¿Por qué el salario ya no alcanza en Panamá?

  • 20/07/2026 00:00
La pregunta, entonces, no es cuánto gana un trabajador, sino cuánto dinero conserva una vez cumple con todas sus obligaciones. Esa diferencia explica por qué muchos hogares sienten que trabajan más, pero avanzan menos desde el punto de vista financiero

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Cada quincena comienza con la misma expectativa y termina con la misma preocupación. El salario llega, se pagan las cuentas más urgentes y, en pocos días, queda muy poco margen para afrontar el resto del mes. Para miles de panameños, la dificultad no consiste únicamente en ganar más dinero, sino en que una parte creciente del ingreso ya tiene un destino definido antes de ser recibido.

Esta percepción contrasta con el desempeño de la economía panameña. Durante los últimos años, el país ha mantenido una recuperación de la actividad económica y continúa registrando uno de los ingresos por habitante más altos de América Latina. Sin embargo, los indicadores macroeconómicos no siempre reflejan la realidad financiera de los hogares. Crecer como economía no significa que todas las familias mejoren su capacidad de compra al mismo ritmo.

La explicación requiere mirar más allá del salario nominal. Desde el punto de vista económico, el bienestar depende del ingreso disponible, es decir, del dinero que permanece después de cubrir los gastos esenciales. Ese es el monto que permite ahorrar, invertir, enfrentar una emergencia o simplemente llegar con tranquilidad al siguiente día de pago. Cuando los compromisos fijos consumen la mayor parte del ingreso, incluso un aumento salarial puede pasar prácticamente inadvertido.

El mercado laboral también ayuda a comprender este fenómeno. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Censo, la recuperación del empleo posterior a la pandemia ha estado acompañada por una elevada participación del trabajo informal, una condición que limita la estabilidad de los ingresos y reduce el acceso a beneficios como la seguridad social y el crédito en mejores condiciones. A ello se suma que, según el Ministerio de Economía y Finanzas, aunque la mediana salarial mostró una mejora durante 2025, ese incremento no necesariamente se traduce en un mayor poder adquisitivo cuando los gastos obligatorios continúan absorbiendo una parte importante del presupuesto familiar.

La pregunta, entonces, no es cuánto gana un trabajador, sino cuánto dinero conserva una vez cumple con todas sus obligaciones. Esa diferencia explica por qué muchos hogares sienten que trabajan más, pero avanzan menos desde el punto de vista financiero.

La alimentación representa una de las primeras presiones sobre el presupuesto familiar, aunque está lejos de ser la única. El Ministerio de Economía y Finanzas publica mensualmente el costo de la Canasta Básica Familiar de Alimentos para los distritos de Panamá y San Miguelito, un indicador que permite seguir la evolución del precio de los productos esenciales. No obstante, esa canasta únicamente considera alimentos y bebidas. Quedan fuera gastos tan relevantes como la vivienda, el transporte, la electricidad, el agua, las telecomunicaciones, la educación, la salud y el vestuario, todos indispensables para el funcionamiento de un hogar.

Esta diferencia ayuda a entender por qué muchas personas perciben que el dinero rinde cada vez menos, incluso en períodos de inflación moderada. La inflación mide el ritmo al que aumentan los precios, pero no refleja el peso que tienen los gastos fijos dentro del ingreso de las familias. Cuando una proporción elevada del salario se destina a cubrir obligaciones permanentes, cualquier variación en esos costos reduce el margen disponible para el ahorro o el consumo.

La vivienda constituye uno de los principales compromisos financieros. Ya sea mediante una hipoteca o un contrato de alquiler, una parte importante del ingreso queda comprometida desde el inicio del mes. A ello se agregan los servicios públicos y los gastos de mantenimiento, que forman parte del presupuesto habitual de muchas familias.

El transporte también ejerce una presión significativa. Panamá concentra gran parte de su actividad económica en determinadas zonas urbanas, lo que obliga a miles de trabajadores a realizar desplazamientos diarios. Quienes utilizan transporte público destinan una parte de su ingreso a esa necesidad cotidiana, mientras que quienes poseen un vehículo deben asumir combustible, mantenimiento, seguros y otros costos asociados.

En las últimas dos décadas también ha cambiado la composición del gasto familiar. El acceso a internet y a la telefonía móvil dejó de ser un servicio complementario para convertirse en una herramienta necesaria para trabajar, estudiar, realizar trámites y acceder a servicios financieros. Lo mismo ocurre con equipos tecnológicos que requieren renovación periódica. Aunque estos gastos no siempre reciben la misma atención que los alimentos o la vivienda, forman parte del costo real de participar en la economía actual.

Por esa razón, analizar únicamente el comportamiento de los precios resulta insuficiente. El verdadero desafío consiste en evaluar cuánto del ingreso permanece disponible después de cubrir todas las obligaciones esenciales. Ese espacio es el que determina la capacidad de una familia para enfrentar un imprevisto, ahorrar o mejorar gradualmente su patrimonio.

Si los gastos esenciales absorben una parte importante del ingreso, el siguiente desafío aparece cuando ese ingreso deja de ser estable. En Panamá, una proporción significativa de los trabajadores se desempeña en el sector informal. De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Censo, la informalidad continúa representando cerca de la mitad de la población ocupada no agrícola, una realidad que limita la estabilidad económica de miles de hogares.

