08 de Dic de 2022

Nacional

Del “click” a la cama...

El anuncio de Javier estaba en el ombligo de un tabloide en el que un viernes, por ejemplo, pueden publicar 109 avisos ilustrados con fotos

El anuncio de Javier estaba en el ombligo de un tabloide en el que un viernes, por ejemplo, pueden publicar 109 avisos ilustrados con fotos de caballeros y damas que tapan sus cuerpos con poca, o nada de tela.

En uno aparecía un trasero voluptuoso que vestía una tanga y en cuyo texto se describía: venezolana blanca recién llegada, 20 años, complaciente, con amigas, fogosa. Unos cinco clasificados más bajo había otro en el que aparecía otra mujer acostada boca abajo, semidesnuda. Mirando a cámara, su descomunal trasero se llevaba todo el protagonismo. El texto no podía ser más específico: ‘nalgona hermosa, Alejandra travesti, pelinegra, agarradita, ensiliconada, morboza (sic), masajes heróticos (sic)'.

La mayoría de quienes se deciden por este arriesgado sector son mujeres extranjeras que consideran el istmo un país ideal: cobran en dólares, es estable, las reglas migratorias les permiten entrar y salir cada seis meses, y las calles son más seguras que en su natal Colombia, Venezuela o República Dominicana, las nacionalidades más comunes, según los registros oficiales.

Las invitaciones al sexo casual no existían en Panamá hace diez años. Solo en el portal w-anuncios, aparecen 45,316 avisos de personas residentes en Panamá interesadas en ofrecer sus servicios sexuales en múltiples modalidades. Subir un clasificado es gratis. Nadie los regula, al igual que los que se publican en los periódicos. El catálogo de fotografías no deja nada a la imaginación. Hombres que exponen sus órganos sexuales erectos, las chicas muestran glúteos y senos inmensos, y los travestis ofrecen una mezcla de ambos en un mismo cuerpo. Todos se atribuyen dotaciones reales, ‘nada de photoshop'. Los textos de los anuncios encienden el morbo hasta del más puritano. Se ofrecen tríos, orgías, apartamentos pribado (sic), servicios a domicilio y, por supuesto, entera discreción. Una colombiana enseña una serie de fotos en la cama con todas las posiciones sugerentes posibles. Otras, prefieren escribir un texto igual de atrevido y omitir su foto, asumiendo las pérdidas que puede representar la competencia de quienes han perdido el pudor y retratan su cara, cuerpo entero y hasta un zoom de sus partes más íntimas.

Los precios en este mercado rondan entre los $40 y los $200 por sesión. Dependen de quién se anuncie, el tiempo dedicado y los gustos del cliente, aunque en ciertos casinos de los hoteles de la ciudad o bares particulares que guardan fama de albergar a mujeres de ‘cascos ligeros', se cotizan por $500 la hora y hasta más.

A quien correspondería velar por estas publicaciones es a Clara Inés Luna Vásquez, directora de medios del Ministerio de Gobierno. La entidad aborda el problema enfocado a la violencia contra la mujer que contempla la Ley 82 del 24 de octubre de 2013, para prevenir y castigar un delito tipificado como ‘femicidio'. Sin embargo, al no estar todavía reglamentada, ‘no se cuenta con los recursos de defensa en esta materia", explica Vásquez. La funcionaria añade que dentro de las definiciones de violencia de esta Ley están la violencia mediática y la simbólica, que son los tipos que puede llegar a realizarse a través de los medios de comunicación social. En este último punto, la Ley otorga responsabilidades al Consejo Nacional de Periodismo (art. 34) tales como ‘promover en los medios de comunicación el respeto por los derechos de las mujeres y el tratamiento de la violencia contra las mujeres, indica Vásquez.

Más que una regulación lo que hace falta es atender la decadencia de una sociedad con síntomas de estancamiento; un círculo vicioso sin valores, en el que la educación de calidad quedó rezagada, observa la psiquiatra Juana Herrera. La presión social para lograr un estatus y la incapacidad de superación económica de jovenes sin educación suficiente pesa sobre las víctimas de este negocio, dice. ‘Muchos de ellos, provienen de hogares disfuncionales y viven en una sociedad permisiva. Es el mal de nuestros tiempos', concluye Herrera.