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29 de May de 2020

Nacional

El ‘médico chino' que vio morir a Remón, salvó a Rubén Miró y Arnulfo Arias

El mes pasado se cumplió el 20 aniversario de la muerte del médico cirujano Ernesto Chú, pionero en acupuntura y medicina homeopática

El ‘médico chino' que vio morir a Remón, salvó a Rubén Miró y Arnulfo Arias
El ‘médico chino' que vio morir a Remón, salvó a Rubén Miró y Arnulfo Arias

A los 17 años anhelaba convertirse en ingeniero mecánico pero su padre tenía otros planes para él: ‘Estoy dispuesto a pagarte tus estudios en Europa, pero solo si sigues la carrera de medicina', le advirtió su progenitor, con un ultimátum: ‘Tienes 48 horas para decidirte'.

Así fue como, apenas terminados sus estudios en el Balboa High School, el joven Ernesto Chú dejaba atrás su patria para tomar un barco que lo llevaría, en agosto de 1933, a Alemania, en plena ebullición, seis meses transcurridos desde el nombramiento de Adolfo Hitler como canciller.

Doce años después, en 1945, a seis meses de la muerte del ‘fuhrer', el joven de temperamento tranquilo y reflexivo, ávido lector y tremendamente estudioso, regresaría a su país convertido en un flamante y experimentado médico de 29 años, el primero de la comunidad chino panameña especializado en cirugía.

Hoy, a 100 años de su nacimiento (agosto de 1916) y a veinte años de su muerte (octubre de 1996), llega a la redacción de La Estrella de Panamá un discurso que ofreciera en 1982 ante la Sociedad de Cirugía de Panamá. Por considerarlo de interés histórico, resumimos algunos pasajes.

En su discurso, Chú narra anécdotas que dan idea de la dura realidad de su época y de las dificultades que debió enfrentar, no solo en el epicentro de la Segunda Guerra Mundial, sino también en su propia tierra, donde fue objeto de discriminaciones.

Inicios

En Alemania, entonces considerara la ‘meca de la medicina', el doctor Ernesto Chú se formó bajo el patrón de estudios vigente desde la Edad Media, que le permitía elegir cursos y profesores en diferentes universidades. Este método le dio acceso a centros de estudio de enorme prestigio, con la Universidad de Berlín, de Heidelberg, Munich, París y Viena.

Durante los años 1940 y 1941, ya iniciado el conflicto bélico, trabajó en el Hospital Martin Luther de Berlín. Cuando Panamá le declara la guerra a Alemania, el 11 de diciembre de 1941, fue invitado a unirse como asistente de cirugía a un hospital del gobierno. La alternativa, como ciudadano de un país enemigo, era ser conducido a un campo de prisioneros.

Recibió su título de doctor en Medicina de la Universidad de Berlín el 18 de febrero de 1942, calificado con summa cum laude.

Durante los años 1942, 1943 y 1944 trabajó como asistente de cirugía y después como ‘oberarzt', o jefe de Clínica, en el Hospital Municipal de Offenburg, en las Selvas Negras.

En los duros años del conflicto, contaba el doctor, la población germana nunca supo a cabalidad la magnitud de la tragedia de los judíos alemanes. En esos años, Chú solía levantarse a media noche para escuchar la radio a escondidas y conocer los avances del frente de batalla.

En 1945, cuando el ejército francés ocupó la ciudad de Offenberg, y empezaron a escasear los alimentos - el tocino y las salchichas ahumadas, que tanto le gustaban-, decidió que era el momento de volver.

Apenas un mes después de su regreso a Panamá, en 1945, tenía un puesto de trabajo, pero no como hubiera esperado.

La comunidad médica de Panamá estaba, cuenta el doctor, envuelta en su propia suerte de ‘guerra', una en la que ‘rabiprietos' y ‘rabiblancos' se disputaban posiciones, salarios y canonjías. Chú fue nombrado en el departamento de Cirugía del Hospital Santo Tomás - dirigido entonces por el doctor Carlos E. Mendoza como 'Médico de Tercera Categoría', con un sueldo de $200. Para su sorpresa, poco después se integraban al mismo centro un grupo de médicos de su misma edad, recién llegados de Europa, igual que él, con la diferencia de que estos fueron nombrados inmediatamente ‘Médicos de Primera Categoría'.

Durante los años 1947 y 1948, cuenta el doctor, en varias ocasiones el hospital percibió, en honorarios de sus pacientes, una suma mayor al sueldo anual que él ganaba en el mismo centro hospitalario.

En 1949, la guerra de la comunidad médica se volvió a tornar agria: la llamada ‘rosca' se preparaba para colocar sus ‘fichas' ante la próxima apertura del Hospital San Fernando y la Facultad de Medicina de la Universidad de Panamá.

