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20 de Ene de 2022

América

La convención espectáculo

politica. En 1908, Denver fue por primera vez sede de una convención demócrata. Fuera del recinto, activistas afroamericanos pedían, ade...

politica. En 1908, Denver fue por primera vez sede de una convención demócrata. Fuera del recinto, activistas afroamericanos pedían, además de un sitio dentro, que el partido rechazara los linchamientos a los negros que ocurrían al sur de los Estados Unidos. William Jennings Bryan, el entonces nominado, vetó esta solicitud, temiendo que debilitaría la popularidad del partido.

Se necesitaron cien años y un movimiento por los derechos civiles para que en Denver, el partido demócrata eligiera a un afroamericano como su candidato para la presidencia. Barack Obama, en el 45 aniversario del célebre discurso de Martín Luther King, Jr. “Yo tengo un sueño”, aceptó ayer en el Invesco Field su nominación ante más de 80,000 personas. Su discurso marcó el cierre de una convención demócrata espectacular.

En estos cuatro días, Obama se aseguró el respaldo de dos de las dinastías más poderosas del partido: Los Kennedy, que en la figura de su patriarca Ted protagonizaron la noche del lunes, y los Clinton, que se robaron el “show” en las dos noche siguientes.

Los mensajes fueron variopintos: mientras que Ted Kennedy –en una aparición casi sorpresiva dado su precario estado de salud— reiteró su respaldo al senador de Illinois (su apoyo inclinó la balanza en las primarias) y lo ensalzó como comandante en jefe del ejército, su sobrina Caroline conmovió a todos al decir que para ella Obama representó “la inspiración que para los demás representó su padre, John F. Kennedy”.

Michelle Obama, la gran sorpresa, redefinió la imagen de una primera dama al dar un discurso impecable sobre cómo ella y su marido, provenientes de familias de clase meda baja, pudieron cumplir “el sueño americano”.

Los que fueran sus máximos rivales en la encarnizada batalla de las primarias, los Clinton, —o “Billary”, como jocosamente les llamó la prensa entonces—dejaron claro que su objetivo es el de unificar el partido y ganar las elecciones de noviembre.

Hillary recibió una apoteósica bienvenida que sirvió de homenaje a la tenacidad demostrada en las primarias, y Bill, que fuera nominado en una convención como ésta hace 16 años, resaltó que las mismas críticas que recibe Obama ahora (juventud e inexperiencia) las recibió él en su momento.

Pero no podía terminar el espectáculo demócrata sin coronar al rey.

Barack Obama se dirigió a un estadio repleto en el que fue, sin duda, el discurso más importante de su vida. No fue el más multitudinario –en Berlín reunió a 200,000 personas—ni el más elocuente –al ser nombrado presidente del Harvard Law Review hasta los camareros y cocineros pararon para oírle—, pero si marcará para siempre la política norteamericana. Si hace 100 años los demócratas se negaron a condenar el linchamiento de negros, ahora han completado una transformación política que puede, y debe, ser inspiradora para que el resto del mundo supere los prejuicios que continúan haciendo un inmenso daño.