18 de Ago de 2022

Nacional

¿Habría Panamá sin la migración y sin las raíces extranjeras?

Si uno pasa por el Gimnasio Roberto Durán en estos días, pensaría que en el coliseo se está presentando algún espectáculo de poco éxito,...

Si uno pasa por el Gimnasio Roberto Durán en estos días, pensaría que en el coliseo se está presentando algún espectáculo de poco éxito, pues al mirar el lugar, lo primero que uno nota es la poca cantidad de gente que hay en las taquillas del antiguo ‘Nuevo Panamá’.

Sin embargo, ya luego de un momento, se puede uno percatar del constante flujo de quienes entran y salen de la Ciudad Deportiva Irving Saladino. La mayoría van caminando; sin embargo, al mirar hacia el estacionamiento, además de los carros patrullas, vehículos oficiales, ambulancias del 911, también se observa que hay carros particulares. De vez en cuando entra una moto que deja a alguien y luego se va.

Van en grupos, de dos en dos o de tres en tres. Algunos, se nota, son familiares; otros, aunque no se puede asegurar que son parientes, tienen características físicas y de comportamiento en común. Morenos, blancos, negros, mestizos. Es curioso que a pesar de no ser una gran masa uno puede encontrarse con una variedad grande de razas.

Podrán no haber más de 75 personas en el exterior del recinto; sin embargo, al fijarse en esos pocos, se encuentra uno con todo tipo de realidades socioeconómicas: Bajo la sombra de una palma está una señora con una niña de no más de seis años. Ambas visten muy humildemente. Cruzando frente a ellas, va caminando un joven en zapatillas, jeans, una camiseta y un suéter de lana alrededor del cuello, quien inmediatamente comienza a buscar un taxi. Más allá, está llegando un joven lleno de tatuajes, vestido con una camiseta de la ‘vinotinto’ (la selección de fútbol de Venezuela) y el cabello cortado estilo mohawk y teñido de amarillo.

Son pocas cosas las que estas tres personas tienen en común; empero, aquello que los une tiene más peso que eso que los diferencia: Los tres son extranjeros radicados en Panamá, que han venido al Gimnasio Roberto Durán para legalizar su estado migratorio a través del ‘Crisol de Razas’.

Así como este trío, tan solo en la primera semana de la XIII edición del ‘proceso de regularización migratoria extraordinaria’, ha habido 2,648 personas con la misma intención en común de poner en regla sus papeles. Esta nueva versión de Crisol de Razas comenzó el 8 de enero y culminará mañana 20.

‘UN PAÍS BENDITO’

Elvia es el nombre de la señora que estaba sentada en la sombra con su niña. Es nicaragüense, tiene tres años en Panamá. Su pequeña, María Rosario, nació en Managua, como es menor de edad comenta Elvia que ‘no le van a cobrar papeles’. La hermanita de María Rosario, Guadalupe, es panameña, así que ella no tiene que participar en el proceso.

–Yo llegué a Panamá porque unas amigas se vinieron para acá y me dijeron que este país estaba bendito. Yo les hice caso y me vine con la niña. La verdad, es cierto, en este país se tiene mucha suerte– comenta Elvia, quien en esta ocasión sólo acudió al Crisol de Razas porque necesitaba reponer su carné migratorio que se le extravió.

– A mí no me tocó venir cuando había que hacer fila; ya habían aplicado lo de las citas para esto, pero sí me han contado que las cosas eran mucho más complicadas antes. El sistema de la vez pasada era igual que este; sin embargo, en esta ocasión está todo más organizado. Yo llegué a las 5:00 a.m. y ya estoy por salir.

–Son casi las diez de la mañana.

–Sí, han pasado cinco horas; sin embargo, antes se demoraba mucho más– explica la nicaragüense–. Si no me he ido, es porque estoy esperando una plata que me hace falta.

–¿Había alguien a las 5:00 a.m., no es peligroso?

–Por supuesto, a esa hora es cuando está todo el mundo aquí, porque muchos quieren estar de primeros para irse a trabajar o por cualquier otra razón. Como la gente sabe que nosotros nos levantamos temprano, para cuando empezamos a llegar ya los policías están aquí, así que es bien seguro.

Elvia asegura que una vez se tienen los papeles la conciencia está más tranquila y se puede andar libremente por la calle. ‘Cuando llegas aquí y andas ilegal, tienes miedo de que un día te agarren y te devuelvan a tu país. Yo amo mi tierra, pero no quiero irme de aquí’, comenta la extranjera que trabaja como doméstica.

‘NO ES TAN FÁCIL COMO TE LO PINTAN’

Cecilia es colombiana, por eso porta con tanto orgullo una camiseta de Radamel Falcao, máximo héroe del momento del balompié de este país.

