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08 de Feb de 2023

América

Sendero Luminoso aún vive en Perú

PERÚ. La selva de la región Cusco, al sureste del Perú, dista mucho de los parajes bucólicos de su zona andina. En la jungla cusqueña el...

PERÚ. La selva de la región Cusco, al sureste del Perú, dista mucho de los parajes bucólicos de su zona andina. En la jungla cusqueña el calor, las bestias y los mosquitos hacen de las suyas sin noción de lo que es piedad. En una parte de ella lo hacen el calor, las bestias, los mosquitos, y Sendero Luminoso, la organización terrorista que desangró al país durante 20 años. La que ahora, asociada al narcotráfico, recuerda a los que ya no son víctimas de sus armas que, aunque distinta al trauma de los 80 y 90, aún hay una guerra latente.

En esa zona se ubica Kepashiato, un grupo de casas de material noble puestas al azar, dividido por una trocha, paso obligado de narcotraficantes, contrabandistas y autoridades sin distinción alguna. De este lugar cercano al valle de los ríos Apurímac y Ene (VRAE), unos 12 mil kilómetros cuadrados casi liberados para el narcoterrorismo, salió la noticia que nos despertó el lunes 9 de abril. En la madrugada, un grupo de Sendero entró al pueblo y secuestró a 36 operarios de la empresa Camisea, que explota las fuentes de gas que yacen en el subsuelo.

La reacción del gobierno de Ollanta Humala desembocaría en el peor revés que ha sufrido en sus primeros nueve meses.

OPERACIÓN LIBERTAD

Conocida la toma de rehenes, desde Lima se dispuso el envío de hasta 1600 agentes, entre policías y militares, para la Operación Libertad. Su objetivo, hallar con vida a los rehenes y capturar a los senderistas.

Dos días después se tendría a la primera víctima, Nancy Flores Paucar, copiloto de un helicóptero de la Policía. No llevaba chaleco antibalas. Con dos carreras profesionales, además de la policial, Flores había sido capacitada por la DEA para labores de erradicación de cultivos de hoja de coca y no para lo que hacía cuando encontró la muerte, una operación antiterrorista.

Para entonces ya habían llegado al remoto lugar los periodistas de los principales medios. Abrieron una caja de tristes sorpresas que distaban del discurso de normalidad que sonaba en Lima: se lucha contra el terrorismo con las balas contadas, fusiles que no disparaban, camionetas inservibles, sin chalecos antibalas. Varios batallones se alimentan de comida en mal estado. Los agentes tienen poco entrenamiento para afrontar conflictos de este tipo. Varios no superan los 22 años.

Otro helicóptero sería atacado tres días después. Resultaron 10 policías heridos. La nave abandonó a otros tres ni bien pisaron tierra. Tras las ráfagas de fuego terrorista, solo se halló el cadáver de uno de ellos.

Los rehenes jamás serían rescatados, sino que fueron liberados por los propios terroristas. Al parecer, su objetivo era secuestrar a un alto directivo de Camisea a cambio de dinero y la liberación de algunos de sus cabecillas que purgan cadena perpetua. Al no ubicarlo, tomaron a los 36 trabajadores. Al no tener los recursos para mantenerlos, los dejarían a su suerte.

Tres muertos, casi 20 heridos, rehenes liberados (no rescatados), habitantes desplazados, un helicóptero derribado y los sediciosos no habidos. Pese a las evidencias de que no era así, la propaganda oficial calificó a la Operación Libertad de ‘una victoria importante’ para el país, resultado de un accionar ‘impecable’.

Antes de iniciar su vertiginosa carrera política, Ollanta Humala Tasso fue un militar que combatió a Sendero Luminoso en zonas de emergencia. Parte de su discurso de candidato fue que pocos como él conocían la cara del Perú en la que las cifras económicas que son envidia de países vecinos no se reflejan, en la que los soldados son la única presencia de eso que se llama Estado. Son jueces, maestros, médicos y hasta consejeros familiares. Con un balance más que negativo el mandatario se enfundó en un uniforme verde y, junto a algunos de sus ministros, acudió a ver a los ex rehenes. Los recién liberados permanecían en un cuartel mientras que sus familiares esperaban verlos. ‘Seguro que Ollanta quiere la foto’, dijeron algunos. Y así fue. Ante cámaras los llamó héroes y les pidió que colaboren para hallar a los terroristas. Confirmaron que el grupo senderistas estaba compuesto por varios adolescentes de hasta 14 años de edad.

Mientras ello sucedía, las huestes senderistas de Martín Quispe Palomino, camarada ‘Gabriel’, que había liderado el secuestro, se mimetizaban en la selva. Seis periodistas lograron lo que 1600 agentes no, lo hallaron y pudieron sacarle algunas palabras. Habla Ralph Zapata, uno de los periodistas que lo ubicó: ‘Luego de caminar casi dos horas, nos interceptó un hombre que portaba un fusil AKM. Él nos había estado observando desde un monte cercano’. Lo llevarían con ‘Gabriel’. ‘Sabíamos que era uno de los altos mandos de Sendero Luminoso, porque cuatro personas lo custodiaban’.

Zapata y sus cinco colegas conversaron con ‘Gabriel’ por cinco minutos. Se atribuyó el secuestro y el asesinato de los tres policías que descendieron del segundo helicóptero. ‘Los hemos aniquilado e incautamos sus armas’, les dijo con tono pedante. ‘Que las fuerzas armadas vengan a rescatar sus cuerpos’, agregó.

Diversos personajes del humalismo calificaron de ‘antipatriotas’ a los periodistas por darle voz a ‘Gabriel’. En tanto, los familiares de los dos militares desaparecidos se resignaban a velarlos solo con algunas de las pertenencias que dejaron en sus casas antes de enrolarse a las fuerzas del orden.

LOS DOS ‘NO HALLADOS’

Al ver que su helicóptero los dejaba en plena estampida de balas senderistas, Luis Astuquillca y César Vilca siguieron disparando a los enemigos. Eran invisibles, los dos suboficiales de la Policía solo disparaban a las zonas de donde provenían los sonidos de AKM. Pronto se alejaron del lugar. Los dos eran ‘promoción’, se habían preparado juntos en la Dirección de Operaciones Especiales. Vilca era el más grave, había recibido disparos casi mortales. Tras cargar con él por varios días, mientras repelía eventuales ataques, Astuquilca vio morir a su compañero. Tuvo que dejarlo para sobrevivir. Tras comer hojas e insectos, y ser ayudado por un grupo de colonos, Luis Astuquillca apareció cuando todos lo daban por muerto. Hasta entonces, para el Gobierno era ‘una baja más’ de la llamada Operación Libertad, que ahora tenía un nuevo objetivo: hallar el cadáver de Vilca. Esta meta que tampoco fue alcanzada por las autoridades.

Fue el padre de Vilca quien se internó en la selva con la ayuda de guías y acompañados de periodistas. En las imágenes se le podía ver gritando y aguantando lágrimas. ‘A mi hijo lo han abandonado’, decía con impotencia. Quince horas después de iniciada la búsqueda encontraría un cadáver cuya carne había sido devorada por los animales. Don César identificó a su hijo por los braquets que llevaba en su dentadura. Tenía los brazos mutilados, la mandíbula zafada, el cráneo fracturado y heridas de bala.