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30 de Oct de 2020

América

Juanes en la boca del lobo

Nadie se mete a propósito en la boca del lobo, ni se expone –viviendo en Miami– a la furia anticastrista por hacerse propaganda que no n...

Nadie se mete a propósito en la boca del lobo, ni se expone –viviendo en Miami– a la furia anticastrista por hacerse propaganda que no necesita.

He pensado mucho a Juanes, quien ayer se presentó finalmente en la Plaza de la Revolución de La Habana tras desatar un huracán político que ni él, ni su sagaz mánager, Fernán Martínez, imaginaron. Pero a lo hecho, pecho, y de lo que se trató esa tarde fue de cantarle sin represiones ni inhibiciones a un pueblo que quería y merecía escucharlo.

¿Otra ingenuidad? Un comunicado oficial sobre el concierto advirtió que este “no tendrá mensajes políticos de ninguna índole” y que “artistas locales y extranjeros se limitarán a cantar sus canciones más conocidas”. Se trata, pues, de evitar sorpresas y no es difícil adivinar por qué. A diferencia de Juanes, los anfitriones no se caracterizan por su ingenuidad política. ¿Qué tal la Plaza de la Revolución transformada en escenario de miles de voces juveniles coreando tonadas incómodas? Difícil de imaginar. Pero el mensaje de Juanes mal puede resultar anodino y no transmitir una esperanza. Por encima de dogmatismos culturales de sus anfitriones, y de pasiones anacrónicas de quienes desde Miami le han cobrado tan duro al roquero colombiano su presentación en la tierra de los Castro.

El radicalismo de estos últimos –parecido en su intransigencia al de los gobernantes de la isla– no representa hoy el sentir del conjunto del exilio cubano. Todas las encuestas indicaron que a una clara mayoría de los menores de 30 años no les pareció mal que Juanes fuera a cantar a Cuba. “Vale la pena arriesgar: cuando regrese, veremos”, dijo desde Miami uno de los líderes de ‘Raíces de la esperanza’, un grupo con más de 3.000 miembros que busca acercarse a los jóvenes cubanos del otro lado.

Juanes ha insistido en que no se trata de política y que su mensaje es uno de paz, humanismo y tolerancia. Su mánager, Martínez, sostiene que “los artistas les cantan a los pueblos y no a los gobiernos”. El arte y la música son, sin duda, un camino de acercamiento entre los pueblos, pero no siempre divorciables de las ideologías. Y en circunstancias tan cargadas de emotivo significado político como las de Cuba, las cosas se complican. Como se le complicaron a un artista transparente y comprometido con causas humanitarias como Juan Esteban Aristizábal. De manera tal vez injusta, pero no del todo imprevisible. Era de esperar que compartir escenario con cantantes cubanos que han firmado cartas de apoyo a fusilamientos del gobierno castrista desataría la ira del exilio. Ni se podía soslayar que en Cuba la canción no es libre y que poetas y periodistas aún languidecen en las cárceles por sus escritos (aunque muchos apoyaron la presentación de Juanes). Más allá de la buena fe y el humanitarismo que inspiraron la decisión de Juanes, la presentación en La Habana de una figura de su talla no iba a ser un acto puramente musical, exento de connotaciones y lecturas políticas. El exilio cubano lo leyó muy mal y su furiosa reacción confirma la dimensión internacional de Juanes. Y, también, que artistas que se vuelven símbolos mal pueden aspirar a ser políticamente neutrales. Se lo había advertido desde la propia Cuba la valiente bloguera Yoani Sánchez: “¿Un concierto ‘apolítico’ en un país donde hace 50 años impera una dictadura?”.

Amarga lección la que ha aprendido Juanes, quien con característica nobleza ha dicho que entiende el dolor de sus críticos. Es de esperar que estos también entiendan el sentido más profundo de su gesto de cantar en Cuba, más allá de la utilización que le puedan dar sus gobernantes. Un pueblo sometido a un cruel bloqueo externo y a un férreo control interno merece la oportunidad de ver y escuchar un espectáculo nunca antes visto en La Habana, que resultó uno de los más multitudinarios de los últimos años.