25 de Feb de 2020

Economía

La trampa de la deuda global hay que combatirla

Desde 2008, la deuda mundial -de los Gobiernos y privada- aumentó de un 174% del Producto Bruto Interno (PBI) mundial a 212%

Seis años después del inicio de la crisis financiera, el mundo aún tiene demasiada deuda. El total en 2013, según McKinsey Global Institute, sumó alrededor de 186 billones de dólares. En esa cifra se incluye deuda de gobiernos, bonos corporativos y préstamos a individuos, familias y empresas.

Desde 2008, la cantidad, en realidad, aumentó en unos 34 billones de dólares. Las cifras son tan grandes que es difícil para la gente común conectarlas con la capacidad de crecimiento de la economía global a un ritmo aceptable y auto-sostenible. Las dudas sobre ese hecho fueron la causa subyacente de la reciente agitación en el mercado de valores.

Hay que señalar que, como la mayoría de los principales movimientos del mercado, generalmente sólo sabemos retrospectivamente si reflejaron realidades económicas básicas o sólo un viraje en la psicología de masas (¿Ébola?).

‘El panorama global no es ni de cerca tan malo como lo sugieren los mercados’, escribió a sus clientes Capital Economics, una firma de pronósticos. Es posible.

Si las grandes oscilaciones del mercado trascienden el clima, la explicación puede involucrar la interacción potencialmente peligrosa entre la deuda alta y el crecimiento económico bajo.

Para pagar los intereses de sus deudas, los prestatarios —los gobiernos, así como los individuos y las empresas— necesitan recibir ingresos, ya sea de impuestos, ganancias o salarios. Si los ingresos se estancan o declinan, pagar los intereses de la deuda o el principal se vuelve más difícil.

Y lo que es peor, los prestatarios y las entidades crediticias se ven atrapados en un círculo vicioso autodestructivo, que acaba con una deflación (caída de los precios.)

Para poder pagar la deuda, los prestatarios reducen sus gastos. Pero los gastos son la vida de las economías modernas, por lo que, si muchos gobiernos, individuos o empresas los reducen, la economía no genera los ingresos que los deudores necesitan para cumplir con sus obligaciones. Lo que es lógico para unos pocos deudores se vuelve catastrófico si todo el mundo lo hace. Hay una trampa de la deuda que amenaza el crecimiento económico.

En sí misma, la ralentización del crecimiento económico global que predicen el Fondo Monetario Internacional y otras instituciones, es bastante suave. No es deseable, pero no es desastrosa. Se volvería desastrosa si desencadenara una retirada económica más amplia y profunda: una nueva recesión o crisis financiera que involucraría incumplimientos de pagos, quiebras y pánicos.

Las consecuencias podrían ser devastadoras, porque el mundo aún no se ha recuperado de la crisis de 2008-9. Toda deflación podría aumentar las cargas de las deudas al obligar a los prestatarios a pagar con dinero más costoso.

Un nuevo informe de cuatro economistas se hace eco de esos temores. Primero, señalan que la deuda en todo el mundo —nuevamente de los gobiernos y privada— continúa creciendo. Desde 2008, aumentó de un 174 por ciento del Producto interno Bruto (PBI) mundial a 212 por ciento.

Los mayores aumentos ocurrieron entre los países de ‘mercados emergentes’, liderados por China. Su deuda subió en 72 puntos porcentuales a un 217 por ciento del PBI en 2013. En 2013 hubo otros porcentajes deuda/PBI similares: Estados Unidos, 264; la zona del euro (los 18 países que usan el euro), 257, y Japón, 411.

Como lo sugieren estas cifras, no hay una cantidad de deuda ‘correcta’ o ‘incorrecta’. La cantidad correcta depende del ritmo del crecimiento económico de un país, el nivel de las tasas de interés, si la deuda ha sido invertida correctamente y —un factor fundamental— de la fe de las entidades crediticias en que se les pagará la deuda. Si desaparece la confianza, los problemas acechan.

El estudio, llamado ‘Informe de Ginebra’, advierte contra la ‘combinación venenosa’ de deuda alta y crecimiento económico bajo. Expresa que los países de mercados emergentes ‘podrían estar en el epicentro de la siguiente crisis’. Supuestamente, eso significaría pérdidas de bonos públicos y privados, y préstamos.

El estudio también señala que la zona del euro es vulnerable. (Los autores del estudio son: Vincent Reinhart, de Morgan Stanley; Lucrecia Reichlin, del London Business School; Philip Lane, de Trinity College Dublin y Luigi Buttiglione, de Brevan Howard Investment Products).

No está claro cuán débil es la economía global. Hay hechos que sugieren un (relativo) optimismo. Tanto Estados Unidos como Gran Bretaña han logrado un crecimiento económico moderado, en parte porque sus familias se han ‘desapalancado’ es decir, han reducido la deuda.

Entre 2007 y 2013, las familias norteamericanas redujeron la deuda hipotecaria en 1,2 billones de dólares mediante pagos e incumplimiento de pagos, expresa el Informe de Ginebra.

Las empresas han hecho algo similar: Han refinanciado la deuda vieja a tasas de interés más bajas y vencimientos más largos. Para las familias y las empresas, la carga menor de la deuda libera más efectivo para gastos actuales.

El declive aproximadamente de un 25 por ciento de los precios del petróleo desde junio —la mayor parte del cual se manifestará en las bombas de gasolina para los conductores— es otro aspecto positivo.

Suponiendo que esos recortes subsistan, los precios de la gasolina podrían caer a 3 dólares por galón, lo que representará ahorros anuales para el consumidor de unos 100.000 millones de dólares, expresa el analista de petróleo, Larry Goldstein. (Sin embargo, Goldstein advierte que la caída de los precios podría indicar una economía que está flaqueando).

¿Podemos evitar la trampa de la deuda global y recuperar un ritmo más rápido en las tasas de crecimiento económico que alimentan la estabilidad y el bienestar humano? Cualesquiera sean las virtudes de la deuda como primera respuesta a una crisis profunda, tienen sus límites. No podemos promover la prosperidad simplemente apilando nueva deuda sobre la vieja. Debemos construir cimientos económicos más fuertes.

ECONOMISTA