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29 de Feb de 2020

Nacional

Trinchera de paz en un barrio turbulento

Un comedor que atiende a casi un centenar de niños se ha convertido en un símbolo de tregua en El Chorrillo

Boris Valdés termina de extender el linóleo de cuadros negros y blancos sobre el piso, sin entender el contrasentido que ese juego siempre encontrado de colores tiene con su realidad inmediata: el comedor infantil que ha montado hace cinco meses en la calle 19 de El Chorrillo, dividido entre dos grupos de pandillas irreconciliables.

A su mesa, se sientan, sin distingo, niños y niñas de las dos zonas del barrio. El comedor y su área de juego se han convertido en espacio franco, trinchera desde donde se defiende la solidaridad, el compañerismo y la reconciliación. Literalmente entre barracas en guerra, ‘Senderos', como se llama el albergue, apuesta por la conviencia, con el mar y la cercana Cinta Costera III de testigos.

BORIS VALDÉS
LÍDER, COMEDOR SENDEROS

‘Aquí se ha respetado el sentido de que con los niños uno no se mete; por eso llegan de todas las calles'

Tras el comedor coinciden también la congregación evangelista de Boris y un mecenas católico, sin distingo de fe ni de Dios, de acuerdo ambos en que los niños son la esperanza del futuro del barrio y del país. Atienden a unos 90 niños por día, vengan del lado que vengan, algunos desde el dominio de la temina banda Kalor Kalor o la cometidora Bagdad.

‘Nunca ha ocurrido nada. Aquí todos han respetado el sentido de que con los niños uno no se mete, y por eso llegan de todas las calles (de El Chorrillo y Santa Ana)', reconoce Valdés, un hombre menudo de 35 años, que aun así se ganó el respeto de los pandilleros más poderosos de la zona.

Una vez, recuerda, se adentró en una de las barracas del barrio ‘interminable', según él, para a uno de los líderes del barrio paso libre para los los niños de sus rivales interesados en llegar al comedor. Mientras hablaban, Boris presenció cómo una mujer guna y sus ocho niños dealohaban un cuarto de inquilinato cercano. Interesado, intercedió por la familia, ‘Y terminó haciendo que le devolviera el cuarto', añade uno de sus compañeros del comedor.

Ese es el tipo de influencia que ha ganado el predicador, a quien se atribuye el mérito de que dos expandilleros de bandas rivales sean ahora capacen de ir juntos a la tienda de la cuadra, a comprar unas bebidas para repartir entre un par de invitados nuevos, uno de ellos, de Curundú.

Ellos aprendieron a controlar a chicos con problemas, relata, porque los entienden. Si hay un conflicto que parece irse a las balas, entonces buscan dos pares de guantes que siempre tienen a mano y ¡a boxear se ha dicho. La ira hay que dejarla ir. Él sabe de lo que habla.

TODOS PARA UNO

Valdés pasó ocho años en cinco cárceles. Se fugó tres veces del centro de cumplimiento de menores de Tocumen y regresó a El Chorrillo hace diez, ya con la libertad como buena nueva. Un día, en Albrook, hace 14 años, conoció a su esposa, a la que presenta como la ‘pastora'.

Ella es la que sirve a diario la comida: un plato de arroz, frijoles rojos y muslo de pollo guisado, mientras escucha paciente lo que los niños le quieran contar.

Son niños de hogares disfuncionales, que viven desde muy pronto situaciones difíciles, madres adictas padres ausentes o violentos...frente a un plato de comida caliente, reciben también un poquito de alimento para el alma, dice.

En el comedor hay sitio para todos, pero hay normas. ‘A veces hay que hablarles fuerte, pero también necesitan cariño', insiste.

Su esposo, mientras tanto, escucha una idea revolucionaria: generar actividades en las que los chiquillos se mezclen todavía más, sin miedo por las rivalidades de sus padres. ‘Eso se puede hacer con equipos de fútbol que jueguen aquí, al lado, cuando tengamos la cancha sintética', anuncia el ‘padrino', que se mantiene anónimo, pero cuya presencia ya se identifica en el barrio.

‘Creo que saben que mi intención es buena y he traído a mi propia familia para que también se integren. Vamos a aprender unos de otros', sostiene.

La meta es que antes de que lleguen a los trece años, cuando los chicos ya deben lelatad a uno otro bando, tengan claras otras metas en la vida y tengan la oportunidad de seguir el ‘sendero' correcto, apuntan dando doble valor al nombre con el que se identifica la iniciativa.

Se han propuesto generar vínculos fuertes entre los chiquillos de El Chorrillo. Que corran, que coman, que jueguen y que sean niños juntos. Boris recuerda haber sabido de casos en los que pandilleros rivales no se atacaron porque se reconocieron en su pasado, fueron al colegio o hicieron alguna liga deportiva juntos. Es la ley de los buenos vecinos la que quieren imponer.

PERFIL DEL PROYECTO

La tarea de mantener el comedor cuesta unos $4 mil por mes, relatan los responsables de Senderos. El dinero lo consiguen por intermedio de donantes a los que quieren enseñar los buenos resultados.

Una madre soltera lleva a sus once hijos a comer a Senderos. ‘Sabíamos que quería regalar a los dos últimos, pero ya no tiene que hacerlo', asegura satisfecha la ‘pastora'.

Según las proyecciones del Ministerio de Salud, en El Chorrillo residirán a final de este año 6,246 personas de entre uno y 19 años de edad, poco más de 32% de la población de ese convulso corregimiento.

El reto, insiste Boris y los suyos, es contribuir en la reconversión del barrio. Hasta eso es un asunto urbano.