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27 de May de 2020

Nacional

El vía crucis de Héctor Gallego en los campos de Santa Fe

A Gallego lo estaban buscando, se presume que los militares, la noche del 9 de junio.

9 de junio de 1971, Santa Fe de Veraguas. Acababa de pasar la media noche cuando Jacinto Peña escuchó un carro que se estacionaba afuera de su casa. La curiosidad lo hizo levantarse y notar que eran dos hombres, militares, los que acababan de llegar.

Al rato tocaron a su puerta y gritaron: ‘¿Jacinto Peña?’.

El campesino no quiso contestar. Luego de tres gritos, Héctor Gallego se aproximó a la puerta de la casa, la abrió a medias, y les preguntó a los hombres qué necesitaban.

-Mira, Jacinto, nosotros estamos buscando a Héctor Gallego, ¿está aquí Gallego?–dijo uno de los militares.

Gallego acababa de regresar de la montaña, donde había pasado varios días. Pernoctaba donde Jacinto Peña porque, unas semanas antes, en un incidente confuso, su rancho había sido quemado.

- Pues hombre, si yo soy Héctor Gallego– dijo el colombiano, a modo de presentación.

UN VISITANTE INCÓMODO

Héctor Gallego llegó a Santa Fe, un pueblo muy apartado y prácticamente olvidado de la provincia de Veraguas, en donde no había carretera de acceso ni electricidad; pero en donde, eso sí, existía una capilla hecha de quincha y mucho analfabetismo en su población, que era mayoritariamente campesina.

Gallego, un joven seminarista antioqueño, nacido el 7 de enero de 1938, llegó a Panamá gracias a su amistad con el entonces arzobispo de Veraguas, Marcos McGrath, a quien conoció en Medellín (Colombia), por el año de 1965, antes de ser ordenado. McGrath lo invita a ter minar su seminario en Santiago, capital de la provincia.

El colombiano aceptó y se trasladó con McGrath a Panamá en 1967. Como parte de la diócesis de Santiago, Héctor recorrió distintos puntos dentro de la provincia de Veraguas para realizar trabajos de evangelización.

‘Existía en ese momento un equipo de evangelización destinado específicamente para el área de Santa Fe y alrededores. Héctor profundiza su participación en ese sector’, explica el padre Conrado Sanjur.

Tras un tiempo en Veraguas, en junio de ese mismo año el seminarista regresa a su país para terminar sus estudios religiosos.

Meses después, en 1968, el ya sacerdote solicita ser trasladado a Panamá, específicamente a Santa Fe, para convertirse en el párroco oficial del pueblo.

Gallego fue formado en una época– tras el Concilio Vaticano II y la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, que se realizó en Medellín (Colombia)– en la que la Iglesia reflexionaba sobre cuál era el papel que debía jugar.

‘América Latina, principalmente, tenía mucha efervescencia social y política. Existía también un trabajo de base en las comunidades, cuyo objetivo primordial era la justicia social. Esa fue la mentalidad con la que Héctor Gallego vino y trabajó en Santa Fe’, explica el padre Sanjur.

Desde un primer instante, el prelado fue haciendo cambios en el estatus del pueblo. Y empezó por casa, en la Iglesia.

–En el tema religioso, existía mucha ignorancia. Nosotros en ese momento bautizábamos a nuestros hijos para que la bruja no se los llevara, bien lejos de lo que realmente era –explica Pedro Caballero, hombre que acompañaba a Héctor Gallego en sus recorridos de evangelización en Santa Fe–. Creíamos que Dios era un viejito que se sentaba allá arriba, en el cielo, con un lápiz, apuntando y mirando hacia abajo todo lo que hacíamos para que al morir nos dijera si íbamos al cielo o al infierno– comenta Caballero.

El recién llegado párroco les quitó esas ideas de la cabeza a la gente de Santa Fe. Comenzó a dar las misas en castellano y de frente a la gente (no en latín ni de espaldas, como se hacía hasta ese momento), les explicó qué eran los sacramentos y en qué consistían; pero, por sobre todo, rompió el mito de que los curas eran seres superiores que no hablaban con los pobres.