Cecilia no dice su edad, mas confiesa que tiene ya una hija de 30 años y dos nietas. Si llegó a Panamá, dice, es porque ya no tenía a nadie en Colombia y se sentía sola: ‘Mi hija se vino para acá, porque se casó con un panameño y yo me quedé allá. Mi madre murió y no tenía a nadie, así que me decidí por venir para acá’.

–Panamá te lo venden como una tierra mágica donde las cosas se pueden lograr sin el menor esfuerzo– comenta Cecilia–; pero eso no es así. Aquí es complicado. Si me he quedado es porque aquí están los míos, allá ya no me queda nada.

–Sus nietas, ¿son panameñas?

–Sí, son de aquí, ambas.

–¿Y qué siente que el futuro de su familia esté aquí y no en Colombia?

–Me alegra. No es que éste sea un mal país, al contrario. Simplemente que al extranjero, principalmente para nosotros los colombianos, pero ellas van a ser panameñas y no van a tener tanta complicación. Este es un país bonito para seguir.

Cecilia vino a buscar su carné con vigencia de 10 años. Es la tercera vez que participa en Crisol de Razas. Al primero al que fue se realizó en Atlapa: ‘Llegué a las 6 de la tarde y salí a las 3 de la mañana. Fue cansado, pero por lo menos salí en un solo día. No como la segunda vez, eso sí fue un desastre’.

–La primera vez que me tocó venir aquí esto estaba todo enredado. Las filas eran interminables y la gente estaba desesperada– recuerda la abuela colombiana– como la cosa era por fila, aquí mismo dormíamos. Recuerdo que yo pasé una noche en esta misma hierba, a la intemperie como perros callejeros.

–¿Y no les daba miedo que les robaran?

–¡Nombe, qué va! Había bastantes policías que estaban vigilando acá afuera. La vaina se puso berraca fue allá adentro. Ahí sí era tierra de nadie. Me acuerdo que la gente estaba espantada porque en el Gimnasio sí estaban robando. Fueron tres días infernales los que pasé aquí. Para poder ir al baño tenía que pedirle a la que estaba detrás de mí que me guardaran el puesto. Un día, inclusive, sí me fui a mi casa a bañar y volví porque ya no aguantaba más.

– ¿Y el trabajo, por cuánto tiempo pidió permiso?

–Yo les dije a dónde iba, que venía al Crisol de Razas; sin embargo, ni ellos ni yo pensábamos que iba a tardar tanto, pero vieron las cosas en la televisión y se lo imaginaron, así que no hubo problema.

–¿Qué tal está el Crisol de Razas en esta ocasión?

–Excelente, no se compara con ninguno. Todo está mucho más organizado y, obvio, es más rápido. Si no fuera así, no estaría saliendo a esta hora. Antes, seguramente, estaría terminando el trámite como dos días después. Además, ya con esta tarjeta no me tengo que preocupar de esta vaina hasta dentro de 10 años, si Dios me da vida.

–¿Qué siente cuando la gente critica este proceso de legalización?

Que son malos. No pierden nada con que nosotros estemos legales. Es solo querer hacerle el mal a los demás.

–¿Cree que otro gobierno va a continuar con este proyecto?

Ojalá sí; pero no sé. Hay muchos que critican esto. En parte creo que es por política, como esto lo empezó el presidente actual.

–No puede votar, pero si pudiera, ¿por quién lo haría?

Por el candidato de Martinelli, pues él es el único que nos ha dado nuestro lugar.

‘YA NO ES COMO ANTES’

Mas no a todos les conviene que Crisol de Razas sea un evento organizado y no una oda al enredo y la desesperación. Afuera de la Ciudad Deportiva hay toda una serie de puestos de comida que venden, principalmente, comida colombiana o venezolana: arepas, papas rellenas, empanadas, pony malta, entre otras. Entre todos esos, hay un puesto que rompe con el menú: carne en palito, carne asada, yuca y hojaldre.

Isaura, la dueña del puesto, comenta: ‘ya las cosas no son como antes’. La isleña cuenta que ha vendido comida en cada uno de los Crisol de Razas que se han efectuado en el Roberto Durán: ‘Antes, cuando esto no tenía ni pies ni cabeza, yo le vendía ocho comidas a una misma persona, porque aquí desayunaba, almorzaba, cenaba y repetía hasta que terminaba su trámite’.

Según Isaura, una vez las cosas han ido organizándose, ‘sigue viniendo la misma cantidad de gente, pero ya no demoran tanto: llegan, hacen su trámite y por ahí mismo se van. Ya no pasan un día completo aquí, cuando antes se pasaban casi toda la semana’.

La cocinera dominicana menciona que, en su momento, en un día ‘normal’ hacía hasta $1,000 de ganancia. ‘Ahora ya no quiero ni contar para no ponerme a llorar’, lamenta. ‘Los únicos que siguen haciendo plata son esos’ dice, y con la cabeza señala un kiosco en donde una empresa que se dedica al envío de dinero está instalada y brinda el servicio de sacar copias.