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22 de Nov de 2019

América

¿Avanza un rearme de las potencias mundiales?

El anuncio de despliegue estadounidense de antimisiles en Alaska, frontera con Rusia, vuelve a alertar sobre los peligros de la profundización de una carrera armamentística nuclear sin precedentes

Con la promesa de una ‘nueva era' para los sistemas misilísticos de Estados Unidos, el presidente Donald Trump tomó posición esta semana en lo que pareciera ser una señal más del rearme paulatino de las potencias mundiales.

‘Nuestro objetivo es simple: asegurar que podemos detectar y destruir cualquier misil lanzado contra EE.UU. desde cualquier sitio, en cualquier momento (...) el mejor modo de mantener a EE.UU. seguro es hacerlo fuerte, y eso es lo que estamos haciendo', aseguró el mandatario el jueves, durante una discurso en el Pentágono, adelantando que instalará 20 nuevos sistemas de interceptación de misiles en Alaska, sin descartar la implementación de otras iniciativas de carácter ofensivo.

En un informe del Departamento de Defensa, publicado el mismo día del anuncio de Trump, se señalaba a varios países como ‘amenazas', reiterando en sus listas a Irán, China, Corea del Norte y Rusia, siendo este último el más aludido al tener las nuevas instalaciones misilísticas muy cerca de sus territorios.

La respuesta de Moscú no se hizo esperar.

De acuerdo con declaraciones de la Cancillería rusa recogidas por la cadena Russia Today , la nueva estrategia de Trump ‘tiene abiertamente un carácter de confrontación, y demuestra una vez más el deseo de Washington de asegurar la primacía militar indivisa en el mundo'.

Ubicada en el extremo noroccidental del continente americano, la base de Fort Greely (al sudeste de Alaska), que albergará los armamentos, está a poco más de mil kilómetros de Rusia, una distancia cómodamente superable por la capacidad del arsenal estadounidense.

La propuesta estratégica de la Casa Blanca no solo rechaza posibles limitaciones aplicables a sus actividades defensivas con misiles intercontinentales, sino también abre la posibilidad de acabar con estos artefactos antes de que sean disparados, algo que en opinión del Kremlin abre la posibilidad de ‘ataques preventivos', cuyos antecedentes más recientes evocan la Guerra de Irak (2003) y el caos que lo presidió, una situación que persiste hasta hoy.

La invasión iraquí, en 2003, se enmarcó entonces dentro de la misma doctrina para evitar el uso de supuestas armas de destrucción masiva en manos de Sadam Husein (1937-2006). Años después, el Gobierno estadounidense admitiría que dichas armas nunca existieron.

Igualmente, Trump reiteró su llamado a reforzar la propuesta de militarizar el espacio sideral, que a diferencia de la ‘Iniciativa de Defensa Estratégica' de su antecesor Ronald Reagan (1981-1989), esta no pretende ser solamente un escudo defensivo sino un comando espacial que se sumaría a las ya existentes ramas de las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, lo que significaría el más importante cambio de la estructura castrense desde la Segunda Guerra Mundial.

‘Mi próximo presupuesto invertirá en un sistema de defensa de misiles ubicado en el espacio (...) Será una gran, gran parte, de nuestra defensa, y obviamente ofensiva', recalcó el mandatario.

Esta situación ocurre en momentos en que la Casa Blanca amenaza con abandonar el tratado sobre Misiles de Alcance Medio y Corto (INF, en inglés) por el supuesto incumplimiento del pacto por parte de los rusos.

Como un avance en el desarme nuclear, aquel acuerdo suscrito en 1987 por ambos países proscribe las armas de alcance intermedio (entre 500 km. a 5,000 km.), temidas por su difícil intercepción y el poco margen de reacción que deja para contrarrestarlas.

Para Moscú, lo planteado por EE.UU. es la misma lógica que ‘sentó las bases para una carrera armamentista con misiles nucleares a gran escala, que más de una vez llevó al mundo al borde del desastre'.

CARRERA RUSA Y CHINA

Elevadas las apuestas, desde Rusia y China los mensajes de fuerza también han sido puestos sobre la mesa, arrojando más incertidumbre frente a las posibilidades de detener una carrera armamentística, ahora en clave multipolar.

Sin que aún se conozcan mayores detalles, el Gobierno del presidente ruso, Vladimir Putin, hizo público a finales de diciembre la última vanguardia de armas estratégicas del país, los misiles hipersónicos intercontinental Avangard.

Según las autoridades rusas, el nuevo prototipo puede volar en ‘una trayectoria impredecible en las densas capas de la atmósfera', asegurando que es ‘imposible de interceptar'.

Moscú informó que el Avangard entraría en operaciones este año.

‘Mi próximo presupuesto invertirá en un sistema de defensa de misiles ubicado en el espacio (...) Será una gran, gran parte, de nuestra defensa, y obviamente ofensiva',

DONALD TRUMP

PRESIDENTE DE EE.UU.

En tanto, el Gobierno chino reportó que en agosto del año pasado probó con éxito el Starry Sky 2, un vehículo de ataque supersónico capaz de sortear redes defensivas antiaéreas.

Pese a las recientes muestra de músculo por las dos potencias, por el momento, Estados Unidos continúa manteniendo una presencia militar global muy superior a la de sus pares.

Datos del Pentágono indican que para 2015, Washington tenían 587 instalaciones militares en los cinco contenientes, de estas, 335 están en Europa.

Mientras que Pekín cuenta con una sola base en Yibutí (cuerno de África), abierta hace menos de dos años. En el caso de Moscú, poseen nueve instalaciones, que con excepción de Tartus (Siria), el resto está en países vecinos euroasiáticos que formaron parte de la extinta Unión Soviética.

Respecto al gasto militar, Estados Unidos lidera con creces el índice de naciones que más dinero invierten en defensa.

Cifras del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo indican que para 2017 Washington invirtió unos $610,000 millones, números que superan los gastos militares combinados de los siete países que le siguen en el ránking: China, Arabia Saudí, Rusia, India, Francia, el Reino Unido y Japón.

De allí que los Estados Unidos aún conserve el predominio militar pese a la decadencia y crisis que evidencia su poder durante estos últimos años.

Sin claridad de por cuánto tiempo durará su dominio global frente al avance de un orden internacional multipolar, está por verse qué estarán dispuestas a hacer las élites dirigentes en Washington para no perder dicha hegemonía, cómo reaccionarán sus adversarios geopolíticos y cuáles serán las consecuencias que esas contradicciones tendrán para el resto del planeta.