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26 de May de 2020

Nacional

¡Qué miedo decir ‘mamá soy gay’!

José Castillero Calderón y Nereira Calderón Reyes son, en rigor, madre e hijo. Una hora de conversación muestra que son mucho más: amigo...

José Castillero Calderón y Nereira Calderón Reyes son, en rigor, madre e hijo. Una hora de conversación muestra que son mucho más: amigos, confidentes, compinches. ‘Me siento muy feliz de como es José. Es una gran persona, un excelente hijo. Lo máximo’, dice la madre orgullosa.

Pero no siempre fue así. Cuando Nereida recibió la noticia de la bisexualidad de su hijo tuvo un shock que duró dos semanas. Lloró como si hubiese muerto alguien. Después quedó tendida en una cama, deprimida, ¿por qué a ella? ¿por qué justo a su hijo le gustan los varones? ¿por qué no se casa y tiene hijos como la gente normal? Una mañana se levantó y cayó redonda, la llevaron al hospital, le dijeron que tenía una crisis nerviosa y la medicaron.

—Claro que fue difícil y doloroso enterarse de que tu hijo mayor es bisexual.

Pero ahora que comprendió, que entendió que es parte de su personalidad, de su esencia, como ser petiso, gordo o flaco, está orgullosa de él y su calidad humana.

‘MAMÁ SOY GAY’

—Mi primera pareja quería que le presentara a mi familia, recuerda José—, él ya me había presentado a la suya, así que fui a Las Tablas para año nuevo, decidido a contarle a mi mamá. Sentía las piernas de trapo, como dice Juan Carlos Tapia. ¡Un miedo! Pero dije bué, ya me metí. Y se lo confesé.

Estaba sentado frente a ella, como ahora, en una silla de madera. Le dijo: "mamá soy gay", y ella no entendió. "Soy maricón", explicitó. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Desde cuándo empezó esa mariconería?, preguntó Nereida. "Desde siempre", respondió José, que ya se lo había contado a sus hermanos.

‘AY DIOS MIO NO PUEDE SER’

Nereida no dijo nada. Quedó callada, privada, y cuando José se fue se puso a llorar.

—Yo decía ’ay dios mío no puede ser’. Pensaba en mi familia, en el papá. Se me cayó el cielo encima, dice.

Cuando alguien le preguntó cuál era el problema: ‘¿Es buena o mala persona tu hijo? Dedicado, cariñoso y preocupado por ti, ¿Qué más da quien le guste?’, a Nereida, quien hasta ese momento creía que mejor que maricón era cualquier cosa, le pasó la vida como una película.

En un segundo: la infancia, la familia partida porque ella no podía mantener a los hijos y se fueron a vivir con el papá. Siguieron más oscuridades: peleas legales, prohibiciones de acercarse a los niños, encuentros escondidos a la salida de clases para conversar, aunque fuera un rato.

Después de rememorar, Nereida entendió que habían cosas peores, personas que hacen más daño, que su hijo bisexual.

Sus hermanos no atinaron tan rápido. Pasaron dos años sin hablarle porque pensaban que se iba a convertir en un desaforado. El prejuicio de la combinación gay-fiesta-descontrol. Cuando vieron que era el mismo de siempre, solo con una orientación sexual diferente, cambiaron de actitud.

El padre, aconsejado por terceros, también lo hizo: un buen día José necesitaba quedarse en las Tablas, donde vive su papá. ‘Voy acompañado por mi pareja’, le dijo. Al llegar vio el cuarto. Tenía una sola cama, José preguntó por la otra y el padre le respondió: ‘ustedes van a dormir juntos, ¿no son pareja?’.

PASAR DESAPERCIBIDO

Para José la adolescencia fue un infierno. Entre el drama familiar, no poder ver a mamá y escuchar a papá diciendo que no quería un hijo maricón, se esforzaba por pasar desapercibido.

De lo que si estaba seguro era de que le gustaban niñas y niños por igual: la reina de la clase en 5° grado, el mejor amigo al siguiente. La guapa-rica-popular Susana y luego el compañero que le explicaba matemáticas.

Sin embargo, no podía pensarse de novio porque le quedó grabado el sufrimiento de la madre.

—Aunque me gustaba una chica no podía desarrollar el sentimiento de noviazgo.

Y no se animaba a contárselo a nadie porque, como hermano mayor, esperaban que fuera modelo y ejemplo para sus hermanos. ‘Y yo quería vivir mi vida, ser modelo para mí’.

El tiempo pasó y José creció así, desapercibido. ‘Todo bien tapadito para ocultar mis travesuras’.

Cuando se vino a Panamá, lejos de la familia, sin control, sin andar preocupado por qué dirá la gente, sin los comentarios homófobos del papa, empezó su destape. Pero las cosas fueron tomando su lugar. José empezó su carrera de matemática, se reconoció como sujeto de derechos y aceptó públicamente su bisexualidad. Se enamoró. Decidió no pasar desapercibido y contárselo a su familia. Hoy todo es diferente para él.

—Las madres deberían aceptar las diferencias de sus hijos, dice Nereida orgullosa. Esta morena, guapísima con poco maquillaje y de elegante rojo y negro, acepta a su hijo como es, ‘una buena persona, bien portado. Un hijo que nunca llevó dolores de cabeza a la casa. ¿Por qué habría de rechazarlo?’.

Al principio una puede sorprenderse, pero hay que asimilarlo, entenderlo. Lo más malo que se puede hace es rechazar a los hijos. Y José lo sabe. Afortunadamente tuvo el apoyo de su madre, sino ‘tendría una vida menos feliz con una mamá enojada’, dicen riendo madre e hijo en su compinchería.