20 de Sep de 2021

Economía

El mundo post-eufórico

L o que estamos presenciando en la agitación que se ha propagado en todo el mundo —en Irak, en Ucrania, en Gaza— es el silencioso rechazo.

L o que estamos presenciando en la agitación que se ha propagado en todo el mundo —en Irak, en Ucrania, en Gaza— es el silencioso rechazo de un principio central de la política exterior norteamericana posterior a la Segunda Guerra Mundial: que la prosperidad global promovería la paz y la estabilidad.

Los países preferirían comerciar a luchar. La promoción del crecimiento económico suprimiría las fuerzas divisivas del nacionalismo, la ideología, la religión y la cultura. Eso era lo que pensábamos.

Es una idea de larga trayectoria en el pensamiento norteamericano, que se remonta por lo menos a Thomas Jefferson. El propósito del libre comercio, creían él y sus seguidores, ‘no era meramente la promoción de la prosperidad comercial en todas partes, sino la promoción de la paz en todas partes,’ escribe el historiador Gordon Wood. El libre comercio, ‘uniría a las naciones y cambiaría la manera en que la política internacional había sido conducida tradicionalmente.’

La idea no constituye sólo una expresión de deseos. Tuvo éxito en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial para ayudar a la pacificación de Europa, para que Japón volviera a la comunidad de las naciones y para triunfar en la Guerra Fría. Pero en la euforia que acompañó al colapso de la Unión Soviética, ese éxito fue generalizado, de manera poco realista, convirtiéndolo en una ley universal de las naciones.

En 1989, Francis Fukuyama escribió un famoso (e ingenuo) ensayo donde sostenía que habíamos llegado ‘al fin de la Historia.’ La mayoría de las naciones marcharían hacia sistemas políticos democráticos y a economías relativamente de libre mercado, dijo. Qué tranquilizador.

También hubo mucho apoyo para la ‘teoría de relaciones internacionales McDonald’s’, que sostenía —como señaló mi perspicaz colega Anne Applebaum en una columna reciente— que dos países que tuvieran McDonald’s nunca lucharían, porque ambos habían sido integrados a la economía mundial y no pondrían en peligro esos beneficios. Mientras Rusia, con 400 McDonald’s y Ucrania con 70 se enfrentan, escribe Applebaum, ‘finalmente podemos declarar la teoría McPeace(1) oficialmente nula.’

Hubo líderes de grandes poblaciones que nunca quedaron convencidos con la idea de que el logro de la prosperidad era el propósito central de la vida o lo que los definiría fundamentalmente. Tenían otras creencias, tradiciones y ambiciones en conflicto, que restringían y limitaban el poder del crecimiento económico. Eso se aplica a Irak y Afganistán, a gran parte del Medio Oriente y —incluyendo la influencia del nacionalismo— a China y gran parte de Asia.

Una característica de este mundo post-eufórico es la contradicción omnipresente. Por un lado, nos estamos acercando más unos a otros por la explosión de las tecnologías digitales de poco costo, el abaratamiento del transporte y la expansión del comercio. En una palabra: la globalización.

Por otro, nos hemos separado más debido a perdurables divisiones étnicas, religiosas, históricas y nacionales. A causa del poder de los primeros factores, los últimos son más amenazantes, porque las consecuencias y los conflictos indeseados se transmiten con más facilidad a través de las fronteras.

La globalización asombra y decepciona. El McKinsey Global Institute recientemente calculó el valor de todos los flujos comerciales, de dinero y de servicios, incluyendo de datos. El total fue 25.9 mil millones de dólares en 2012. McKinsey expresó: ‘Hoy en día, el 35% de los productos cruza fronteras, mientras que en 1990 era el 20%. Más de un tercio de todas las inversiones financieras del mundo son transacciones internacionales y un quinto del tráfico de Internet es a través de fronteras’.

No sólo sobrestimamos el poder de la globalización para dominar las fuentes tradicionales de conflicto. También fallamos en ver que podía alimentar conflictos y tumultos por sí sola. En algunas circunstancias, puede alentar a los países a recurrir a la fuerza: Suponen que sus socios comerciales no tomarán represalias por temor a perjudicar sus propios intereses económicos.

El peligro más obvio es que la globalización demuestre ser económicamente inestable. La crisis financiera de 2008-9 ya ha desacreditado la seductora idea de constantes mejoras en los ingresos. Por haberse originado en Estados Unidos, esa crisis fue más fácil de combatir. Si la siguiente crisis fuera verdaderamente global, la limitada cooperación y comprensión globales podrían actuar como obstáculos para combatirla. Tenemos una comprensión primitiva de la manera en que la economía mundial opera, con sus enormes flujos de dinero e intrincadas conexiones de la cadena de la demanda. Incluso sin una crisis plena, la ralentización del crecimiento económico global intensificó la competencia entre países, por una ventaja comercial.

El escenario mundial no es, simplemente, el lugar que imaginamos que sería. Eso no significa que debamos sucumbir a las falsas tentaciones del aislacionismo, que amplificarían el desorden internacional. Ni tampoco debemos abandonar la búsqueda de la prosperidad para nosotros y nuestros socios económicos más cercanos. Pero debemos reconocer que no es una panacea y que debemos repensar sus posibilidades realistas y sus límites. En esta época post-eufórica, no podemos darnos el lujo de creer en utopías.

ANALISTA

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