En esta ocasión, fue nuevamente relegado en su deseo de servir como profesor universitario. Pero sí logró acceso a los quirófanos de la Clínica San Fernando, abierto en 1949, donde operaba y hospitalizaba a sus pacientes en la sección de Media Pensión, que por entonces costaba $5 diarios, un precio que los sectores populares del país podían asumir con la ayuda económica de la Caja del Seguro Social (CSS).

Con su clínica privada instalada en la Calle 13 Este de Salsipuedes, tendría la oportunidad de, por fin, nivelar sus ingresos.

Para su sorpresa, cuenta el doctor, entre los años 1949 y 1950 empezaron a aparecer en su consulta de Salsipuedes pacientes de la clase pudiente, fenómeno que ‘despertaba su curiosidad'. Pronto sabría el doctor Chú que estos llegaban referidos por el doctor Jaime de la Guardia, quien decía a sus pacientes: ‘Si el médico chino no te cura, no te cura nadie'.

Un estremecedor relato referido por el doctor Chú resulta el de la muerte del presidente José Remón Cantera, el 2 de enero de 1955, tras ser ametrallado en el Hipódromo Juan Franco: ‘Estando de turno - relata -, me llamaron al Cuarto de Urgencia, en cuyas inmediaciones me encontré con un enorme gentío. Apiñados en el cuarto, los doctores Antonio González Revilla, Rolando de la Guardia, Manuel González Ruiz, entre otros, se afanaban por dar resucitación cardiopulmonar' al mandatario.

Pero todo fue en vano. El presidente había recibido una lesión mortal, como reveló posteriormente la autopsia.

Tras anunciarse el fallecimiento, relata Chú, inmediatamente ‘los numerosos políticos y amigos del difunto desaparecieron. Nos quedamos en la morgue el doctor Elías Córdoba, el diputado Alejandro González Revilla y yo. Como no había ningún personal de protocolo, el doctor Córdoba y yo tuvimos que sugerir al diputado que consiguiera la banda presidencial y vistiera al cadáver para conducir el féretro al vestíbulo del Santo Tomás'.

Irónicamente, en 1958, al doctor le tocaría atender a Rubén Miró, acusado de la autoría intelectual del magnicidio de Remón. Miró llegó herido de metralleta, pero caminando, a la Clínica San Fernando, pidiendo los servicios de un médico.

Chú tomó medidas para protegerlo, pues recordaba ‘un caso ocurrido en Ginebra en los años 30, cuando La Mafia terminó de rematar a su víctima dentro del quirófano de una clínica privada, liquidando al mismo tiempo al cirujano y a su equipo'.

En junio de 1982, el destino hizo le puso como paciente al doctor Arnulfo Arias - dos años después, a la edad de 83, sería candidato presidencial-, quien debió ser operado por su padecimiento de litiasis de la vesícula.

‘Véngate por la deportación', lo azuzaban algunos de sus colegas, en son de broma, y refiriéndose a que el doctor Arias había impulsado la Constitución de 1941 que declaraba a los chinos como ‘raza de inmigración prohibida'.

Pero lo que devino de su trato con el paciente fue una enriquecedora transmisión de conocimientos y hasta una amistad.

Después de la intervención, el doctor Arias pasó cinco días sin dormir, por lo que optó por autohipnotizarse con la ayuda de Chú, que le aplicó ‘estímulos al pulmón, tras lo cual el paciente pudo concebir un sueño bastante reparador de 6 horas'.

Una mañana, Arias amaneció preguntando a su médico dónde estaba ubicado el norte. La conversación prosiguió y Chú le comentó al paciente que el trono del emperador chino se situaba en el norte mirando hacia el sur.

Al día siguiente, al llegar a la habitación de Arias, este tenía su cama colocada en esa misma dirección. La sorpresa fue que desde ese momento ‘hubo un cambio brusco de mejoría clínica, tanto de los valores químicos como del estado físico'.

El hecho sumió a Chú en la reflexión. La respuesta la encontró en la medicina tradicional china. ‘Era la pieza faltante en el engranaje' , el ‘principio de la armonía entre el yin y yang '.

El doctor se convirtió en un ávido estudioso del razonamiento binario de la tradición china, que puso, en complemento con su formación occidental, al servicio de sus pacientes.

En vida, fue condecorado con la orden de Vasco Núñez de Balboa y las llaves de la ciudad de Panamá. Para el Centenario de la República (2003), la comunidad chino panameña lo incluyó en el listado de sus 100 miembros más destacados.

Durante sus últimos años, se enfocó de lleno en tratar a sus pacientes con agua ionizada, equilibrada homeopáticamente, y a viajar por Europa en búsqueda de más conocimientos.

El discurso dado por Chú en 1982, termina con una reflexión, parafraseada de un discurso del primer lord del Almirantazgo, en Oxford: ‘Para Panamá, no deseo cirujanos instruidos, sino hombres educados en todo su sentido ético moral. Solo así cumplirá cabalmente su destino la cirugía panameña'.