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- 04/01/2015 01:00
Con seguridad, muchos oficiales de la policía tuvieron una Navidad triste. El aire está saturado con el sonido evocador de las gaitas, mientras los oficiales presentan sus respetos a sus hermanos caídos.
Para mí —hijo de un oficial de policía jubilado— la cuestión de los policías muertos no puede discutirse en abstracto. Es un asunto personal.
Recuerdo el día en que mi padre me dijo, en un aparte, que quizás esa noche no volvería a casa porque había alguien en el pueblo que lo había amenazado de muerte. Yo tenía 10 años. Los miles de hombres y mujeres que realizan este desagradecido trabajo son como parte de mi familia. Y mis amigos en las fuerzas policiales me dicen que existe, entre sus filas, una mezcla combustible de ansiedad y miedo por la seguidilla de policías muertos.
No se trata sólo de los oficiales de policía de Nueva York Rafael Ramos y Wenjian Liu, que fueron asesinados el 20 de diciembre mientras estaban sentados en su patrullero, en Brooklyn. Se trata también del oficial de Florida, Charles Kondek, del Departamento de Policía de Tarpon Springs. Este padre de seis hijos respondió a una denuncia de ruidos altos, el 21 de diciembre, cuando un fugitivo lo mató.
Y se trata del oficial de policía de Arizona, Tyler Stewart, un novato de 24 años del Departamento de Policía de Flagstaff, que fue baleado el 27 de diciembre por un sospechoso de violencia doméstica. Hace unos días, el Departamento de Policía de Los Angeles, entró en un estado de alerta táctica después de que dos hombres dispararan contra oficiales en un patrullero.
¿Qué diablos está pasando? El epicentro de la tormenta es Nueva York, donde Pat Lynch, presidente del mayor sindicato de policías, dijo que el alcalde Bill de Blasio tiene ‘sangre’ en sus manos. Este mes, de Blasco —en un intento vano por conectarse con la población afroamericana— realizó un comentario inapropiado sobre cómo enseñó a su hijo multirracial a desconfiar de los oficiales de policía. Estar en guardia contra la policía no es algo fácil de hacer cuando los agentes de seguridad que lo protegen a uno son oficiales de policía.
Durante los disturbios, hace varias semanas, de Ferguson, Missouri, los simpatizantes liberales de los medios convirtieron los motines y saqueos en libertad de expresión. Ahora, algunos oficiales de policía están ejerciendo su libertad de expresión dándole la espalda a de Blasio durante eventos públicos.
Bravo. Los policías tienen derecho a estar disgustados con el alcalde, y también tienen derecho a demostrarlo. Mientras tanto, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, parece estar decidido a no disgustar a nadie. ‘El alcalde tiene mi apoyo pleno,’ dijo Cuomo durante una entrevista reciente. ‘Los líderes sindicales tienen mi apoyo pleno. Los activistas de la comunidad tienen mi apoyo pleno.’
Gracias, gobernador. Muy útil. Una vez que las protestas se vuelven ‘anti-policía’, como ha sucedido con muchas de ellas, no se puede apoyar a los manifestantes y a la policía. Manifestarse contra el abuso policial no es lo mismo que hacerlo por la equidad salarial, un embargo comercial o la reforma migratoria. En esta narrativa, hay un villano que usa uniforme. ¿Debería asombrarnos que los policías se ofendieran?
No es una novedad que los que protegen y sirven a la comunidad se sientan poco apreciados. Pero lo que no necesitan es sentirse inseguros. Cuando pienso en los oficiales preparándose para su turno, poniéndose los chalecos antibalas y chequeando sus armas, oigo la voz de mi padre diciendo —en una frase muy conocida por los policías— que prefiere ser juzgado por 12 personas a ser llevado por seis.
Quizás haya gente tan indignada por la muerte —a manos de policías— de Michael Brown, en Ferguson; Eric Garner, en Nueva York; Tamir Rice, de 12 años, en Cleveland y otros más, que está dispuesta a tomar represalias. En una manifestación reciente en Nueva York, alguien gritó: ‘¿Qué queremos?’ Y otra voz respondió: ‘¡Policías muertos!’
Cuando alguien mata a policías amenaza el orden social. En la época de la conquista del oeste, cuando Wyatt Earp y Wild Bill Hicock representaban a las fuerzas del orden, matar a un sheriff o a un marshal le ganaba al asesino la horca. Matar a las fuerzas del orden equivalía a la anarquía. Después de todo, si se mataba a un número suficiente, se podía tomar una ciudad.
Hasta el día de hoy, en lo que se supone que es un intento de disuasión, matar a un miembro de las fuerzas del orden es un delito de ‘circunstancias especiales’ por el que, en general, el atacante puede llevarse la pena de muerte. Supongo que la mayoría de los niños de 10 años no lo saben, pero yo lo sabía. Y me consolaba.
THE WASHINGTON POST