–El primer día que nos encontramos, se presentó como el sacerdote de Santa Fe– comenta Jacinto Peña, quien cuenta que le preguntó a Héctor Gallego si era sacerdote–. ‘Sí, ¿por qué preguntas?’– le cuestionó el párroco, sorprendido-. Bueno, es que los sacerdotes no saludan a los pobres’– atinó a responder Jacinto.

LA CONVERSACIÓN

Al darse cuenta de que estaban hablando con la persona que buscaban, uno de los militares le explicó a Gallego que tenían órdenes precisas de llevarlo, esa misma noche, al cuartel de Santiago.

Héctor les dijo se encontraba muy cansado para viajar a esa hora; pero que se comprometía a estar al día siguiente, a primera hora, en el cuartel. Los hombres insistieron en que él, Héctor Gallego, debía irse con ellos en ese instante.

–No lograban llegar a un entendimiento al respecto y fue, entonces, cuando uno de los militares le susurró algo al oído a Héctor– recuerda Jacinto, con la misma claridad de aquella noche–. Por su reacción, supongo que se trataba de una amenaza de hacernos daño a los que estábamos en la casa en ese momento– indica Jacinto.

El padre les dijo a los hombres que se calmaran, que no quería que se le hiciera daño a nadie, que se iría con ellos. ‘Fue entonces cuando lo toqué por última vez, agarrándolo del hombro, y le dije que no saliera. Él solo me apartó’, cuenta Peña, 43 años después.

UN CAMBIO RADICAL

‘Antes de que Héctor llegara, muchos de nosotros, los campesinos, éramos ignorantes. Le teníamos miedo a cualquier persona, éramos tímidos, de pocas palabras. El padre nos decía en las convivencias que quería ver un cambio social en Santa Fe; es decir, que el pobre se diera a respetar de los poderosos del lugar. Nosotros estábamos siendo exprimidos por los grandes terratenientes de Santa Fe’, comenta Hermenegildo Mendoza, de la Unión de Indígenas Campesinos (UIC).

En esa época, en Santa Fe, los campesinos recibían 50 centavos por una jornada de trabajo de diez horas. En el caso de las mujeres, solo 25.

Situaciones como éstas llevaron a que Gallego, en medio de su evangelización, empezara a hablarles a sus feligreses de deberes y derechos del campesinado, para que entendieran su responsabilidad y rol dentro de la sociedad.

Pero este tipo de ideas no fueron del agrado de ciertas familias, como los Castrellón, los Hernández, los Palacios, los Ábrego o los Vernaza, por mencionar algunos (estos últimos eran parientes del entonces ‘hombre fuerte’ Omar Torrijos Herrera). Era sobre estos clanes que recaía el control de las tierras y de las pocas tiendas de Santa Fe, y que también eran propietarias de la mayoría de las tierras donde trabajaban los campesinos santafereños.

Sin embargo, el concepto que más incomodó a las clases altas de Santa Fe fue el del cooperativismo.

–Éramos 50 personas en un salón del rancho parroquial– explica Jacinto. Gallego se pone en pie y arroja una moneda de 5 centavos al piso y dice: ‘con esta moneda tenemos para comprar cinco confites. Pero como somos 50 personas, tenemos que partir estos confites en varios pedacitos’ –recuerda Jacinto que les dijo el cura colombiano–. Entonces, otro campesino puso cinco centavos más y así sucesivamente, hasta completar los cincuenta centavos para que le tocara un confite a cada uno– así recuerda Peña que el cura les explicó cómo debía funcionar una cooperativa.

Los primeros en organizarse fueron los de la comunidad El Pantano, seguidos por los de El Carmen. Las primeras pequeñas tiendas de la Cooperativa Esperanza de los Campesinos empezaron vendiendo sal, jabón y fósforos.

A los cooperativistas les tocaba traer los productos desde el pueblo de San Francisco, ubicado a más de 40 kilómetros, cargados en la espalda. En el camino muchas veces tuvieron que aguantar burlas e insultos de las familias ricas de Santa Fe.