La diferencia entre un empleo formal y uno informal no se reduce a la existencia de un contrato. También influye en la posibilidad de acceder a la seguridad social, obtener financiamiento en mejores condiciones, acumular derechos para la jubilación y planificar las finanzas con mayor certeza. Cuando los ingresos varían de un mes a otro, resulta mucho más difícil construir un presupuesto, mantener un nivel constante de ahorro o afrontar gastos inesperados.

En ese contexto, muchas familias recurren al crédito para cubrir necesidades que antes podían financiar con sus propios ingresos. El crédito es una herramienta útil cuando se destina a la compra de una vivienda, a la educación o a una inversión productiva. El problema surge cuando se utiliza para pagar gastos corrientes, como alimentación, servicios básicos o compromisos adquiridos en meses anteriores. Cada nueva cuota reduce el ingreso disponible de los meses siguientes y limita aún más la capacidad financiera del hogar.

A esta situación se suma otro elemento que suele pasar desapercibido: la desigualdad en la distribución del ingreso. Panamá mantiene uno de los mayores ingresos por habitante de la región, pero ese promedio esconde diferencias importantes entre provincias, sectores económicos y niveles de calificación. Mientras algunas actividades generan empleos con remuneraciones elevadas, otras apenas permiten cubrir las necesidades más básicas. Esa heterogeneidad explica por qué el crecimiento económico no se percibe de la misma manera en todos los hogares.

Cuando una familia destina casi todo su ingreso al consumo inmediato, también disminuyen sus posibilidades de construir patrimonio. Ahorrar para la educación de los hijos, adquirir una vivienda, iniciar un emprendimiento o preparar la jubilación deja de ser una meta cercana y pasa a convertirse en un objetivo cada vez más difícil de alcanzar. En consecuencia, el problema no consiste únicamente en llegar a fin de mes, sino en la escasa capacidad para mejorar la situación económica en el largo plazo.

La solución a este problema no pasa únicamente por aumentar los salarios. Una mejora sostenida del ingreso depende, en gran medida, de que la economía genere empleos de mayor productividad. Cuando las empresas producen más valor, cuentan con mejores condiciones para ofrecer remuneraciones más altas sin afectar su competitividad. Por el contrario, si la productividad permanece estancada, el margen para mejorar los ingresos de forma sostenible se reduce.

En ese sentido, Panamá enfrenta un reto que va más allá de los indicadores de crecimiento económico. Es necesario impulsar políticas que fortalezcan la inversión, la innovación, la formación técnica y el desarrollo de habilidades acordes con las necesidades del mercado laboral. Una fuerza laboral más capacitada tiene mayores oportunidades de acceder a empleos mejor remunerados y de adaptarse a los cambios tecnológicos que transforman la economía.

Al mismo tiempo, resulta indispensable promover condiciones que favorezcan la formalización del empleo. Reducir la informalidad no solo mejora la protección social de los trabajadores; también brinda mayor estabilidad a los ingresos familiares, facilita el acceso al sistema financiero y crea las condiciones para que más personas puedan ahorrar e invertir. Una economía con mayor formalidad es también una economía con hogares menos vulnerables frente a los ciclos económicos.

Las políticas públicas también pueden contribuir a aliviar la presión sobre el presupuesto familiar mediante mejoras en el transporte, el acceso a vivienda, la competencia en los mercados y la calidad de los servicios públicos. Disminuir los costos que enfrentan los hogares tiene un efecto directo sobre el ingreso disponible y puede generar un impacto tan importante como un aumento salarial.

No debe perderse de vista la responsabilidad que también corresponde a cada hogar. La planificación financiera, el uso responsable del crédito y la construcción de un fondo para emergencias fortalecen la capacidad para enfrentar imprevistos. Estas prácticas no sustituyen las reformas económicas que el país necesita, pero sí reducen la exposición de las familias a situaciones de sobreendeudamiento y fragilidad financiera.

La percepción de que el salario ya no alcanza no responde a una única causa. Es el resultado de la interacción entre la calidad del empleo, la productividad, la distribución del ingreso, el costo de los bienes y servicios esenciales y el nivel de endeudamiento de los hogares. Analizar el problema desde una sola perspectiva conduce a diagnósticos incompletos y en consecuencia, a soluciones insuficientes.

Más allá de las cifras de crecimiento, el verdadero éxito de una economía debe medirse por su capacidad para mejorar la vida de las personas. Un país progresa cuando el trabajo permite cubrir las necesidades del hogar, ahorrar para el futuro y aprovechar nuevas oportunidades. Mientras una parte importante de las familias continúe destinando casi todo su ingreso a cubrir gastos básicos, la sensación de que el dinero no alcanza seguirá formando parte de la realidad cotidiana de muchos panameños. Ese es uno de los principales desafíos económicos que Panamá deberá enfrentar en los próximos años.

Las políticas públicas también pueden contribuir a aliviar la presión sobre el presupuesto familiar mediante mejoras en el transporte, el acceso a vivienda, la competencia en los mercados y la calidad de los servicios públicos. Disminuir los costos que enfrentan los hogares tiene un efecto directo sobre el ingreso disponible y puede generar un impacto tan importante como un aumento salarial.
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