La Estrella de Panamá
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15 de Oct de 2019

Economía

La educación en el sector agropecuario

Hay que capacitar no sólo ingenieros agrónomos, sino inseminadores, técnicos de riego, capataces y otros

Probablemente quienes planifican la oferta educativa podrían estar suponiendo que con los colegios agropecuarios a lo largo y ancho del país les están dando oportunidades de estudiar a todos los panameños que tienen vocación por el trabajo agrícola.

Si todos los egresados de estos colegios se pudiesen incorporar al trabajo del campo, la inversión social se justifica, pero la realidad es otra. Estos jóvenes, ante la imposibilidad de ser emprendedores en sus propias tierras y la necesidad de encontrar un trabajo, emigran a otras regiones, agravando los problemas sociales que se generan cuando tienen que vivir en los cinturones de miseria de la ciudad.

Quienes hemos tenido la oportunidad de asistir a actos de graduaciones como el del Colegio Jesús Nazareno de Atalaya, los padres de familia que acompañan a sus hijos, al ser llamados para recibir su diploma, mencionan su origen, Santa Lucía o El Caño de Natá. Quizás si referencia sólo el sitio donde nació, muchos se preguntarán dónde queda ese lugar. Este ejemplo se repite con sitios recónditos de Darién, Bocas del Toro, Chiriquí y todas las provincias.

En la medida en que se extiende la cobertura de los servicios educativos, es comprensible que se sacrifique un poco la calidad de la educación, la formación que recibe un estudiante del Instituto Nacional de Agricultura, será superior a los que reciben los colegios agropecuarios regentados por el Ministerio de Educación. En esos colegios hay jóvenes que tienen vocación por el trabajo agropecuario, tienen tierras, animales y un entorno cultural al cual deben integrarse, para mejorar su calidad de vida.

Ante la falta de esas oportunidades, se produce una frustración en aquellos que tenían sueños de ser finqueros, producir la tierra y generarse una forma digna de vivir en su propio ambiente. La necesidad los obliga a desplazarse a las ciudades, a realizar trabajos de cualquier naturaleza y a desarraigarse del trabajo de campo.

El fideicomiso que se propone en la ley 448, para un programa de becas y préstamos, es una respuesta para que estos jóvenes tengan la oportunidad de una educación superior y puedan regresar a sus lugares de origen, liderando procesos productivos. La Universidad Tecnológica Oteima ha presentado una propuesta para que el programa sea sostenido y sustentable con los ingresos que provienen del FECI, más el retorno de los préstamos, será suficiente para que haya un programa de Educación sin Costuras, de manera que en forma inclusiva, todos los que trabajan en el sector agropecuario, pueden superarse profesionalmente.

Para que haya una cadena de valor, no basta que formemos ingenieros agrónomos, médicos veterinarios, zootecnistas y profesionales afines, necesitamos formar capataces, ordeñadores, fumigadores, técnicos de riego, inseminadores, extensionistas, entre otros. Emulemos un poco al sector construcción, donde los que hacen trabajos operativos son denominados como obreros calificados, lo que conlleva en sí una movilización social.

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