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08 de Apr de 2020

Nacional

Afirmación nacional, camino abierto insoslayable

PANAMÁ. En la más usual y controvertible definición de la República, se distingue como arcadia para unos y tugurio para otros.

PANAMÁ. En la más usual y controvertible definición de la República, se distingue como arcadia para unos y tugurio para otros.

Es una verdad a medias, porque la República, antes que geografía económica, con paralelos contradictorios, constituye un solemne compromiso. El estudio continuado de este compromiso, engendrador de misiones y responsabilidades, debe constituir el papel cardinal de todos los panameños, sean de arcadias o tugurios.

La República, al nacer, nos legó un compromiso. La declaración de todos los pueblos, congregados en múltiples cabildos, recogía un vigoroso pronunciamiento, ungido por los años, referible a los principios de libertad, justicia, trabajo y paz.

Esos principios están fina y sencillamente plasmados en nuestro escudo de armas. Allí la cornucopia o cuerno de la abundancia, en alarde sutil de trabajo y bienestar general; y allí las armas en descanso, propiciadoras de la paz interna y garantes en su noble misión de la justicia y la libertad. En consecuencia, el gran compromiso consustancial con la República está a la vista y su cumplimiento resulta insoslayable.

UNIDAD REPUBLICANA

En los cincuenta y cinco años de República no hemos cumplido a cabalidad con el gran compromiso que nos debe unir. El incumplimiento de este máximo deber ha ido acumulando año tras año un sedimento de pasiones, intereses y odios que en la práctica resultan la negación absoluta de la razón esencial de la República.

Esta situación, innegablemente, no debe continuar. Porque a más de crear en el alma nacional una desprevención insensible a los grandes males que nos vienen de fuera, se niega el impulso colectivo que nuestro país, singularmente, reclama para afianzar la nacionalidad.

En las épocas en que hemos tenido la unidad necesaria para luchar por la libertad y la justicia, o por la paz, el compromiso adquirido con la República ha tenido calor vital y la Nación panameña ha logrado consolidar sólidamente sus instituciones básicas.

HISTORIA DE UNIFICACIÓN

Estimo, por estas causas, que tuvimos afirmación nacional en los primeros años de la década del veinte cuando todos los istmeños unidos en la adversidad, hicimos causa común con las palabras purificadas de justicia de Don Narciso Garay, para dejar constancia en el lienzo de la historia de la continuada resolución de mantener la dignidad nacional ‘mientras palpiten corazones panameños…’.

Y por las mismas razones hubo afirmación nacional con Harmodio Arias en el año 1936, cuando junto a Ricardo J. Alfaro logró arrancar, con ideas vinculadas al principio de la Libertad, un nuevo Tratado General que liquidaba nuestra lamentable condición de protectorado, visto desde un punto de vista estrictamente legal.

Y para esos mismos años tuvimos una profunda afirmación nacional con Octavio Méndez Pereira, fundador de la Universidad, baluarte de los fundamentos más queridos de la patria. En el año de 1947, con el solemne y total rechazo del Convenio de las Bases, hemos de encontrar en ese lienzo de la historia el último acto colectivo de consolidación nacional.

Y todas estas luchas, valga repetirlo, están ligadas moralmente a los principios que legó la independencia como deber continuado del panameño.

VISIÓN DE PATRIA

En la hora presente se impone un nuevo acto de afirmación nacional.

Las características de la patria reclaman empresas colectivas de orden moral con énfasis en el significado de la libertad. Se habla de la regeneración para que impere la justicia y la paz.

Pero sólo es susceptible de regeneración lo conocido a plenitud. Tal vez importe hablar mejor del redescubrimiento de lo nuestro: de nuestra historia y de nuestros valores.

En este redescubrimiento podemos llegar a comprender de qué modo en Panamá la lucha por la libertad ha sido la mejor hazaña consagrada en la historia.

No hay duda de que esta generación, en vísperas de llegar a ser una generación desafortunada si no medita en sus rutas inmediatas y mediatas, puede entregar uno y varios actos de afirmación nacional.

Hay que redescubrir el país, sus raíces históricas y sus destinos; en el redescubrimiento va implícito el menester regenerador.

Y luego, en la gran jornada por la libertad, por las libertades públicas, que son las libertades de todos y para todos, caerán los sembradores de odios y de muertes para surgir airoso, en el cielo iluminado de la patria, un nuevo acto de pureza y de afirmación nacional.

Esta es la misión de hoy, de los hombres de tugurios o de los hombres de arcadias. Aquí no cabe el ‘escapismo’. O impera la libertad o se niega, cruelmente, el gran compromiso de la República.