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23 de Nov de 2020

Economía

Debate de la inmigración impulsado por camiones de venta de tacos

En los últimos años ha surgido una paradoja en Estados Unidos: Hay muchos estadounidenses a quienes no les agradan los mexicanos, pero que adoran la comida mexicana

Hace veintitrés años, durante un almuerzo en un restaurante vasco en Fresno, mi viejo amigo y mentor —el gran ensayista mexicano-americano Richard Rodríguez— ofreció una idea interesante sobre lo que impulsaba la transformación de Estados Unidos en un país latino.

(Eso me recuerda. Debo informarlos de que los 54 millones de latinos tuvieron una reunión y votaron. El nuevo país se llamará ‘Latinolandia'. Ustedes ya se acostumbrarán.)

Rodríguez habló de cómo había entrevistado recientemente a un supremacista blanco, quien adoraba absolutamente la comida mexicana.

‘La gente siempre piensa que la cultura llegará en un traje de noche', dijo. ‘Está viniendo en un taco'.

Como decimos en español, dicho y hecho.

En los años 40, los estudiantes mexicano-americanos que llevaban tacos a la escuela para el almuerzo los comían en un rincón, para que sus compañeros no les tomaran el pelo. Hoy en día, los padres blancos de los suburbios colocan en las mochilas de sus hijos comidas preparadas— algunas de las cuales contienen, chips, salsa y sí, tacos.

Tenemos una nueva paradoja en este país: Hay muchos estadounidenses a quienes no les agradan los mexicanos, pero que adoran la comida mexicana.

Por eso, no es de esperar que esos individuos se alteren demasiado con la escena apocalíptica imaginada por Marco Gutiérrez, fundador de ‘Latinos a favor de Trump'.

¿En serio? ¿Por qué no ‘Pollos a favor del Coronel Sanders'?

Tras emigrar a Estados Unidos de México siendo joven, en 1991, Gutiérrez avivó las guerras culturales recientemente cuando —durante una aparición en el programa ‘All In With Chris Hayes' de MSNBC— expresó a la locutora invitada, Joy Reid, que una inmigración descontrolada podría llevar a ‘camiones de venta de tacos en todas las esquinas'.

Mucha gente se rió. Otros sopesaron una de las grandes preguntas de la vida: ¿Pollo o carne? Joe Scarborough dijo, riéndose, que una nación invadida de camiones de tacos ‘suena como el Estados Unidos en que quiero vivir'.

Eso muestra cuánto saben los listos de la elite mediática sobre el debate migratorio moderno, donde el impacto de la comida —junto con otros aspectos de la cultura como la lengua, los feriados étnicos, la bandera mexicana, etc.— no es una broma. Lo que la gente común ve, oye y saborea provoca gran parte de la ansiedad que los no-latinos (y, en un desarrollo perturbador, incluso algunos latinos) experimentan como resultado de los cambios demográficos.

Vi la revolución de cerca a fines de la década de 1990. Mientras vivía en Phoenix y trabajaba como columnista metropolitano para el Arizona Republic, la quinta ciudad de la nación por su tamaño se vio embrollada en una confusa pelea de comida.

Funcionarios municipales comenzaron a responder a quejas de grupos de vecinos sobre vendedores ambulantes de comida, en su entorno. La respuesta fue una ordenanza que requería un cierre a las 10 de la noche y un requisito de rotación, para que los vendedores no permanecieran en el mismo lugar varios días seguidos.

Supuestamente, a los residentes les preocupaba la basura, la música alta, las luces brillantes, las altas horas y la clientela desagradable. Pero no es coincidencia que los grupos de vecinos fueran, en su mayor parte, blancos y los vendedores generalmente, inmigrantes mexicanos que hablaban poco o nada de inglés. Los camiones de tacos eran el símbolo de algo mayor.

Temiendo que las nuevas restricciones acabaran con su negocio y los dejaran sin forma de mantener a sus familias, los taqueros (como se los llamó) se defendieron. Casi cien de ellos se organizaron, marcharon y —con ayuda de una organización en pro de los derechos de los inmigrantes— convencieron a un prominente abogado mexicano-americano de derechos civiles, educado en Yale, para que presentara una apelación contra la ordenanza. Funcionó. Finalmente, la ciudad transigió.

Una de las imágenes que recuerdo más claramente de esos días es la de un vendedor de tacos llamado José Moreno, que trabajaba 12 horas diarias en su sofocante camión para mantener a su esposa y sus tres hijos. Mientras marchaba frente a la municipalidad usando un delantal y un sombrero, usó palabras fuertes contra los funcionarios municipales.

‘Quieren despojarnos de nuestro derecho a trabajar', me dijo Moreno. ‘¿Por qué no persiguen a los traficantes de drogas que hacen negocios en los mismos barrios donde trabajamos? ¿Por qué se meten con nosotros?'

En parte, porque pensaron que podían hacerlo. Y en parte, porque los camiones de tacos se convirtieron para algunos en un símbolo aterrador de lo que estaba pasando en Phoenix, el sudoeste y el resto de Estados Unidos, y esos individuos querían resistir.

En 2016, ese temor sigue vivo, y ayuda a alimentar todo el horror de la campaña de Trump. No hay nada cómico en eso.

THE WASHINGTON POST WRITERS GROUP

Cuánto saben los listos de la elite mediática sobre el debate migratorio moderno, donde el impacto de la comida se junta con el de la cultura.

No es coincidencia que los grupos de vecinos fueran, en su mayor parte, blancos y los vendedores generalmente, inmigrantes.