser una persona a la que a menudo instan a demostrar su lealtad a los Estados Unidos, envidio a un grupo de estadounidenses que ya no tienen que aguantar ese tipo de exigencias.

Cuando se trata de la identidad, estos individuos están en el mejor de los mundos. Nadie cuestiona su lealtad a este país. Sin embargo, ellos también demuestran el orgullo de sus raíces étnicas sin ambages. Nunca se asimilaron plenamente. Al que no le guste, que se aguante. Son estadounidenses que adoptan esa actitud.

Por su parte, Estados Unidos nunca ha sabido muy bien qué hacer con ese grupo. Está lleno de paradojas. Son patrióticos y siempre responden al llamado del servicio militar, pero un grupo de ellos —los San Patricios— cometieron, en una ocasión, una traición al tomar partido por México en la Guerra Mexicano-americana.

No están marginados, pero se los ha acusado de separarse de los demás. Han ascendido la escalera social y gozado de muchas oportunidades en el transcurso de los años, pero sus antepasados sufrieron discriminación por su Catolicismo y el acento de su inglés. Son, principalmente, una población de inmigrantes que llegaron con la cabeza baja, porque su país de origen les falló, y saben muy bien lo que significa ser criticado y maltratado por nativistas y ‘know-nothings’ (1).

¿Qué podemos decir a este desconcertante grupo de estadounidenses? ¿Qué tal, ¿Feliz Día de San Patricio?

Los 34.1 millones de estadounidenses que se identifican como primordialmente o parcialmente irlandeses ayudaron a formar este país en el siglo XX. Y tienen más en común de lo que se dan cuenta con el grupo que dará forma al siguiente: los 53 millones de latinos en los Estados Unidos.

Ambos grupos tuvieron que superar estereotipos. En 1914, cuando políticos alarmistas, como el senador Henry Cabot Lodge de Massachussets, advirtieron que los inmigrantes (léase: los irlandeses) estaban ‘rebajando’ la calidad de la ciudadanía estadounidense, se pintaba constantemente, en caricaturas periodísticas, a individuos de apellido ‘Murphy’ o ‘O’Brien’ como sucios, tontos y borrachos. En 2014, a menudo Hollywood y los medios pintan a los hispanos como: empleados domésticos, delincuentes y narcotraficantes.

Ambos grupos también debieron descifrar los mensajes ambivalentes de Estados Unidos: se nos dice que no nos segreguemos y nos asimilemos a las corrientes dominantes, pero al hacerlo encontramos obstáculos para cumplir ese objetivo. Hace un siglo, quizás no hubiera habido necesidad de que los irlandeses se congregaran en el sur de Boston, si los aristócratas de Beacon Hill hubieran sido más acogedores.

Una diferencia entre ambos grupos es que, aunque la ola principal de inmigrantes irlandeses a Estados Unidos duró casi 100 años —entre las décadas de 1840 y 1930— hubo un claro inicio y final.

Con la migración mexicana, hay subidas y bajadas pero no parece haber final a la vista. Eso preocupa a los que piensan que tener un flujo constante de gente que cruza la frontera mexicano-americana dificultará la asimilación de los de este lado.

Nuevamente ese temor. Es una preocupación que no tiene lógica. Estados Unidos siempre ha cambiado a los inmigrantes tanto como éstos han cambiado a Estados Unidos. Que aún se escuche hablar español en el sudoeste no significa que los latinos no conversen casi exclusivamente en inglés en la segunda generación.

De hecho, aunque muchas empresas mediáticas aún cometen el error común de dirigirse a los consumidores hispanos en español, más del 80% de los hispanos de Estados Unidos habla ahora inglés enteramente—o una combinación de inglés y español.

Mientras deambulan por el confuso debate de la inmigración, los estadounidenses deben hacer una pausa y pensar en la historia de la migración a los Estados Unidos.

Llegarán a la conclusión de que lo que los nativistas del siglo XIX y XX dijeron sobre los alemanes, chinos, irlandeses, italianos y judíos en aquella época, es muy parecido a lo que están diciendo ahora sobre los latinos.

El temor y la paranoia eran injustificados en aquel momento, como lo son ahora. A menudo me refiero a los irlandeses cuando trato de explicar a despistados ejecutivos de los medios cómo son los latinos.

No nos sentimos cómodos en el grupo dominante de Estados Unidos, les digo. Somos el nuevo grupo dominante. Cooperaremos para llevarnos bien. Pero, como los irlandeses, preservaremos nuestra identidad étnica. Y al que no le guste, como dicen nuestros amigos, es su problema.

LA COLUMNA DE RUBÉN NAVARRETTE